Un mapa del corazón humano
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"El perro" (Argentina/2004, hablada en castellano). Dirección: Carlos Sorín. Con Juan Villegas, Walter Donado, Micol Estévez, Kita Ca, Pascual Condito, Gregorio y otros. Guión: Santiago Calori, Salvador Roselli y Carlos Sorín, sobre una idea original de Carlos Sorín. Fotografía: Hugo Colace. Dirección de arte: Margarita Jusid. Música: Nicolás Sorín. Presentada por 20th. Century Fox. Duración: 97 minutos. Calificación: apta para todo público.
Desde su primer largometraje, "La película del rey" (1985), Carlos Sorín tuvo como constante escenografía las desoladas planicies patagónicas y se apoyó en una calidez siempre surgida de su tierna mirada del hombre y de su entorno. Para este realizador, lo importante es lo gestual y no lo textual, lo íntimo de sus personajes y no lo intelectualizado de sus prolijos y tiernos guiones, la riqueza de sus entramados y no lo vano de una filosofía que prefiere convertir en vivencias y desenmascararla con sutileza y clamor hondo de bondad y de amor. En "El perro", Sorín apuesta nuevamente, como en "Historias mínimas", a esa seducción que parte de sus criaturas y abarca un micromundo cotidiano en el que juega con los detalles, con las miradas, con los gestos y con las palabras que, para sus tramas, son apenas resúmenes de frases imbricadas en la soledad de sus personajes.
Si hubiera que definir de alguna manera esta obra de arte de la cinematografía nacional, podría decirse que es, simplemente, una fábula de instintos y de amistades que gira en torno de Juan, un cincuentón que trabajó durante veinte años en una estación de servicio de una solitaria ruta patagónica, y de pronto es despedido de su empleo. El progreso dicta leyes despiadadas, y ese lugar, comprado por nuevos dueños, será reformado y todo su antiguo personal deberá ser reemplazado por quienes posean juventud y nuevas miradas.
Juan, siempre silencioso, permanentemente con una semisonrisa en su curtido rostro de hombre acostumbrado a los vientos sureños, deberá sobrevivir alejado de su labor repetitiva. Para ello se apoya en una vieja afición: fabricar cuchillos con mangos artesanales y venderlos a quien se le ponga en su camino. Pero nadie compra sus cuchillos, nadie comprende su invalidez de individuo inmerso en su íntima tristeza.
Así va entendiendo que fue descartado del mundo, que su existencia es trágica y, casi sin saberlo, igual a la de muchos de esos argentinos a los que la edad y la marginación les cortaron las manos y les hundieron sus ilusiones. Cuando la esposa de un estanciero muerto lo cita para reparar un viejo vehículo, Juan cree ver una luz de esperanza en su necesidad de trabajar. Pero el pago por esta labor no es dinero sino un perro enorme que la mujer le entrega con cierto recelo, ya que ese dogo, dice, es un estupendo ejemplar reproductor. ¿Qué puede hacer Juan con Bombón? Así se llama ese animal tan callado como él, que no entiende de razas ni de exposiciones. Entre el hombre y el perro, sin embargo, se establece una cordial relación que aumenta hasta una amistad entrañable que pone a ambos en situaciones dramáticas o risibles, pero siempre dispuestas a apostar a la más entrañable solidaridad. El ir y venir de Juan y de Bombón por esas zonas desérticas, el encuentro con personajes tan taimados como disparatados y la necesidad del uno por el otro se reflejan en la historia con agudeza, emoción y enorme calidad estética.
Sutileza y corazón
Pero el verdadero hallazgo de este film está, posiblemente, mucho más allá de la mera anécdota. Está en las entrelíneas de la pintura de sus personajes, en sus miradas y en sus reacciones, en la soledad que a veces desean compartir y en otras aquietar para dejar aflorar sus minúsculos sueños, sus pobres fantasías. Como en "Historias mínimas", Sorín quiso que su elenco no estuviese integrado por actores profesionales. Así aparece -con luz propia y rostro inconmovible- Juan Villegas, que aporta una enorme ternura a ese individuo que trata de recomponer su existencia de hombre sin trabajo. Lo rodea un elenco entrañable y, también, Gregorio, ese dogo que en el film fue rebautizado Bombón.
Hacía mucho tiempo que la cinematografía argentina no aparecía con un guión tan cuidadosamente elaborado, con un reparto tan notable y con unos rubros técnicos singularmente ajustados a la narración. Y otra vez Carlos Sorín fue el hacedor de un film que nos habla sin trampas ni rebuscamientos de nosotros, de nuestra soledad, de nuestras tristezas y alegrías y de un pequeño universo en el que nos vemos retratados con la fidelidad y la amargura que nos deja un país que, como esta historia, quiere renacer vitalmente cada hora y cada día.
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