Tras el fascinante enigma de una leyenda del tango
"Yo no sé qué me han hecho tus ojos" (Idem, Argentina/2002, color y blanco y negro). Dirección: Lorena Muñoz y Sergio Wolf. Con Sergio Wolf, Aníbal Ford, Rolando Goyaud, José Martínez Suárez, Miguel Ciacci, Oscar Del Priore, Estela dos Santos, Oscar Bassil, Bruno Cespi, Luis Tarantino, Noemí Morelli, Sol Silva, Sor Irene y Ada Falcón. Guión: Lorena Muñoz y Sergio Wolf. Fotografía: Segundo Cerrato, Federico Ransenberg y Marcelo Lavintman. Edición: Alejandra Almirón. Producción ejecutiva: Marcelo Céspedes y Carmen Guarini. Presentada por Cine Ojo. Duración: 64 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: excelente
Se ha escrito, y con razón, que Ada Falcón era "una cantante pasional como no se ha vuelto a escuchar en lengua porteña" y que era "capaz de transformar cualquier letra que hablara de amores difíciles en un desgarrador monólogo dramático". Pero lo que de ella perduró, sobre todo en la memoria colectiva, no fue su voz, ni su expresión sensual, ni el rostro bellísimo, ni sus aires de diva, sino la leyenda que alimentó el enigma de su desaparición, el abrupto e inexplicado cambio del aplauso por el silencio, de los brillos mundanos por la austeridad monacal, de la notoriedad pública por el aislamiento deliberado. Un misterio que se prolongó por más de cincuenta años y que encuentra ahora su inesperada y brillante coronación en este excepcional documento cinematográfico.
"Yo no sé qué me han hecho tus ojos" registra la obstinada búsqueda emprendida por Lorena Muñoz y Sergio Wolf tras las huellas de Ada Falcón y de su misterio, pero va bastante más allá del retrato-homenaje para convertirse en una reflexión poética acerca del tiempo y de la pérdida.
Apasionada pesquisa
El film adopta la primera persona porque acompaña a Wolf en su apasionada pesquisa desde que escucha en un viejo disco la voz de la llamada "emperatriz del tango" y conoce unos pocos datos acerca de su intrigante historia. Los interrogantes son muchos y cada uno estimula nuevas curiosidades: la paciente indagación lleva por un lado a recoger los testimonios de quienes la conocieron, a hurgar en archivos en busca de fotos, recortes, discos; por otro, a seguir los rastros de un personaje que se ha tornado casi fantasmal.
De la propia naturaleza del material se desprende la construcción formal del film, que -no hace falta subrayarlo- está lejos de la habitual (y perezosa) formulación de los documentales de este tipo. Aquí se impone el nervio del thriller para el relato de la investigación que opera como hilo conductor, con Wolf puesto en el papel del detective que interroga, descifra información y sigue pistas en busca de la estrella de otros tiempos que prefirió disolverse en el anonimato. Y se revaloriza el empleo de elementos característicos del género, como los innumerables fragmentos de material fílmico rastreado en los archivos, al subrayar en ellos su condición documental y exponerlos a un diálogo ricamente expresivo con los relatos, los comentarios o los testimonios en off.
De ese entramado de informaciones, en el que se intercala alguna breve dramatización, van recortándose de a poco la historia y la imagen de la diva que se volvió leyenda y el retrato de una época y un ambiente, mientras paralelamente la paciente pesquisa nos conduce al encuentro con el ser real, con la anciana cuya fatigada y confusa memoria se agita al contemplar las imágenes de "Idolos de la radio" (la única película que filmó) y le trae recuerdos vagos y discontinuos, vestigios de un antiguo orgullo o de una pena, sentimientos ambivalentes o contradictorios.
"Pobre Ada"
"¿Quién es?", se desconoce de pronto oyéndose cantar; "Pobre Ada", se enternece después, y hasta le brota un repentino "Pobre Canaro" dedicado al que en otro momento prefiere aludir como "el que te dije", el hombre que mucho tuvo que ver con su gloria y su desdicha y cuyo nombre, cuentan las monjas que la acompañaban, sonaba para ella como el del mismísimo demonio.
Delicadeza y respeto
El demorado encuentro en el hogar de ancianos próximo a Cosquín en el que Ada Falcón moriría algún tiempo después (en enero de 2002) da muestra rotunda de la delicadeza, el respeto y la sensibilidad con que Muñoz y Wolf encararon su apasionada tarea.
Es la cumbre expresiva de un film que contiene muchísimos otros hallazgos. Como el repentino salto en el tiempo que se obtiene mediante un ingenioso truco de la banda sonora, por ejemplo. O como la sensibilidad para atrapar el secreto hilo de la memoria en el gesto de la mujer que se ve a sí misma (o a quien ella fue) en un viejo film que le trae a la boca palabras y melodías que creía olvidadas. O, muy especialmente, como la maravillosa sucesión de breves planos tomados hoy donde antes estuvieron recintos que fueron hitos del recorrido artístico de Falcón. Un tramo que, con una elocuente variación, se repite sobre el final y que alcanza el raro prodigio de filmar lo ausente, lo extraviado, lo irrecuperable.



