Cosmética del enemigo
Potente experiencia con final tan inesperado como provocador
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Autora: Amelie Nothomb / Traducción, adaptación y dirección: Patricio Orozco / Intérpretes: Gonzalo Jordan, Florencio Laborda / Vestuario: Elegance / Escenografía: NomenDesign / Sala: El camarín de las musas (Mario Bravo 960) / Funciones: domingos, a las 20 / Duración: 80 minutos.
Nuestra opinión: buena.
Dos hombres en la sala de embarque de un aeropuerto. Uno de ellos, aparente empresario; el otro, un mero turista con ganas de entretenimiento. El vuelo está demorado. Mientras el primero busca en la lectura de un diario la manera más adecuada de pasar el tiempo, el segundo hará todo lo posible por interrumpirlo, haciendo gala de su molesto deseo de conversar, consciente de que así el transcurrir de las horas adquirirá un valor más efectivo.
La relación entre estos hombres se irá complejizando entre anécdotas varias y una carga de sostenido mal humor. Pero, promediando el espectáculo, el relato sufrirá transformaciones notables, hasta llegar a un final tan inesperado como provocador.
El texto de Amélie Nothomb es sumamente inquietante. Su estructura es muy sólida y su intriga demuestra el talento de esta mujer para concebir un drama verdaderamente potente, que tiene como punto de partida una situación de comedia casi intrascendente. Magnífica dialoguista, sabe enhebrar muy bien las palabras y con ellas construir un efectivo encuentro/desencuentro entre esos personajes.
La puesta de Patricio Orozco es muy cuidada, con pequeños trazos da forma al espacio y consigue hacer de ese ambiente un verdadero mundo en el que la calma, el desasosiego y el horror al final van asomando con mucha efectividad.
En lo interpretativo, la experiencia muestra algunas falencias. Si bien el rol de Jerom, el empresario (Gonzalo Jordán) está desarrollado con mucha corrección, el de Textor (Florencio Laborda) no logra transmitir los múltiples planos de su compleja personalidad. No es un personaje sencillo. Entre su apariencia y su realidad, hay una gran distancia. El actor, a medida que avanza la acción, va dejando de buscar ciertos matices, que son fundamentales para develar su verdadera conducta y, sobre todo, su intencionalidad. Por momentos, sólo se apoya en el texto y su cuerpo no termina de aprehenderlo. Y las palabras en sí mismas no hacen más que aportar buenos datos, pero no dan reales señales de los acontecimientos que vendrán y que lo transformarán todo de manera inesperada.
Aun así, la experiencia es potente. Es un material dramático riquísimo, que merece conocerse. Seguramente, con el correr de las funciones irá alcanzando su exacta dimensión.
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