Una vida de sueños imposibles
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"Vereda tropical" (Argentina, 2003). Dirección y guión: Javier Torre. Con Fabio Aste, Silvia Buarque, Gigí Ruá, Mimí Ardú, Jonathas Mello, Laura Zaccara, Paulo Brunetti, Mauricio Silveira, Alejandro Baratelli, Matías Taberna. Fotografía: Miguel Miño. Cámara y edición: Oliverio Torre, Música: José Luis Castiñeira de Dios. Sonido: Osvaldo Vacca. Dirección de arte: Sebastián Pachoud. Producción hablada en español, presentada por Cinemagroup. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años.
"La muerte no es un adiós", fue el título del artículo escrito por Tomás Eloy Martínez (publicado en LA NACION) a siete años del deceso del escritor Manuel Puig que dice Javier Torre lo impulsó a hacer "Vereda tropical". En aquella nota, Martínez se propuso recuperar la figura del autor de obras como "El beso de la mujer araña", "La traición de Rita Hayworth" y "The Buenos Aires affaire" desde un punto de vista humano, más que biográfico en cuanto a su obra como escritor. Es que no puede existir una obra sin una vida atrás, y Puig la tuvo, signada por la huida permanente en busca de imposibles, sueños cinematográficos y el dolor que representaba la diferencia en un mundo poco dispuesto a aceptar a los que intentan ser fieles a sí mismos, sin hipocresía alguna, a cualquier precio.
Ese es el Puig que eligió Martínez, al cumplirse siete años de aquella madrugada del 22 de julio de 1990 en un hospital de Cuernavaca, en la que su corazón de 58 años, atormentado por tanto sufrimiento, dejó de latir, el mismo por el que ahora optó Torre.
El director, que conoció al escritor en una oficina de la productora de su padre (Leopoldo Torre Nilsson, cuando éste preproducía "Boquitas pintadas"), eligió un momento clave de su vida: el penúltimo capítulo de su historia, ambientado en Río de Janeiro. El guión lo encuentra caminando por la vereda tropical del título, cuando habiendo logrado fama y dinero fuera de la Argentina llegó a la conclusión de que las playas de Copacabana, Ipanema y su bienamada Leblón no podían dar una respuesta satisfactoria a sus deseos, que iban más allá de todo lo vivido hasta entonces, incluso de su literatura (al igual que el cine), catarsis de sus angustias.
Torre acierta en varias de las cuestiones relacionadas con el personaje, empezando por la elección del debutante Fabio Aste, que construye a Puig a partir de lo escrito por el mismo , en artículos publicados y, en especial, unos pocos registros, de los que es evidente capturó la potencia de su mirada. La composición de Aste, que trabaja especialmente en ese sentido, y la femineidad de un personaje al que se resiste a convertir en una burda imitación (o dejar atravesar por el estereotipo), es verdaderamente memorable y compensa con su fuerza, escena tras escena, las debilidades de un guión al que le falta un nudo, una vuelta de tuerca que lo ajuste efectivamente, un momento de tensión extrema al que, se supone, el personaje habría de llegar en su eterna búsqueda, en más de una oportunidad.
Acierta una vez más al mostrar a Puig sumergiéndose, como el mismo Martínez recordaba en sus apuntes, en un mundo de sexo pasional, de sueños de mujer que espera a su esposo al terminar un día de trabajo, para retribuirle -agradecerle- con su cuerpo, tanto amor. "Soy una mujer que sufre mucho", le habría dicho Puig a Martínez. "Si pudiera -le insistió con resignación- cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán de la casa, con los rulos hechos, bien maquillada y con la comida lista. Mi sueño es un amor puro, pero ya ves, estoy condenada a los amores impuros." Por lo visto, esa desesperación marcó a fuego la versión de Torre.
Las secuencias que muestran la purificación a través de la natación (una regresión al vientre materno, seguramente el momento más feliz de su vida), o las de sus excesos en antros de la noche carioca (muy bien fotografiadas por Miguel Miño) son las que mejor ayudan a reconstruir con precisión su permanente pasaje del cielo al infierno. Sin embargo, Torre tropieza con algunos otros problemas narrativos que debilitan el conjunto. Por ejemplo, personajes que aparecen con fuerza y desaparecen de golpe (como el de la vedette interpretada por Mimí Ardú) sin que quede demasiado en claro su peso (seguramente importante por lo que amenaza con su aparición) en la vida del auténtico Puig.
Quien también ayuda a equilibrar el resultado es José Luis Castiñeira de Dios, autor de una banda de sonido con tres o cuatro leit motivs con ritmo carioca que ponen en clima, incluso, las escenas más crudas.


