
Una biografía pasada por agua
"Antes que anochezca" ("Before Night Falls", EE.UU./2000, color). Presentada por Fox. Dirección: Julian Schnabel. Con Javier Bardem, Olivier Martínez, Andres Di Stefano, Johnny Deep, Sean Penn, Michael Wincott, Najwa Nimri, Héctor Babenco, Jerzy Skolimowski. Guión: Cunningham O´Keefe, Lázaro Gómez Carriles y Julian Schnabel, sobre la autobiografía de Reinaldo Arenas. Fotografía: Xavier Pérez Grobet y Guillermo Rosas. Música: Carter Burwell. Diseño de produción: Salvador Parra. Montaje: Michael Berenbaum. Duración: 130 minutos. Sólo apta mayores de 16 años. Nuestra opinión: buena
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El descomunal tamaño de las letras que anuncian, apenas comenzada la proyección, "un film de Julian Schnabel" ya sugiere de cuál de los dos artistas envueltos en este proyecto hablará más el film: si del exitoso pintor neoyorquino devenido cineasta o del escritor cubano perseguido en su país por homosexual y por disidente.
Pronto se disipan las dudas: aunque Reinaldo Arenas (Javier Bardem) esté prácticamente siempre presente en la pantalla y sean los fragmentados episodios de su vida tumultuosa los que conformen el (endeble) hilo narrativo del film, sólo gracias al poderoso carisma del actor la trágica figura consigue recortarse del cuadro visualmente seductor, decorativo, brumoso y bastante superficial que dibuja el elegante pincel de Schnabel.
En otras palabras, el director prevalece al buscar la poesía por vía de la belleza visual, vigila la vistosidad del film y despoja al personaje de todos los rasgos que pudieran interferir en su visión del artista mártir. El febril mundo interior de Arenas, la materia sensual con que amasaba su poesía, su voraz homoerotismo, su apetito de libertad primordial, así como la cambiante realidad político-social en que se desarrolló su existencia son asuntos complejos que apenas despuntan en el film en sus manifestaciones más exteriores. Es como si Schnabel pasara en limpio la apasionada autobiografía que Arenas escribió en carne viva, consumido por el sida, poco antes de quitarse la vida en Nueva York, en 1990. Por eso prefiere la discreción para pintar los costados más espinosos de la historia del poeta. Confía Schnabel en la sugerencia de sus mudos cuadros descriptivos dominados por la música (alguno de aire fellinesco), en el atractivo pictórico de los ambientes cubanos que recreó en México, en la seducción de las imágenes que ponen en primer plano la naturaleza. Mientras, Bardem rescata algo de la pasión visceral de Arenas, algo de esa avidez vital, desordenada y subversiva que lo acerca a un personaje de Jean Genet. También es su vigorosa presencia la que confiere al film unidad dramática por encima de sus vacilaciones.
Breve paraíso
Tras la cautivante secuencia inicial que ilustra el paraíso infantil de Arenas -cuando era "absolutamente pobre y absolutamente libre" en su Oriente natal, entre los árboles, la tierra y el agua-, se asiste a las primeras evidencias de las que serían sus dos pasiones, las letras y los hombres, y, más tarde, a las complicaciones cada vez mayores que debe enfrentar por causa de ellas. La revolución castrista, que al principio despierta su entusiasmo y hasta admite la materialización de una suerte de paraíso pansexual, pronto revela los rasgos del autoritarismo y sus consecuencias: represión, sospecha, delación, traición, cárcel.
Sobrevienen después los padecimientos, todo un catálogo de atrocidades y humillaciones a que se vio expuesto el escritor por su porfiada resistencia. Pero si las pinceladas de Schnabel se hacen gruesas para pintar el martirio, la controvertida y potente figura del protagonista se borronea un poco, amortiguada por los velos de prudencia del director: el desaforado ejercicio erótico de Arenas se atenúa, sus amantes ocasionales se confunden con amables compinches, en oposición al aire vicioso que campea en las escenas de la cárcel.
Allí, Arenas sobrevive apenas gracias a su oficio y a su indomable espíritu, sostenido por el anhelo de completar su obra y lograr, del modo que fuere, su publicación. También es breve e ilusorio el paraíso que lo espera en los Estados Unidos cuando consigue formar parte del famoso éxodo desde Mariel. Este retrato del artista cubano y de su lucha por defender la libertad de expresarse aprovecha muy parcialmente la potencia dramática de sus peculiaridades, si bien entrega imágenes de seguro impacto y logra aciertos ocasionales: por ejemplo, la recreación casi documental de una entrevista concedida por Arenas para el film de Jana Bokova. Allí, como en casi todo el film, es Bardem el que pone emoción y sangre. Johnny Depp se luce más como drag queen que en la piel de un militar paródico. Sean Penn juega con el acento, pero su personaje se justifica tan poco como muchos alardes de la cámara.
Un problema nada menor es el de la lengua, sobre todo tratándose de un film sobre un poeta que se expresaba en español. Si se admite la necesidad del inglés para favorecer su comercialización y que se conserven algunos textos de Arenas en el original, cuesta entender por qué los personajes cubanos, incluso los campesinos, hablan en inglés... con acento latino.




