
Woody Allen: "Hago de neurótico, pero no lo soy"
Antes del estreno de A Roma con amor habló con LA NACION sobre sus hábitos y las ganas de no dejar de trabajar
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NUEVA YORK.– Woody Allen llega a su oficina a tiempo, vestido con una camisa celeste y pantalones pinzados beige. Saluda a LA NACION, que había llegado demasiado temprano, y se sienta en una de las butacas de felpa verde de su minicine privado. Su asistente, y única empleada, trae una botellita de agua.
Allen tiene 76 años, y se lo ve bastante bien. Conserva casi todo su pelo, parece tener el cuerpo en forma (hace ejercicio casi todos los días) y sigue mechando chistes e ironías, casi todas contra sí mismo, en cada una de sus respuestas. La excusa de la entrevista es el estreno en la Argentina –previsto para el próximo jueves–, de A Roma con amor (To Rome With Love), su séptima película europea desde 2005 y la primera desde Medianoche en París, el mayor éxito de taquilla de su carrera.
Quienes en estos años han criticado la gira europea de Woody Allen, acusándolo de idealizar y romantizar a París, Londres y Barcelona, como si fueran postales y no ciudades reales, podrán renovar sus dardos: la Roma de A Roma con amor no se separa ni un milímetro de los estereotipos turísticos sobre la ciudad. La Fontana di Trevi tarda exactamente dos segundos en hacer su primera aparición.
A Allen todo esto le importa poco. Sentado en la sala de proyección de su oficina en Manhattan –un salón sin luz natural, alfombrado y tapizado de verde, posiblemente necesitado de una redecoración–, se encoge de hombros antes de responder la mitad de las preguntas. No es un tipo simpático: intenta, más bien, ser un cascarrabias encantador, que dice cosas terribles y uno se ríe igual. Lleva años diciendo que no es un artista, que ninguna de sus películas es una obra de arte, que lo único que le interesa es mantenerse ocupado e ir al Madison Square Garden a ver a los Knicks, el equipo local de la NBA. Durante un tiempo intentó combatir esta percepción, pero ahora parece resignado (y un poco divertido) con el malentendido.
–Al principio de la película, su personaje dice: "Jubilarse es la muerte". ¿Cuánto de eso se aplica a su propia vida?
–La jubilación es un asunto muy subjetivo. Algunas personas que conozco se han retirado y la pasan fenómeno. Van a pescar, viajan por Europa, juegan con sus nietos, no tienen ningún problema. Pero otras personas que conozco, cuando se retiran, no hacen nada: se quedan todo el día en la casa, salen a dar una vuelta, miran televisión. Yo sería, si me jubilara, una de estas personas. Y creo que no sería algo bueno para mí.
–¿Por eso mantiene desde hace tanto tiempo (casi 40 años) su esquema fijo de una película por año?
–Bueno, si hago una película por año no es por seguir un calendario. Cuando termino una película, vivo como si estuviera jubilado por dos semanas y empiezo a no saber qué hacer. Doy vueltas por la casa, juego con mis hijos, salgo a pescar, me meto en librerías. Después de un par de semanas de esta vida me aburro mucho, y me pongo a escribir algo.
–¿En serio dice que su infalible producción anual ocurre casi de casualidad, sin planificar?
–Sí. Me sale así. Ese es el tiempo que me lleva. A ver: me pongo a escribir algo, eso ocupa un par de meses. Después hacemos el presupuesto, buscamos las locaciones, filmamos, editamos. Todo eso lleva como un año. Después vuelvo a casa y no tengo nada que hacer. Entonces empiezo otra vez.
–O sea, que no tiene previsto, a pesar de su edad, reducir el ritmo de producción.
–No. El ritmo va a seguir igual. Dos cosas podrían desacelerarlo. Una es que me pase algo a mí, que empeore mi salud. Eso, obviamente, reduciría mi habilidad para hacer películas. La otra es que me quede sin plata. Pero siempre que esté bien de salud y haya gente dispuesta a financiar mis films, no veo razón para no hacerlos.
–A propósito de esto, usted filmó mucho en Europa últimamente porque le pagaban para hacerlo. ¿Cambió el éxito de Medianoche en París esta situación?
–No. No ha cambiado. Nadie ha venido a ofrecerme nada extra tras el éxito financiero de la película. Antes ya me había pasado lo mismo: Vicky Cristina Barcelona y Match Point hicieron bastante dinero (no tanto como Medianoche en París, pero bastante) y nadie vino después a golpearme la puerta a ofrecerme plata.
–Leí por ahí que en su próxima película vuelve a Nueva York.
–Sí. Se va a rodar un poco en Nueva York, pero casi toda en San Francisco.
–Supongo que esta vez no hubo subsidios gubernamentales de por medio.
–Lamentablemente, no. Y encima es carísimo filmar en las ciudades de los Estados Unidos donde filmo. Mi plata rinde mucho más en Europa.
–¿O sea, que después de ésta volverá a Europa?
–Seguro que sí.
–¿Es cierto que casi nunca mira sus películas viejas?
–La expresión correcta no es "casi nunca". Es "nunca". Y eso es porque no las puedo cambiar. Sólo veo las partes malas, los errores. Me digo cosas como: "¿En qué estabas pensando? ¡Qué vergüenza!"
–Pero supongamos que está viendo un partido de los Knicks y cambia de canal en el entretiempo y se encuentra con una película suya, ¿qué hace?
–Paso de largo. De hecho me pasa de vez en cuando. Estoy viendo, como decís, un partido de los Knicks, o caminando en la cinta para hacer gimnasia, y me cruzo con alguna de mis películas. No duro ni un segundo: cambio de canal enseguida, porque no quiero ver los errores.
–¿No siente ni un poco de curiosidad?
–No. Hay películas mías de las que no me acuerdo casi nada. Hice Bananas y Robó, huyó y lo pescaron hace más de 40 años y todavía hoy hay gente que se me acerca y me recita una frase de estas películas. Y yo no las reconozco, no sé de qué me están hablando, porque no las volví a ver nunca.
–Hablando de TV, se dice que las mejores series tienen ahora una calidad igual o superior a la de muchos films. ¿Ha visto, por ejemplo, Los Soprano o The Wire?
–No, no las vi. Pero personas cuya opinión respeto me han dicho que es así. Que la calidad de algunas de estas series es buena, superior incluso a la de muchas cosas que uno ve en el cine. El problemas es que las películas en los Estados Unidos se han corrido mucho hacia los blockbusters y las franquicias basadas en cómics y comedias guarangas.
–¿Ha visto algunas de estas películas?
–No las veo porque no me interesan. Veo films que me interesan, como Una separación, Pie de página o Blue Valentine. Estas películas me interesan porque soy un adulto normal, no especialmente inteligente ni intelectual. Estas son las películas que veían mis padres cuando era chico. Estas eran las películas normales. Pero todos estos films basados en efectos especiales están dirigidos a un público adolescente, o ni siquiera.
–Una de sus marcas más conocidas es la del personaje neurótico, aparentemente autobiográfico. Pero usted insiste en que no es neurótico en la vida real.
–Así es. Hago de neurótico en mis películas, y puedo hacerlo bien. No soy un gran actor, pero sé hacer bien dos o tres cositas. Una de esas es hacer de neurótico, pero no lo soy. Si fuera neurótico... A ver: yo trabajo mucho, no estoy deprimido, no soy adicto a la heroína, no soy un alcohólico. Llevo una vida muy de clase media. Tengo hijos, la misma mujer desde hace 15 años. Veo básquetbol y béisbol por televisión...
–O sea, que usted cita a Schopenhauer y a Kierkegaard en sus películas, pero no en su casa.
–Puedo entender a la gente que sí lo hace, pero no soy así. Escribo sobre gente que es así, y me parece interesante y me divierte. Pero yo soy el tipo que se queda en casa viendo el partido de los Knicks con una cerveza. Esta noche voy a ver los Thunder contra los Heat, la final de la NBA. Es lo que voy a estar esperando todo el día, a las nueve de la noche. Todo lo demás no me importa nada. Así soy. No voy a casa y me pongo a leer a Schopenhauer.
–¿Cómo ve a los cineastas que crecieron en los años 70 y 80? ¿Cree haber influido en ellos?
–No, no lo creo. Pienso que Scorsese sí ha tenido una enorme influencia. Lo veo por todas partes en las películas de directores jóvenes. Pero no me veo a mí mismo. Y no lo digo como una crítica: realmente no veo ningún rastro de mi influencia.
UNA CIUDAD Y CUATRO HISTORIAS
Protagonizada por la habitual lista de estrellas de Hollywood que aceptan cobrar una fracción de su cachet (en este caso, Alec Baldwin, Jesse Eisenberg y Ellen Page, entre otros), A Roma con amor cuenta cuatro historias diferentes, que no se cruzan nunca, y que sólo comparten un espíritu levemente absurdo y su ubicación en las calles de la capital italiana. El momento más gracioso incluye la presencia simultánea de una ducha, un piano y el escenario de un teatro romano.
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