Su propio infierno es el desconcertante y frío ejercicio audiovisual de un autor que supo contar mejores historias
Nicolas Winding Refn transformó una trama de reencuentro y venganza en una suerte de instalación audiovisual sin la mínima coherencia narrativa
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Su propio infierno (Her Private Hell, Estados Unidos-Reino Unido-Dinamarca/2026). Dirección: Nicolas Winding Refn. Guión: Nicolas Winding Refn. Fotografía: Maguns Nordenhof Jønk. Música: Pino Donaggio. Edición: Matthew Newman. Elenco: Sophie Thatcher, Charles Melton, Havana Rose Liu, Kristine Froseth, Dougray Scott, Diego Calva. Duración: 110 minutos. Distribuidora: Maco Cine. Calificación: a confirmar. Nuestra opinión: regular.
¿A qué público está dirigido el nuevo largometraje de Nicolas Winding Refn? Por cierto, no a quienes se deslumbraron hace una década y media frente a la aparición de un autor dispuesto a transformar visualmente algunos géneros (el thriller, el policial negro) y experimentar con la imagen desde una energía y una potencia dignas de mención.
Tal vez quede entre ellos un puñado de entusiastas admiradores de la estética acuñada por el realizador danés: luces de neón desplegadas en diferentes tonos, lujosos planos fijos de pasillos y habitaciones vacías, escenografías nocturnas, bellísimas mujeres dominadas por la sensualidad y cierto aliento trágico, una violencia latente a punto de explotar en cualquier momento.
Lo que pasa en Su propio infierno es que todas estas imágenes están dispuestas como si formaran parte de alguna instalación o ejercicio audiovisual que nos remite a fragmentos de la obra previa de Refn. Si esperamos algún tipo de integración o asociación más o menos lógica entre todas las partes para que el resultado tenga alguna coherencia el relato no va a cumplir en ningún momento tales expectativas. Aquí el concepto de una narración en el sentido habitual del término directamente no existe.
Queda en el espectador el esfuerzo (vano, forzado, innecesario) de juntar todo lo que está disperso. Lo primero que vemos es a Elle (Sophie Thatcher) regresando a un hotel que parece suspendido entre nubes en medio de una atmósfera artificiosa. Quiere reencontrarse con su padre (Dougray Scott), una enigmática figura alrededor de la cual se mueven otros personajes, entre ellos una extraña madrastra de rasgos orientales (Havana Rose Liu) y un vividor llamado Nino (Diego Calva).

Cuando está por agotarse nuestra perplejidad frente a estos personajes, que declaman sus frases con aires solemnes sin que sepamos casi nunca el sentido de lo que dicen, aparece de golpe una segunda trama, en apariencia desconectada con la anterior, en la que un soldado estadounidense (Charles Melton) asignado en Japón después de la Segunda Guerra Mundial busca a su hija extraviada.
En algún momento una aparición misteriosa y temible que todos identifican como el Hombre de Cuero terminará uniendo ambas instancias en un crescendo de violencia extrema, castigos, reproches, venganzas y alegorías varias. En una instalación esa confluencia podría tener algún sentido a lo largo del recorrido frente a la mirada de un visitante que va recorriendo distintos pasillos o salas mientras suma indicios, pistas, imágenes y voces.

Pero el cine tiene otra lógica y ni siquiera la inevitable referencia al mundo onírico de David Lynch puede justificar todo este desfile de elementos dispersos con la excusa de que la narración en términos tradicionales se traduce en experimento. El inevitable resultado de este ejercicio audiovisual de Refn es el tedio. Nadie sabe por qué cada personaje hace lo que hace y por qué en un momento habla, en otro observa y en el tercero reacciona con algún impulso violento o erótico. Cada uno de los actores parece una cáscara vacía, luminosa y lujosamente ataviada que en un momento se activa a control remoto para hacer algo. Después de explicarlo en voz alta, claro.
Refn controla cada uno de los mecanismos de este gélido tablero. Le sobra talento para diseñar y poner en escena de la manera más suntuosa cada viñeta de esta historia incomprensible. En medio del desconcierto y de una historia que no va hacia ningún lado, esa estéril opulencia visual y la deslumbrante banda de sonido de Pino Donaggio (recuerdo de otro tiempo y de otros melodramas mucho más grandes) es lo único que le queda hoy al ¿cine? de Nicolas Winding Refn.
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