
Tita, una voz que no se apaga: el siglo XXI recupera uno de los mitos de la escena porteña
Mercedes Funes personifica a la Merello en Yo soy así, Tita de Buenos Aires, una biopic que rescata su vida y su leyenda; "fue una gran dama y fue rea, llevaba la tigresa que todas tenemos debajo de la piel", dice Teresa Costantini, la realizadora del film
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"Yo no empecé a trabajar por vocación, sino por hambre." Así comenzó el casting que dio la actriz que aspiraba interpretar a la gran Tita Merello. Esa frase la atravesó. A ella y a quienes la observaban. Decretó que ese momento no sería el de tener que ganarse un nuevo trabajo, sino el de encarnar, en el sentido más salvaje de la palabra. Estaba conmovida por lo que decía. "Yo soy como un perro de la calle, estoy donde me llaman y si me dan un poco de afecto muevo la cola y no pido más". El monólogo le sucedía en su cuerpo de manera brutalmente humana, quitándola de la situación obvia de estar sentada frente a una cámara. No pensó en el personaje, se concentró en el valor de lo que decía. "Yo quiero lo que quieren todas, una casa, esperarlo a mi maridito con la comida hecha, el patio, los chicos". Era muy fuerte decir eso en primera persona, imposible no conmoverse. De un lado y del otro.
La actriz que daba el casting era Mercedes Funes. Entre quienes observaban estaba la directora Teresa Costantini, cuya intuición decidía en ese preciso instante que había encontrado a la actriz que debía interpretar a la figura mítica de su película Yo soy así, Tita de Buenos Aires. Precisamente, una de las tantas virtudes que tiene este recomendable film son las interpretaciones. Es evidente que la dirección no les pidió a sus actores que imitaran a figuras tan relevantes como Carlos Gardel, Luis Sandrini, Enrique Santos Discépolo, Eva Perón o Hugo del Carril, entre tantos otros. Ni siquiera se parecen físicamente, pero reflejan perfectamente el alma, el espíritu de esos íconos argentinos.
"Fue muy fuerte decir esa vida. Tita me modificó en innumerables cosas. Algunas las guardo para mí. Como actriz le puse el cuerpo a un personaje que estaba en el guión, pero no puedo obviar que es una persona que existió. Mi trabajo es hacer lo que la escena pide, las situaciones que construirán el relato, pero no puedo correrme del hecho de que estaba haciendo a una persona que ya existió. Fue encender una sensibilidad distinta, sin red. Y creo que hay que ser valiente para meterse con eso. Durante el rodaje, llegaba a casa y pensaba: ¿qué hice por ella? Porque es una «ella» que existe y que, en mi lugar, quiero enaltecer. Deseo mostrar un corazón, un alma, y para mí eso es muy nuevo. No sé si me volverá a pasar, pero fue muy claro", refleja con sinceridad y emoción Mercedes Funes.

Tita Merello siempre será inmortal. No hay demasiada explicación para los íconos populares. Pero en el caso de ella hay muchas causas que la convierten en un símbolo. Muchos dicen que es sinónimo de Buenos Aires. Tal vez lo sea de aquella vieja Buenos Aires trabajadora, forjadora y pujante. Pero es la antítesis de esa Buenos Aires que se ganó los calificativos de pedante y soberbia. Fue la primera gran irreverente, la que se rebelaba y con frecuencia decía lo que muchas mujeres no podían decir. Tita fue una sobreviviente del oleaje de un país que exige siempre mantenerse a flote. En ese tránsito, ese viaje de 98 años por la vida pasó etapas que incluyeron el hambre, el maltrato, el abuso, el trabajo duro, el éxito, el amor, el desengaño, el exilio, la fe, la perseverancia, la tristeza, la felicidad. Un personaje en apariencia tan imperfecto puede transformarse en un símbolo cuando su arte se funde con su personalidad sin división posible. "Tita es un reflejo de la idiosincrasia popular argentina. Ella misma es una síntesis, desde lo cultural hasta la calle más calle. Los personajes que cantaban esos tangos que ella interpretaba contaban cosas que le pasan a los de a pie, a los más pobres. Figuras como ella terminan siendo símbolos por todo lo que representan", acierta la actriz.
Laura Ana Merello nació en un conventillo de San Telmo el 11 de octubre de 1904, aunque su madre, Ana Gianelli (en el film interpretada por Esther Goris), la anotó cuatro años después. Su padre murió de tuberculosis cuando ella sólo tenía cuatro meses. "El dolor nació conmigo", dijo alguna vez ella. Pasó algún tiempo en un asilo y fue sirvienta durante su niñez. Trabajó también limpiando establos y cocinando para ayudar a su madre, en medio de la pobreza extrema y cierto abandono emocional. Fue analfabeta hasta la década de 1920, pero torció ese destino gracias a la intervención de un hombre de la sociedad: Simón Irigoyen Iriondo (en la película a cargo de Mario Pasik), uno de sus supuestos primeros amantes, quien la guió en su educación. Tan valiente como insolente, talentosa como rea, Tita empezó a trabajar como corista para ganarse unos pesos, en algunos piringundines y en teatros como el Avenida, el Porteño y el Ba-Ta-Clán, en la zona del Bajo Flores. El varieté y el burlesque fueron los ámbitos en los que se volvió una gran cancionista.
"Dijeron de mí, el espectáculo que hizo hace algunos años Virginia Innocenti en el Maipo, me dio una dimensión muy amorosa de Tita. Luego fui a ver el musical de Nacha Guevara y leí las dos biografías que se escribieron sobre ella. De a poco fue apareciendo la película en mi cabeza. Lo que me cautivó más de ella fueron sus orígenes -recuerda Costantini-. Es impactante lo que logró viniendo de donde venía. Esa compasión por una mujer con una infancia tan dolorosa, con una soledad tan profunda en el final de su vida. Me imaginé cómo podría ser su recorrido, el camino del héroe, una ficción con todas las reglas del melodrama. Empecé a sentir que su vida se podía contar a través del tango y de sus películas. Sabía que me iba a inspirar por ese lado".
Su simpatía y desenfado la llevaron a relacionarse inmediatamente con personas influyentes que la convirtieron en una tiple en ascenso. Los golpes de la vida eran moneda corriente para ella, parte de lo cotidiano en los tugurios y el arrabal porteño. Signo de esos tiempos es el tango "Mi papito" -de David Estévez Martín, Víctor Soliño y Roberto Fontaina-, que interpretaba en sus tiempos del cabaret y se puede ver en una elocuente escena de la película de Costantini. De letra indignante, era tan popular como celebrado en los años 20. "José, no seas otario. No andés con vueltas y fajala, que a la mujer que sale mala pa' hacerla andar derecha la biaba es lo mejor" es el comienzo de un alegato de la violencia de género. "La letra es indignante, pero reflejaba perfectamente a la actriz multifacética que era Tita. Quien canta el tango es ella, pero en realidad es un hombre que le habla a otro hombre. Y después ella hace la parodia de una mujer y dice: «Yo quisiera que me casques pa quererte, mi papito, mi papito. Yo quisiera que me dejes de ambulancia, mi papito, por favor». Era importante, a pesar de la letra terrible, que estuviera en ese momento de la película", expresa la actriz.

La figura de Tita, a su vez, modificó en forma sustancial la manera de interpretar la música ciudadana. Muchos tangos pícaros fueron compuestos para ella y los autores querían que sea quien los estrene. "Se dice de mí", "Pipistrela", "Che, careta", "¿Qué vachaché?", "Tranquilo, viejo, tranquilo", "¿Dónde hay un mango?", "Los amores con la crisis" y tantos otros estuvieron identificados con su voz que también le puso dramatismo a otros como "Llamarada pasional" o "Niebla del Riachuelo". El hecho de que haya sido la protagonista de muchas comedias musicales y la actriz fetiche de Francisco Canaro e Ivo Pelay contribuyeron a ubicar su nombre entre las grandes figuras del tango, el cine y el teatro nacional. Porque sin tener una gran voz, Tita armonizaba y volvía sainete cada canción. Pasó de su tono agudo inicial al tono arrabalero que se mantuvo durante su madurez. Ella sabía decir con música. "Su voz era naturalmente virtuosa, jugaba a lo que quisiera con su voz. Si la escuchás y cerrás los ojos podés imaginar cuándo se está riendo, o si tiene el ceño fruncido o está enojada. Se escuchan sus pensamientos cuando canta. Se puede saber qué piensa, a qué juega, qué intención tiene detrás porque fue una actriz que cantaba muy bien -explica Mercedes Funes, quien se descubrió como cantante al momento de componer a su criatura-. Fue muy difícil encarnarla porque tuve que hacer artificialmente lo que a ella le salía natural. Por eso encontré ese camino divertido de escuchar los pensamientos y tratar de jugar su juego".
Tita murió sola, pero amó mucho. A los tumbos, como era su vida. En 1933 conoció a Luis Sandrini durante el rodaje de ¡Tango!, cuando él aún estaba casado con Chela Cordero. A partir de ahí vivieron un amor intenso durante 16 años. Esa pasión está muy bien reflejada en el film de Costantini, donde Damián de Santo encarna al capocómico. No hay malos en esa relación, hay dos seres de personalidades muy particulares.
La directora decidió culminar ese "camino del héroe" cuando Tita regresa luego de su exilio obligado después del derrocamiento de Juan Domingo Perón. Ese difícil retorno y su amistad fiel con Hugo del Carril en busca de la gloria perdida es el final necesario para esta historia de lucha, amor y arte.
Tita no tuvo excesos ni con drogas, alcohol o tabaco. De haber sido así, tal vez su epílogo hubiera sido como el de Edith Piaf. Ella aprendió de la adversidad, fue muy brava, sufrió y amó con fuerza, tuvo piedad, fue leal y, luego, se volvió sabia. "Fue una gran dama y fue rea. Llevaba la tigresa que tenemos todas debajo de la piel, y sacaba eso con total veracidad. Fue pionera", concluye Costantini.
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