
Una película atractiva y despareja
"El hada ignorante" ("Le fate ignoranti", Italia-Francia/2000, color). Dirección: Ferzan Ozpetek. Con Margherita Buy, Stefano Accorsi, Serra Yilmaz, Andrea Renzi, Gabriel Garko, Erica Blanc, Koray Candemir. Guión: Gianni Romoli y Ferzan Ozpetek. Fotografía: Pasquale Mari. Música: Andrea Guerra. Edición: Patrizio Marone. Presentada por Primer Plano Film Group. Duración: 106 minutos.
Nuestra opinión: buena
Es un film tibio, mórbido, seductor... y desparejo. Por un lado convence con su sinceridad, cautiva con el uso expresivo de ambientes y objetos y conmueve con su discreto modo de observar y exponer los sentimientos. Por otro, se lo ve rozar apenas la superficie de los conflictos y en ocasiones ceder al estereotipo o a la idealización. Sin embargo, mantiene su atractivo a pesar de esas flaquezas, consigue establecer un vínculo emotivo con el espectador y comprometerlo con su historia, mezcla de melodrama y comedia sentimental. Será tal vez porque Ferzan Ozpetek habla de lo que conoce y esa convicción se transmite al film.
Como en "El baño turco", su celebrado debut en el largometraje, está aquí presente el tema de la orientación sexual, si bien ahora aparece en un segundo plano o como factor desencadenante del conflicto central.
Transformación personal
"El hada ignorante" sigue el proceso de transformación personal vivido por una mujer que, tras perder a su marido en un accidente y enterarse de que en la vida del hombre había no sólo "alguien" más, sino todo un mundo desconocido, descubre que ha vivido aislada, sin exponerse más allá del tibio bienestar de su remanso burgués. "Nunca tuviste mucha curiosidad por la vida", le recuerda su madre cuando ella ya ha sido obligada a salir de la burbuja para desentrañar los secretos de su marido.
En un breve y sugestivo prólogo, el realizador nacido en Estambul y residente en Roma consigue definir el apacible, idílico mundo de Antonia y Massimo, donde hasta hay espacio para los frívolos juegos románticos. Después, la casa con el jardín que se asoma sobre el río y la armonía del ambiente hablan por sí solas de la afable quietud en que transcurre la rutina del matrimonio.
Habrá, pues, un abrupto cambio de clima y de situación cuando se produzca la repentina muerte de Massimo, y sobre todo cuando Antonia descubra entre las pertenencias del hombre una pintura con una dedicatoria amorosa.
En busca de quien la firmó -"tu hada ignorante", rezaba el texto-, la mujer aparecerá en el otro extremo de Roma, más precisamente en un deteriorado edificio del barrio Ostiense, donde tropezará con una suerte de comuna integrada por personajes heterogéneos sin distinción de edad, nacionalidad, clase social, ocupación u orientación sexual. La imagen de un Massimo desconocido para ella se alza ante sus ojos atónitos a partir de las palabras de esta que parece haber sido su familia clandestina.
Aciertos y claudicaciones
Los sentimientos más contradictorios agitan el ánimo de la mujer a medida que va completando ese retrato inédito y, sobre todo, a medida que la frecuentación del grupo -y en especial de Michele, el muchacho que fue amante de su marido durante siete años y en quien encuentra inesperadas afinidades- pone en crisis todas sus certezas y la obliga a replantearse su relación con el mundo y consigo misma.
Como puede inferirse, el contraste, tal vez un poco forzado, se establece entre quienes se atreven a la franqueza de mostrar su verdadero rostro y quienes, aun a costa del autoengaño, prefieren aislarse en su pequeño mundo y evitar cualquier riesgo.
Ambiente idílico
Buena parte del film transcurre en el ambiente franco, colorido y solidario de la "comuna", del que Ozpetek ofrece un dibujo idílico, un poco na•f y no del todo libre de apelaciones a la emotividad (la historia del enfermo de sida) ni de estereotipos, lo que se evidencia desde el casting: el grupo gay parece seleccionado en una agencia de modelos. La atención puesta en ese ambiente (que la dirección de arte enriquece con la misma precisión mostrada para definir el de la alta burguesía) aporta vitalidad y animación al film, pero también lo dispersa un poco. De todos modos, lo que a Ozpetek parece importarle más es subrayar que la profundidad de los sentimientos tiene poco que ver con los límites que marca el prejuicio. Y en ese sentido, acierta en la observación de las conductas de Antonia y Michele, así como en su decisión de evitar cualquier desenlace definido y tranquilizador.
Llama la atención el potente empleo expresivo que hace de los objetos: el cuadro, el libro de poemas de Nazim Hikmet, el vaso que se quebrará al caer si es que acaba de irse alguien querido. Otro acierto está, sin duda, en la conducción de sus intérpretes, en especial la sensible Margherita Buy y el muy mesurado Stefano Accorsi, lejos -felizmente- de todos los estereotipos del homosexual que el cine suele proponer.





