
LONDRES.– El Ballet Estable del Teatro Colón ingresa a una nueva era internacional al traer a su escenario, el mes próximo, la espectacular producción Alice’s Adventures in Wonderland del coreógrafo británico Christopher Wheeldon, poniéndose así a la par de las grandes salas del mundo como la Royal Opera House, donde se estrenó esta obra en 2011, y el Ballet Nacional de Canadá, coproductor original, más otras diez compañías de Europa, Estados Unidos y Australia. Una apuesta ambiciosa de Julio Bocca, en su segunda temporada como director artístico, por la complejidad técnica y artística que representa este título.

Con más de treinta piezas coreográficas, incluyendo musicales, piezas creadas para el cine (Camino a la fama) y el streaming (la serie Étoile) que llevan su firma, Wheeldon es tal vez el coreógrafo más prolífico y buscado del momento. Pero su contribución al ballet trasciende la cantidad de obras. Simplemente, resucitó el ballet narrativo de varios actos, lo que comenzó Marius Petipa en el siglo XIX con La bella durmiente o El lago de los cisnes, pero en el siglo XXI.
Jovial en sus cincuentas, de figura esbelta y modales agradables, Wheeldon es también un excelente comunicador verbal, reflexivo, perfeccionista y exigente consigo mismo como todo bailarín, aunque haya colgado las zapatillas de forma definitiva como solista del New York City Ballet (NYCB) en el cambio de siglo, para abocarse de lleno a la creación. Y es que este artista que a los siete años empezó clases de danza en Somerset, luego de ver en televisión La Fille Mal Gardée de Frederick Ashton, se graduó de la Royal Ballet School, ganó la medalla de oro en el Prix de Lausanne y desde el Royal Ballet, donde abrevó en las fuentes del repertorio de Ashton y Kenneth MacMillan, saltó en 1993 a la compañía de Nueva York para empaparse en las técnicas neoclásicas, veloces y precisas de George Balanchine y Jerome Robbins, padres del ballet estadounidense. Por entonces albergaba la esperanza de actuar en Broadway (“Si hubiese sabido cantar lo habría hecho”).

Treinta y tres años después, Christopher Wheeldon –nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico y Miembro Honorario de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias–fue galardonado con premios de todo tipo, incluyendo varios Tony por sus musicales An American in Paris y MJ The Musical (Michael Jackson), un género que lo apasiona. Considera que el uso de elementos del teatro musical en Alice hizo que Broadway se fijara en él para crear espectáculos con gran cantidad de números de danza, a veces en puntas, lo que llevó a bailarines clásicos a cruzar géneros. De paso por Londres, y desde un taxi, para volar luego a Viena, contó a LA NACION un poco de su curiosa historia y la de su Alice.
“La decisión de dejar de bailar me llegó bastante temprano”, dijo. “Era un buen solista, no te voy a mentir. Me encantaba actuar, tenía buena energía en el escenario, buena técnica, muy limpia, pero no era muy buen partner en los pas de deux, y eso siempre fue una fuente de estrés. Creo que para la gente que trabajaba conmigo era frustrante porque pensaban: ‘Si tan solo pudiera ser mejor en los dúos superaría todo esto muy rápido’. Y yo también lo sentía. Irónicamente, ahora lo soy cuando trabajo en los montajes de mis obras”, respondió sobre su elección profesional.

Wheeldon ya había coreografiado piezas para el NYCB y una primera obra narrativa para el Colorado Ballet de Denver, Sueño de una noche de verano (que están reponiendo esta temporada), en 1997. Con lo que dejar de bailar para dedicarse solamente a la creación fue “una transición sin traumas. Sabía qué haría después”. La compañía de Nueva York lo nombró coreógrafo residente y más tarde el Royal Ballet lo hizo artista asociado de su compañía, abrazando su talento.
Su versión danzada de la novela fantástica de Lewis Carroll Las aventuras de Alicia en el país de las Maravillas inició una seguidilla de exitosos ballets narrativos como The Winter’s Tale (Shakespeare) o Como agua para chocolate (Laura Esquivel). En casi todos trabaja con el mismo equipo creativo, usando la estructura de los ballets del siglo XIX, varios actos, pas de deux con los personajes principales, conjuntos pequeños o grandes grupos, inclusión de danzas nacionales; pero con un lenguaje clásico de gran fisicalidad, complejos efectos técnicos, ritmo cinematográfico y la teatralidad de los musicales.
Junto con el compositor Joby Talbot establecieron “una línea de tiempo” para llevar a escena la historia de la chica curiosa que traspasa el portal, dividiendo la música en minutos para cada escena o personaje. “Al ser una fantasía tuve libertad para mezclar estilos clásico, jazz, zapateo americano. Había que usar a toda la compañía”, recordó. Bob Crowley, laureado por sus diseños para musicales, ópera, teatro y cine, completó el trío creativo desplegando una imaginación capaz de movilizar al más duro de los públicos, haciendo de Alice una loca fiesta visual.
-¿Por qué eligió Alice’s Adventures in Wonderland?
–En Denver, luego de Sueño…, el director artístico me sugirió pensar en Alice para un próximo ballet, pero por un cambio en la administración quedó en nada. Trece años después, Monica Mason, directora del Royal Ballet entonces, me pidió un ballet completo y Alice estaba ahí como esperando. Con los recursos económicos de esa compañía fue una oportunidad perfecta para comisionar una partitura específica a Joby Talbot, quien tenía experiencia en componer para cine y teatro. Crear Alice junto a Joby fue fantástico.

-Montar esta producción debe presentar un gran desafío para los bailarines, por ejemplo, si deben bailar tap como es el caso del Sombrerero Loco, y para los teatros mismos.
–Lo que hacemos es pedir a la compañía con antelación a los ensayos que elabore una lista para que la gente se anote si cree que puede interpretar el papel, si tiene suficiente experiencia en tap o cree que puede aprenderlo rápido. En cierto modo, se convierte en una elección de los bailarines. Luego, grabamos una pequeña audición y me la envían para elegir. ¡Y había bastantes bailarines muy buenos en tap en el Colón, más que en otros lugares! En cuanto a la exigencia para el teatro, Alice requiere idealmente que todos los departamentos trabajen juntos porque no se trata solo de los bailarines. Hay que crear la emoción en toda la casa de ópera porque todos deben trabajar al máximo nivel: vestuario, maquillaje, escenografía, equipo técnico, orquesta. Para mí, esto es lo mismo para cada título, pero particularmente en esta producción, porque es un ballet que funciona si todos trabajan de forma colectiva. Y obviamente es muy exigente desde el punto de vista teatral para los bailarines. No sé cómo será en el Colón; en algunos lugares es difícil que los sectores trabajen juntos y debo hacer un poco de minipolítico para que se den la mano [riéndose].
–Estuvo en Buenos Aires en 2025 para la gala por el centenario del Ballet Estable del Teatro Colón, cuando fue a montar su dúo After the Rain, ¿qué le pareció la compañía?
–La gala fue una gran oportunidad para observar la diversidad de bailarines a través de todas las piezas que bailaron y al ver también Don Quijote, con Marianela Núñez y Patricio Revé, pude evaluar qué podíamos hacer Alice. Estoy muy entusiasmado de llegar a trabajar con la compañía. En lo personal este ha sido un gran año de casas de ópera para mí, ya que llevé Alice a la Scala de Milán y ahora al Teatro Colón. Es un honor.
-¿Por qué cree que los ballets narrativos completos volvieron a ser relevantes, además exitosos, luego de un siglo XX tan dedicado a la abstracción y piezas de un acto?
–Creo que se reduce simplemente a que los humanos nos sentimos atraídos naturalmente por las historias. Nos relacionamos con ellas desde niños con los cuentos de hadas. De adultos, conservamos aspectos de esos cuentos toda la vida. Por eso vemos películas, releemos a Shakespeare. Y creo que el ballet narrativo también puede ser más accesible para un público más amplio, el que nunca fue a verlo, sólo porque la historia puede ser su entrada en este arte. La otra razón, algo de lo que detesto hablar [se ríe con cierta vergüenza], es que, desde el punto de vista empresarial, había una brecha en el mercado. Alice fue la obra perfecta en el momento justo para empezar a llenar ese vacío narrativo. Y desde entonces, más coreógrafos están volviendo a la narrativa; basta con ver a figuras como Cathy Marston y Alexei Ratmansky.
-¿Cómo cree que el público argentino recibirá su ballet Alice’s Adventures in Wonderland?
–Soy consciente de que es una historia que principalmente se lee, pero también se ha adaptado muchísimas veces para la pantalla. Desde la famosa película de dibujos animados de Disney con Alicia vestida de azul a la versión más excéntrica de Tim Burton, estrenada un año antes de mi ballet, que es completamente diferente de ambos. No me preocupa si se identifican o no. Solamente deseo que disfruten mi trabajo y los inspire a releer la riquísima historia de Lewis Carroll, que rebosa inventiva con sus juegos de palabras, maravillas, problemas matemáticos y poesía. Esta idea de un ser humano emprendiendo un viaje fantástico existe en muchas otras novelas, por lo que Alice les resultará familiar.
Para agendar
Alice’s Adventures in Wonderland, de Christopher Wheeldon, por el Ballet Estable del Teatro Colón. Ballet en dos actos inspirado en la novela victoriana para niños Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll (1832-1898). Del 16 al 26 de julio. Entradas desde $16.000 (paraíso de pie) hasta 143.000 (plateas).


