
Las encantadoras criaturas de Alicia se transforman para entrar en el País de las Maravillas
El Ballet Estable del Teatro Colón estrena este jueves la megaproducción “Alice’s Adventures in Wonderland”, con la firma del británico Christopher Wheeldon, uno de los coreógrafos más reputados de este siglo; el laborioso proceso detrás de los personajes
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Cuando todavía faltan más de dos horas para que comience un ensayo general de Alice’s Adventures in Wonderland, los pasillos de los camarines del Teatro Colón, a ambos lados del escenario, empiezan a inquietarse. Los bailarines llegan a cambiar su ropa de calle por las mallas y las zapatillas para entrar en calor y hacer su clase, pero en la cabeza cada uno ya está en su propia madriguera, pensando en la siguiente transformación: se convertirán en los memorables personajes de la novela que desde 1865 se arraigó como un clásico de la literatura universal, con adaptaciones cinematográficas, teatrales y de todo tipo, en los más diversos lenguajes. Ahora al Ballet Estable, que por segunda temporada dirige Julio Bocca, le llegó el desafío y la gran oportunidad de interpretar este título en la versión del prestigioso coreógrafo británico Christopher Wheeldon, una producción creada por comisión del Royal Ballet de Londres y del Ballet Nacional de Canadá, estrenada en Covent Garden en 2011, que durante estos quince años pasó por las grandes salas del mundo. Este jueves se estrena en Buenos Aires.
El despliegue de escenografía y vestuario, provenientes de las compañías reales de Suecia y Dinamarca, es impresionante; “un tornado”, al decir del propio Wheeldon. Todas las áreas del teatro están prontas a trabajar como piezas de un mecanismo de relojería, porque los cambios no son expeditivos, ¡son vertiginosos!, y en bambalinas se vive como en la novela, corriendo detrás del tiempo. La magia ocurre frente al público, pero se teje en ese trajín entre teteras y tronos, bandejas con masas de utilería, árboles, armaduras, torres de cartas de las cuatro barajas y muchos corazones; una suerte de tienda de campaña para “cambios rápidos” se ha instalado en la “capilla” del escenario, donde los segundos cuentan en las manos de maquilladores y vestuaristas.
Caterina Stutz, Juan Pablo Ledo, Natalia Pelayo, Milagros Niveyro, Emanuel Abruzzo y Facundo Luqui son respectivamente Alicia, el Conejo, la Reina, el Sombrerero, la Duquesa y Jack, la Sota de Corazones, un nuevo personaje que Wheeldon incorporó a su espectáculo para darle un giro propio a la historia original, a la que se abrazó con respeto y admiración. La creación de un prólogo para el País de las Maravillas propone un desdoblamiento de muchos de los personajes más conocidos de la trama. Todo parte de una escena victoriana en la que una Alicia adolescente comparte un té no solo con sus padres y hermanas sino con Lewis Carroll, fotógrafo (igual que el escritor) y amigo de la familia, y un joven jardinero con el que vive un incipiente romance. Ellos son los alter ego de los seres fantásticos que habitan del otro lado del pasadizo fantástico, al que ingresan a través de una gran torta.

Detrás de todas estas transformaciones, seis artistas que protagonizan la obra (hay varios casts, a lo largo de las diez funciones, con entradas agotadas) abrieron las puertas de sus camarines a LA NACION como una forma de dejarnos entrar a la cocina del laborioso proceso que implica componer un personaje.
Empecemos por Alicia, en las páginas, una niña curiosa, inquieta, dispuesta a la aventura; alguien que deja sorprenderse, diríamos que atrevida y valiente, aunque cada tanto llore tanto como para formar un mar de lágrimas, y enseguida se dé ánimo para avanzar por el País de las Maravillas. Ya sabemos, allí bebe y se achica; come y se agranda. En el ballet ocurre lo mismo, pero sin las palabras ni los diálogos desopilantes, a la vez que agudos, del libro. Cuando la jovencita del vestido violeta (usa cuatro trajes diferentes del mismo color a lo largo de este espectáculo) tiene que expresar que seguir la vida por “el camino normal” es algo “de lo más soso y estúpido”, y que no le “preocupa mucho dónde ir siempre que llegue a alguna parte”, ese ideario de la novela queda asumido en el cuerpo, los gestos y la interpretación de la bailarina que se pone en la piel de esta chica a medias inocente, del todo enamorada.

Integrante de la compañía desde 2019 (había sido refuerzo desde varios años antes), llegó la hora del primer protagónico para Caterina Stutz, gran valor del cuerpo de baile del Teatro Colón, que viene destacándose como solista y ampliando su registro: de los “Cuatro cisnes” de la famosa variación de El lago… pasó este año al rol central de una pieza contemporánea desafiante en el Programa mixto (Aftermath, de Demis Volpi). Que la ocasión sea con una obra conectada con el juego y la expresión, la entusiasma. Sabe que tiene mucha demanda física, porque está las dos horas presente y activa, pero se entrenó para lograr esa resistencia con la misma conciencia que día a día manifiesta en sus hábitos: se traslada en bicicleta, cuida su alimentación y procura un buen descanso. “Un detalle no menor es la calma. Este es un rol importante, pero quiero mantenerme con los pies en la tierra; es mi trabajo y estoy haciendo arte, lo importante es disfrutarlo”, agrega. Mientras le esconden su larga cabellera reducida a un rodete dentro de una peluca -su caracterización lleva una melenita morocha, corta, y make up bien natural-, Stutz escucha por altoparlantes que faltan quince minutos para comenzar el ensayo; ella todavía sigue repasando en un video de su celular las últimas correcciones que acaban de marcarle.
Alicia en el País de las Maravillas le remite totalmente a su infancia. “Mi mamá me contaba que a los tres años era mi película favorita, hacía que la viéramos una y otra vez. Ahora leí el libro para tener muy presente este mundo; no sabía que Carroll lo había escrito para unas niñas y eso me fascinó: pudo desarrollar una historia súper entretenida al mismo tiempo que contiene temas profundos, sobre quiénes somos y hacia dónde vamos, y los ideales que defendemos”, señala expectante por cómo tomará el público esta comedia, casi un musical, que le permite reírse sobre el escenario (algo que en sí mismo la divierte).

“Aunque mantiene su esencia, Alicia pasa por tres contextos muy diferentes en el tiempo -explica su transformación-. El primero es en la era victoriana donde ‘debe ser’ de cierta forma y ahí se puede ver el carácter decisivo que tiene. Luego nos encontramos en el mundo fantasioso, donde hay mucho por lo cual maravillarse y ella busca a Jack para defenderlo, mostrando una actitud incluso hasta guerrera. Y finalmente volvemos a estos tiempos modernos, donde es una chica paseando con su novio. Hay ciertos detalles que actoralmente tenemos que buscar para acompañar estas transiciones”.
Siga a esas orejas
Juan Pablo Ledo, experimentado primer bailarín del Estable, repara detalladamente en la metamorfosis que Wheeldon ideó para los dos personajes que le toca desdoblar, y antes que todo señala lo interesante de la incorporación de Lewis Carroll a la escena, a quien define como un “confidente” de la familia y “protector” de la joven protagonista. “A partir del sonido del flash, cuando él le toma una foto a Alicia, empieza a darse una transformación progresiva –cuenta y va señalando lo que le sucede en el prólogo–: lo primero que se ve diferente es la pierna derecha, que empieza a deslizarse y hacer repiqueteos a velocidad bien nerviosa, como si fuera la patita del Conejo; luego aparece la cola, más tarde se deja ver la cara con unos anteojos muy fashion, tipo Elton John, que representan los ojos rojos del animal”. Finalmente le saldrán las prototípicas orejas.

El Conejo, pieza fundamental de la historia, es quien lleva a Alicia al mundo mágico donde pasará las mejores aventuras de su vida, y allí la guía, la cuida para que la reina no la capture; a la vez, se comporta como un cómplice y compinche en la travesía. Así lo va narrando el bailarín, que curiosamente encuentra similitudes entre su propio carácter y la ansiedad de la criatura. “El Conejo, lo sabemos, vive perseguido por el tiempo, siempre toma nota, está muy obsesionado con no llegar tarde, estar prolijo, tener todo bajo control, y creo que es un poco lo que me pasa a mí. En mi vida artística y personal, soy muy exigente conmigo, con el orden, la limpieza, con que las cosas salgan bien, no me gusta llegar antes a los lugares, al ensayo, a la clase, también me pasaba en la facultad”, compara el abogado, que juró por Dios, la Patria y los Santos Evangelios en la UBA en 2019. Ledo (que en otro reparto interpreta a la Duquesa) elige entre sus escenas preferidas el viaje en un barquito que hace con Alicia y, como todos sus compañeros de elenco, se divierte mucho con el juicio del final.

Respecto del movimiento, el bailarín adopta un talante alerta y eléctrico, en la forma de tocarse, crujir los dientes, rascarse con la patita. “Nervioso, intenso, parece que no descansa, que le sobra la energía, por algo la coreografía, al final del segundo acto, es demoledora, con unas variaciones intensas, en las que el conejo salta, salta, salta a unas velocidades que no te puedo explicar”, confiesa acelerado. No es la primera vez que Ledo trabaja con Wheeldon; en 2009 habían tenido un encuentro fortuito que derivó en una experiencia laboral de casi tres meses. “Entonces el Colón estaba cerrado por reformas y fui a Nueva York por dos semanas a tomar clases con Willy Burmann; un día llegó Christopher buscando bailarines para su compañía”, recuerda. Así fue como terminó en una gira por Estados Unidos, Holanda e Inglaterra. “Es muy dinámico y con una fortaleza en su trabajo –sigue-; exigente, perfeccionista, sabe lo que quiere y por algo es uno de los grandes creadores geográficos del siglo XXI”. De esa época, cuando tenía 28 años, recuerda también a Jason Fowler, uno de los tres repositores de la obra ahora en Buenos Aires junto con Dustin Layton y Jillian Vanstone, de quienes todos los entrevistados hablan –nunca mejor dicho- maravillas.

La Reina de Corazones es uno de esos villanos que nadie jamás olvida: “¡Que le corten la cabeza!” es su frase de cabecera en el libro tanto como en el film animado de Disney y las películas de Tim Burton, que son las referencias más directas para los bailarines que hoy atraviesan esta experiencia. A Natalia Pelayo, que supo ser Alicia en la versión coreográfica de Alejandro Cervera, le sobra actitud para montarse en ese magnífico carromato que hace las veces de vestuario y hacer su entrada arrolladora. En el camarín, se cubre los tatuajes de los brazos con una base oscura y, mientras la maquillan, practica a través del espejo la severidad de la mirada, el arqueo de sus cejas; de pronto, afloja la mandíbula, se limpia los dientes con el dedo y desata una risa exagerada que… da miedo. Enseguida se pone seria y habla sobre “el vuelo surrealista” que tiene esta “obra cargada de simbolismos” que “reflexiona sobre la imaginación y la búsqueda de la identidad”.
El humor y el absurdo en el ballet es un desafío muy grande. “Siento que son roles y personajes atravesados por lo excéntrico. En mi caso, estoy encarando a la Reina de Corazones como si fuese un personaje con una bipolaridad, por esos cambios de humor tan abruptos, impredecibles, que tiene. Puede ser caprichosa, malhumorada, risueña, pasar de un estado al otro sin problema. Y con la gestualidad que requiere ese estado psicológico, porque el lenguaje obviamente es de ballet, pero hay que encontrar ese punto medio de lo teatral. Me entusiasma mucho, es interesante y muy lindo para mí”, dice.
Con respecto al desdoblamiento que tiene su personaje desde el prólogo hacia el País de las Maravillas, Pelayo observa: “al comienzo vemos a una Madre con tonos sutilmente autoritarios, en la época victoriana, unas pinceladas que después en la Reina van a estar completamente exacerbadas, llevadas al extremo. La Reina está atravesada por la maldad, solo sabe relacionarse con las personas generando terror. Creo que es un personaje que de alguna manera denuncia a los sistemas autoritarios extremos y a los sistemas del miedo. Un personaje hermoso para para abordar, con esta potencia que tiene”. ¿Escenas favoritas? Menciona dos: “El adagio de la tarta” parodia de “El adagio de la rosa” del ballet La bella durmiente, y el juicio, por supuesto. “Todo el segundo acto me divierte mucho, tiene una carga de ironía y absurdo particular. Aparece en escena un despliegue de situaciones y emociones extremas entre todos los personajes muy bien entrelazados”, anticipa.

La Duquesa –recordarán los lectores de Alicia las atrocidades que ocurren en su cocina, una locación adaptada con gran atractivo en esta producción– es, de alguna manera, como la hermanastra de La Cenicienta. No solo por las protuberantes verrugas del maquillaje y una laboriosa caracterización de vestuario –capas y capas, entre el corset y el vestido morado de volados– que demanda una hora de reloj, sino por el travestismo que recae en el histriónico Emanuel Abruzzo. El rosarino, que trabajó en Estados Unidos antes de ingresar al Ballet Estable del Teatro Colón, hace ya doce años, integró entre otros elencos Les Ballets Trockadero de Monte Carlo, famosa compañía de comedia all male, con hombres en zapatillas de puntas que hacen títulos de repertorio. Esa experiencia, sumada a su personalidad y gran ductilidad como bailarín –a sus casi 40 quedó a un lado el virtuosismo de los ídolos de bronce, bufones y Mercucios, pero quién no quisiera seguir viéndolo bailar jazz– le dio herramientas inmejorables para asumir los roles de carácter que le llegan a esta altura de su carrera. “No es fácil hacer comedia en el ballet sin perder la dignidad”, se ríe él que tan bien le sale.
Para Abruzzo la Duquesa –que es una niñera con gran capelina y cochecito de bebé, en el prólogo- escuda detrás de su exageración una gran vulnerabilidad. En una conversación en su camarín, que comparte con la Liebre de Marzo, se explaya sobre estas características psicológicas que definen a quien encarnará cuando termine de calzarse “un traje tan grande que puede comerte el personaje”. Hay que saber llevarlo. “La veo como alguien extremadamente insegura, que busca constantemente caerle bien a todos a su alrededor, aunque esto le resulta imposible: es consciente de que no posee la gracia física ni hegemónica para agradar en primera instancia. Entonces, impone su energía como mecanismo de defensa y busca hacerse notar constantemente (por ejemplo, haciendo ver que fue invitada, que ya llegó a tomar el té o presumiendo a su hijo). Desde la primera aparición, la Duquesa es disruptiva: ella entra y la música cambia, es una fuerza, la ves o la ves”, dice, mientras se prueba los tocados y empieza a mudar de piel. Si desde que se enteró que Alice’s Adventures in Wonderland venía al Teatro Colón la noticia fue para él pura alegría, el público que conoce su trayectoria seguramente esperará verlo también zapatear en los repartos que le toque hacer de Sombrerero. De un modo u otro, siempre con el pie derecho antes (cábalas son cábalas), pisará el escenario todas las funciones.

Con su colorido, el Sombrerero puede ser desopilante, loco, entrañable, absurdo, melancólico o macabro según las versiones. Milagros Niveyro vio varias de estas adaptaciones y encontró en Johnny Depp una gran fuente de inspiración para su trabajo de esta temporada. Wheeldon le otorgó a este personaje un don extra, el de las chapitas: el excéntrico personaje hace tap, un estilo que la bailarina, de 28 años, estudió desde que tenía seis en su ciudad natal, Luján. “Siempre sentí que todas las disciplinas que aprendemos complementan la formación en ballet clásico, pero sinceramente nunca imaginé que algún día iba a bailar tap de manera profesional en el Teatro Colón. De alguna forma, este personaje me conecta con aquella etapa de mi infancia: siento que vuelve a aparecer la nena que disfrutaba y descubría la danza desde el juego”, cuenta al mismo tiempo que manifiesta cómo detrás de lo lúdico surge un reto. “El Sombrerero exige una fuerte presencia actoral, una gran precisión técnica y la capacidad de integrar el zapateo de manera orgánica dentro del personaje. Además, tradicionalmente es un rol interpretado por hombres, por lo que asumirlo siendo mujer representa un gran desafío”.

También en este caso, hay una cara y ceca del personaje, desde el comienzo, galeras mediante. “Me enfoco en que el Mago es una persona de la vida ‘normal’ –contrapone el Prólogo a los sucesivos actos–, mientras que el Sombrerero posee un carácter completamente distinto. Si bien ambos tienen un aire de misterio, el Sombrerero se destaca por su comportamiento poco convencional y se expresa de una manera que muchas veces resulta difícil de comprender. Esa complejidad es, justamente, una de las cualidades que hacen al personaje tan fascinante”.
A nivel general, Niveyro señala una dificultad para sortear función tras función: “es una obra con muchísimos personajes interactuando al mismo tiempo, lo que exige un nivel alto de concentración y coordinación por parte de todo el elenco. Además, la música tiene una gran complejidad, y lograr que el baile, la actuación y la partitura se integren con precisión es un desafío constante”.

Nadie como Facundo Luqui en este grupo tiene el privilegio de estrenar un papel nuevo en una historia con más de un siglo y medio de éxito: Jack, la Sota de Corazones, funciona como el as en la manga de Wheeldon. “Lo interesante es que se trata de un personaje creado totalmente para este ballet y es muy importante en el relato. Lo pienso como un jardinero joven que trabaja para la familia de Alicia; un chico noble, inocente, bastante tímido, que está muerto de amor por ella –anticipa–. El desafío para mí está en que, por más que el contexto cambie y se vuelva fantástico, él pueda seguir siendo la misma persona. Como cuando le muestra a Alicia el mundo de las flores o durante el juicio del segundo acto: más allá de lo que sucede alrededor, su amor es completamente genuino, lo que los impulsa a atravesar todo”, analiza.
Luqui, de 28 años, cuenta que desde su niñez en Mar del Plata Alicia en el país de las Maravillas siempre le llamó la atención. “Para mí lo lindo de esta producción es que tiene una identidad muy propia y nos da oportunidades a los bailarines a desenvolvernos en roles más actorales y teatrales”. Sus momentos favoritos, son los que ocurren de este lado del túnel: el prólogo y el epílogo. “Es una alegría enorme que un ballet como Alice’s Adventures in Wonderland pase a formar parte del repertorio de la compañía. Conozco la obra desde que se creó, la vi en videos con bailarines que admiro muchísimo y es un título que siempre quise poder hacer; una megaproducción creada por un coreógrafo actual y un gran referente de la danza hoy”.
Para agendar
Alice’s Adventures in Wonderland. Ballet en dos actos inspirado en la novela Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, con Coreografía de Christopher Wheeldon y música original de Joby Talbot. Del 16 al 26 de julio, por el Ballet Estable del Teatro Colón.



