Un film que invita a la polémica
"La caída" ("Der Untergang", Alemania/2004). Dirección: Oliver Hirschbiegel. Con Bruno Ganz, Alexandra Maria Lara, Corinna Harfouch, Ulrich Matthes, Juliane Köhler, Heino Ferch y Christian Berkel. Guión: Bernd Eichinger, basado en los libros de Joachim Fest y de Traudl Junge y Melissa Müller. Fotografía: Rainer Klausmann. Música: Stephan Zacharias. Edición: Hans Funck. Diseño de producción: Bernd Lepel. Producción hablada en alemán con subtítulos en castellano, presentada por Alfa Films. Duración: 156 minutos. Para mayores de 13 años.
Película predestinada a la polémica encarnizada y a un inevitable debate ideológico, "La caída" -primera superproducción de la industria cinematográfica alemana que se anima a retratar a fondo el nazismo- generará, además, una discusión intelectual respecto del lugar ético y moral de un artista, como es el caso del director Oliver Hirschbiegel, a la hora de acercarse a la intimidad y a la decadencia de un líder mesiánico como Adolf Hitler (y de su círculo cercano), que desató una guerra que provocó 50 millones de muertos, incluidos 6 millones de judíos asesinados en los campos de concentración.
Defenestrada en Alemania por los intelectuales y la prensa progresistas, "La caída" ha seguido el curso de otros proyectos tan ambiciosos, osados, cuestionados y comercialmente exitosos como "La vida es bella", el recordado film de Roberto Benigni que se atrevía a trabajar un humor inocente y edulcorado dentro de una historia ambientada en un centro de exterminio nazi. Hirschbiegel fue destrozado en su país (y en buena parte de Europa) por aquellos que cuestionaron la humanización y cierta tendencia a la trivialización de una trama que transcurre durante los bombardeos de Berlín por parte del ejército soviético, en abril y mayo de 1945, que les costaron la vida a decenas de miles de personas, así como el alto grado de empatía que generan varios personajes, incluidos varios momentos del propio Hitler. Tampoco le perdonaron el hecho de mostrar al pueblo berlinés como una mera víctima de una cúpula político-militar enajenada, eludiendo así cualquier tipo de responsabilidad por parte de la sociedad civil.
El principal "problema" que encontrarán los detractores de "La caída" es que se trata de un film que, en términos estrictamente cinematográficos, es impecable, casi incuestionable: notable reconstrucción de época a partir de un generoso presupuesto de 18 millones de dólares (irónicamente, las escenas de Berlín fueron rodadas en escenarios de San Petersburgo), un enorme cuidado por cada detalle para incrementar la credibilidad, una solidez narrativa que le permite sostener las más de dos horas y media de metraje (buena parte de las cuales transcurren dentro del búnker subterráneo donde los jerarcas nazis pasaron sus últimos días) y, finalmente, una impactante caracterización por parte del gran actor suizo Bruno Ganz, que estudió y luego incorporó desde la forma de hablar de Hitler hasta los movimientos de un hombre físicamente agobiado y desgastado, pasando por los ataques de ira, los pasajes de autismo y los alcances de un Parkinson galopante.
La secretaria de Hitler
Narrada a partir de las memorias y desde el punto de vista de Traudl Junge (Alexandra Maria Lara), la secretaria personal de Hitler durante los últimos tres años de su vida, que escribió una novela autobiográfica y cuyo escalofriante testimonio es también la base del notable documental "Blind Spot", la película describe las miserias, todo el patetismo, las bajezas, el grado de negación, de hipocresía y de megalomanía de buena parte del entorno de Hitler y, claro, el temor que el líder natural -cada vez más alejado de la realidad- infundía entre sus propios colaboradores.
Fiestas organizadas por la propia Eva Braun mientras las bombas caían a metros del refugio, orgías y bacanales, condecoraciones de niños soldados que luego serían abandonados a su suerte, ahorcamientos y fusilamientos a sangre fría, pilas de cadáveres, imágenes de miembros amputados, diálogos y situaciones que evidencian el desprecio más absoluto por la suerte de la población y el sinsentido de una guerra extendida mucho más de lo lógico por el fanatismo y la decisión de no capitular ante el enemigo. Todo eso (y mucho más) desfila durante los 156 minutos de "La caída".
La decisión del guionista Bernd Eichinger y de Hirschbiegel de ubicar a cuatro personajes (el humanitario médico Ernst-Günther Schenck, el noble general Monke, la inocente secretaria Junge y un chico que escapa de la muerte en el frente de combate) como contracara del horror que los circunda no hace otra cosa que acentuar los contrastes entre ellos y la falta de compasión, la locura y la brutalidad de la jerarquía nazi. Pero hay más decisiones para la polémica: el accionar desalmado de, por ejemplo, el matrimonio Goebbels, que envenena a sus seis hijos justificando la decisión con la frase "No dejaré que crezcan en un mundo en el que no exista el nacionalsocialismo"; los desvaríos y desplantes del Führer, a quien en la intimidad incluso se lo presenta como un hombre atento y afable, resultan casi simpáticos. Es precisamente esta decisión de mostrar al Hitler cotidiano felicitando al cocinero por unos exquisitos ravioles o besando a su querida Eva Braun la que podrá indignar a aquellos que no pueden separar la figura del dictador de los horrendos crímenes que cometió. Mientras tanto, aunque a los detractores poco les interese, en cualquier otro terreno que se la analice, "La caída" no sólo ya no irrita, sino que ofrece múltiples pasajes de buen cine.



