
Un sofisticado ángel que desciende en París
No convence el nuevo trabajo de Luc Besson
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Angel-A (ídem, Francia/2005, blanco y negro; hablada en francés). Dirección: Luc Besson. Con Con Jamel Debbouze, Rie Rassmussen, Gilbert Melki, Serge Riaboukine, Akim Chir. Guión: Luc Besson. Fotografía: Thierry Arbogast. Música: Anja Garbarek. Edición: Christine Lucas Navarro. Presentada por Sun Distribution Group y Distribution Company. Duración: 90 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: regular
Luc Besson ama París, especialmente el Sena y los bellos puentes que lo cruzan, y quiso hacerle un homenaje. En blanco y negro, un poco porque sabía de la fotogenia de la ciudad gracias a la obra de muchísimos artistas y bastante más porque le sentaba como un guante a su aspiración de componer un film de autor. O más exactamente: una fantasía poética en la que hubiera ángeles oportunamente descolgados del cielo, listos para salvar vidas y enseñarles a los desesperados a redescubrir las bellezas de este mundo (como el de ¡Qué bello es vivir!) y al mismo tiempo tan humanamente sensibles como para que comprometieran el corazón en la tarea (como el de Las alas del deseo ).
Claro que hay algunas variaciones. El ángel, por ejemplo, es mujer; tiene la muy sofisticada y publicitaria belleza de Rie Rassmussen, la modelo danesa que Brian De Palma dirigió en Femme fatale , y padece (se sabrá después) una muy humana crisis de identidad. Y el hombre cuyo suicidio viene a interrumpir no es un tipo honesto perseguido por el infortunio sino un estafador de poca monta perseguido por sus acreedores, gente de modales bruscos según puede apreciarse desde el comienzo mismo del film. Para que no queden dudas del contraste entre el ángel bienhechor y su protegido, Besson coloca al diminuto Jamel Debbouze (el generoso y humillado dependiente de Amelie) al lado del metro ochenta sin tacos de la escandinava. Los dos se encuentran en el mismo puente, y aparentemente con la misma intención: suicidarse; pero cualquiera sabe que no la concretarán y que a partir de ahí se pondrá en marcha la misión bienhechora de la enviada del cielo. No conviene revelar cómo llevará adelante su gestión, que consiste en impartir al frustrado suicida lecciones para cobrar confianza en sí mismo y pagar las deudas a sus acreedores, pero bien puede suponerse que una de sus armas principales será el sexo, que por algo tiene esa figura de Vogue. Aunque no hay por qué alarmarse: ya se las arreglará Besson para que no queden dudas de la condición virginal de su criatura, en el fondo lo único que parece importar en el comportamiento terreno de un ángel que no titubea a la hora de la violencia.
Palabras, palabras
También puede suponerse casi todo lo que seguirá y hay que lamentar que Besson haga tan poco por desautorizar esa presunción. Probablemente está demasiado ocupado a la caza de una poesía que le resulta esquiva por mucho que Thierry Arbogast haga maravillas con la luz y París preste su marco majestuoso. El problema del film no está tanto en esa vana búsqueda a toda costa ni en la ostensible copia de Capra y Wenders que tal vez quiso disfrazar de cita-homenaje, ni en la visible voluntad de complacer a todo el mundo -al fin y al cabo se trata de un cuentito convencional y deliberadamente naïf-, como en el reemplazo de la acción por una sucesión de diálogos reiterativos y pedestres puestos, para colmo, en boca de actores que los dicen sin gracia, como la rubia anoréxica de piernas interminables, o sin convicción, como el menudo comediante de origen marroquí. En tales condiciones no hay química que compense y mucho menos cuando, como sucede en este caso, tampoco abunda.
Quedan las imágenes: los puentes de París, los monumentos, las iglesias, los palacios, la torre Eiffel, las espectaculares perspectivas. Y sobran, además de muchísimas palabras y unos cuantos apuntes reveladores de los prejuicios que anidan en el cerebro del autor, las repetidas escenas que intentan sacar provecho cómico de la diferencia de estaturas. No es mucho.
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