Tangerine, una vital historia antinavideña filmada con un iPhone

El director Sean Baker demuestra con esta película –centrada en una prostituta que, tras pasar 28 días presa, descubre que su novio proxeneta lo engañó– cómo el cine es capaz de usar la tecnología para desarrollar nuevos modos de narrar
Javier Porta Fouz
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17 de marzo de 2016  

Tangerine (Estados Unidos/2015) / Dirección: Sean Baker, Chris Bergoch. / Fotografía: Sean Baker, Radium Cheng. / Edición: Sean Baker. / Distribuidora: independiente. / Duración: 88 minutos. / Calificación: para mayores de 18.

Nuestra opinión: muy buena.

Un mismo nombre figura en la dirección, la producción, el guión, la fotografía y la edición de esta película: se trata de Sean Baker, que también en Prince of Broadway (2008) había puesto a una ciudad y sus calles casi como personajes principales, a la par de sus protagonistas humanos. En el caso de Prince of Broadway, la ciudad era Nueva York; en Tangerine es Los Ángeles, y no en sus lugares más glamorosos o fotografiados.

Baker, uno de los directores más estimulantes del cine estadounidense del siglo XXI, presenta una historia navideña sin nada de lo habitual en los relatos situados durante el 24 de diciembre: aquí tenemos prostitutas travestis, clientes, drogas, cafiolos y un taxista armenio desasosegado. El disparador argumental de Tangerine es que Sin-Dee se entera de que, mientras estuvo 28 días presa -un lapso muy usado en el cine-, su novio y proxeneta la engañó. Así empieza esta street-movie que se pone en movimiento apenas comienza y rara vez se detiene.

La cámara utilizada para el rodaje de Tangerine fue la de un iPhone. El film muestra una luz particular, luz filtrada y moldeada por una cámara que millones de personas utilizan a diario para registrar sus vidas, una luz que no es a la que nos acostumbró el cine en su historia, al menos en su historia clásica. Pero el cine, arte poroso, arte extraordinariamente permeable, siempre ha sido influido y modificado por las tecnologías, y el uso del iPhone para un rodaje se demuestra en Tangerine no como un capricho, sino como una vía sustentable. Tal vez porque Baker no se enamora de sus planos y de sus secuencias: los corta, las intercala y no hace una película ostentosamente filmada con un teléfono, sino que integra sus características y sus posibilidades con la narración como guía.

Tangerine hace avanzar a sus personajes juntos, por separado, de a pares y grupos diversos, los une unos con otros con el movimiento como clave. Y va descubriendo sus temas a medida que desarrolla emociones en modo intenso: amores, decepciones, furias, calenturas, obsesiones.

Baker, como buen cineasta que sabe narrar con las enseñanzas del cine clásico, aunque se amalgame con el presente y hasta el futuro sostiene sin alardes el tema central de su relato sin enfatizarlo, lo va haciendo aparecer de forma intermitente hasta que lo establece con nitidez: la amistad entre Sin-Dee y su compañera Alexandra cohesiona esta película estimulante a la que fortalecen las calles, las peleas, la crudeza, incluso las humillaciones, la cercanía.

Con Tangerine, Sean Baker confirma que sigue encontrando formas vitales de mostrar viajes urbanos a ninguna parte.

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