El lugar de lo no esperado,la marca de lo irreversible

Mónica Berman
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12 de agosto de 2016  

Hernán Lewkowicz
Hernán Lewkowicz Fuente: LA NACION - Crédito: PRENSA

Mil Federicos / Dramaturgia y dirección: Mariana Mazover / Actúa: Hernán Lewkowicz / Músico en escena y música original: Gastón Grinszpun / Iluminación: Félix Padrón, Rossana Rodriguez Cervantes / Vestuario: Javier Laureiro / Maquillaje: Ana Pepe / Espacio: Félix Padrón, Rossana Rodriguez Cervantes / Asistencia de dramaturgia: Alan Cabral / Asistencia de dirección: Gabriela Blejer / Producción: Gabriela Blejer, Sebastián Romero / Sala: La Carpintería. Jean Jaurés 858 / Funciones: Domingos, a las 18.30.

Nuestra opinión: Muy bueno

¿Cuántos Federicos son "Mil Federicos"? ¿Quién los cuenta? ¿Cómo se multiplican? Sin duda, Federico García Lorca está lejos de ser uno y cuando deviene personaje, las imágenes y los discursos se replican de manera innumerable.

En escena, sin embargo, son dos. A veces, los dos son Federico. Porque Mil Federicos no propone una historia lineal ni un universo recto y simple. Por el contrario, para un relato cruzado por lo poético es impensable una reconstrucción unidireccional y biográfica. Argumentemos. Las primeras palabras que escuchamos son: "Ya vengo, voy a colgar la luna". Luego de semejante declaración todo puede decirse. Y eso es lo que hacen. Ya rompieron con la referencia, ahora el lenguaje es la oscilación entre el mar y el desierto. Puede hacerse pie (o no) allí de cualquier modo. Un lenguaje que también permite lo cotidiano como decir que encontró en orden todas sus camisas.

Ahora bien, ¿en qué espacio pueden decirse estas cosas y construirse estos seres múltiples? La obra es profundamente teatral. Es decir, puro lenguaje escénico. Desde acá puede describirse medianamente lo que hay en la escena, pero las palabras no pueden dar cuenta sino parcialmente de lo que se ve, ni del polvo suave que vuela, ni de la ¿arena? que cae, ni del sonido de la música, ni de la musicalidad de los versos, ni de la ropa que portan...

La construcción espacial es paradójica con respecto al relato histórico. Todos sabemos de qué modo termina la vida de Federico. Incluso, en escena se dice prontamente que lo fusilaron. No hay suspenso. Pero el espacio construido es profundamente disruptivo con respecto al horizonte de expectativa vinculado a lo lorquiano. Y es un hallazgo fundamental. Juegos de poleas, adoquines, palangana de metal abollada, un balde de albañil, madera rústica... Eso es lo que se observa en el inicio. El sitio sin embargo se va modificando. Y ahí sí se juega con la sorpresa. Ése es el lugar de lo no esperado, pero además es la marca de lo irreversible. El tiempo en la propuesta no es cronológico, hay algún orden cuando se hacen presentes ciertas cartas, pero el resto de los acontecimientos se entrecruzan en términos temporales y en términos de realidad/ficción. El poema de Federico García Lorca, "Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejía", es intervenido por lo que podría haber sucedido en las horas previas: murió a las 5 en punto de la tarde y nos cuentan qué aconteció a las 3, a las 4... Sin embargo, la materialidad se impone y permanece. No hay materias previsiblemente vinculadas con el estereotipo de lo poético y eso redobla la eficacia poética. Porque la poesía es ruptura del lenguaje, quiebre de lo que se espera. Todo eso se construye en términos escénicos. Mucha belleza: el vestuario, los objetos, las palabras, la música y mucha inteligencia en la propuesta que, grata y duramente, sorprende. Ah, algo que no dije al principio, la luna. La que se cuelga es una luna de hojalata.

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