
Tangos de exportación en el Borges
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"Tango emotion." Actuación de Enrique Cuttini y su orquesta, integrada por el propio Cuttini en piano y dirección, Lalo Micheli en bandoneón, José Luis Marina en violín y Roberto Amerise en contrabajo. Bailarines: Hernán-Mariela y Sebastián-Mariana. Cantantes: Alejandra Segura y Diego Fama. Sonido: Kike Gutiérrez y Sebastián Cuttini. Auditorio Piazzolla del Centro Cultural Borges, Viamonte y San Martín, los viernes y sábados del actual, a las 21.
Nuestra opinión: bueno.
Tango for export . Así se presentaron, otrora, algunos discos de Aníbal Troilo y Edmundo Rivero, entre otros lanzamientos antológicos. La idea era mostrar por el mundo lo mejor, lo más granado -la excelencia- de nuestra música ciudadana.
Los significados han cambiado. Lo "for export" prolonga, desde hace tiempo, otra añeja concepción del tango anterior a Troilo y Rivero: aquella que, impulsada por Francisco Canaro (primer director-empresario del tango) con envidiable olfato para captar las inclinaciones populares, fue acogida por algunos seguidores suyos, como Mariano Mores. Y hasta supo tentar al Sexteto Mayor, al plasmar su espectáculo "Tango pasión", que recorrió el mundo.
Esa que Ferrer llamó "fisonomía empresarial del tango", fruto de la perspicacia y viveza criolla esgrimida por Canaro entre nosotros y allende los mares (Europa y Estados Unidos), es la que guía a otros artistas trashumantes, como el pianista y director Enrique Cuttini.
Tras recorrer desde hace 14 años las principales ciudades de Japón, "cosechando las mejores críticas de la prensa y el público", Cuttini vuelve ahora con su show "Tango emotion", con el auspicio institucional de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores, gracia que suele conceder generosamente nuestro servicio diplomático, más atento a la burocracia que al rigor crítico.
Cuttini no está solo. Además de su cuarteto con piano, bandoneón, violín y contrabajo, cuenta con lo que pide el show internacional de tango: sendos cantantes, también histriónicos, y parejas de bailarines que dibujan espasmódicamente todas las piruetas imaginables y temerarias.
Si uno tuviera que atenerse a lo que ve en la apertura de la función (una pareja que practica furiosamente la acrobacia al compás, o casi, de "Libertango", de Piazzolla) emprendería inmediatamente el mutis. Porque más que espantoso "tango-fantasía", sus movimientos histéricos muestran el costado más ridículo y deforme del tango bailado. Incluso tendrá que pasar la prueba de escuchar a un joven cantante que vocifera bastante mientras cultiva la rancia y anacrónica gestualidad tanguera.
Pero si uno espera pacientemente que la cosa mejore, deberá atenerse a la promesa musical que significa el cuarteto instrumental, no obstante el cuño antiguo de su propuesta.
Cuttini es dueño de buenos dedos, que alternan entre algunos certeros matices y el franco aporreo al teclado. Un violinista apenas discreto, un bajista de notas oportunas y un bandoneonista que sobresale airosamente por su toque tanguero, su virtuosismo y buen gusto (aunque acceda a los golpes de efecto reclamados desde el piano) permiten aceptar un curioso modelo, rara mezcla -sobre todo por la marcación rítmica- de los estilos de D´Arienzo y Pugliese.
Un toque de humor
Entre las virtudes del grupo se cuentan una pareja no muy inclinada al exhibicionismo de buenas piernas (de mujer, obviamente, y sin celulitis); una cantante de buena voz, más natural y menos estereotipada que la del muchacho, y la elección de un repertorio que recoge temas antiguos, del tango canónico, un Julián Plaza ("Danzarín"), dos Eladia Blázquez ("Corazón al Sur" y "Honrar la vida") y dos Piazzolla ("Libertango" y "Fuga y misterio"), y que incluso se tienta con el remanido y efectista "Czardas", para luego repetir "La cumparsita", sin resignar un final con un popurrí de los tangos "Uno", "Caminito", "Adiós Pampa mía" y un malambo.
Algún alarde rítmico o las incorregibles (por consabidas) contorsiones de los bailarines se oxigenan con un excelente número cómico de danza, y con varias sutilezas desgranadas por el piano y el bandoneón, especialmente en el tango "Naranjo en flor".
Cuttini no puede con el genio y su don histriónico le dicta varias glosas -incluso interrumpiendo el discurso musical- destinadas a un público rendido y cautivo por los malabarismos, dispuesto a hacer las palmas que se le pidan y a festejar las humoradas.
El buen sonido y un generoso despliegue de vestuario son la cuota sensorial de atracción.
Este es el tango que vio Japón. El espectacular, el que impuso Canaro a través de las generaciones.





