
El seno de un credo religioso no es un buen sitio para ser gay o lesbiana. Pero hay quienes dan la pelea por legitimar sus inclinaciones eróticas y su fe, sin tener que renunciar a ninguna. Sus convicciones, curiosamente, los convierten en fieles más comprometidos que la mayoría. Aun así, ninguna jerarquía los reconoce cabalmente. ¿Dónde está el pecado?
1 minuto de lectura'
Brus Leguás se despertó sintiendo algo frío en la sien. Ya antes de voltear, sabía qué iba a encontrar y no se equivocó. Su padre lo encañonaba con una pistola.
"¡De haber sabido que me ibas a salir maricón, te habría matado al nacer!", le gritó el padre. Brus no dijo nada. Prendió el televisor y subió el volumen. Pensó que así apagaría el ruido de un disparo que nunca llegó. El padre bajó el arma y salió de la pieza.
"Después terminamos en buena", recuerda Brus sin dramatismo en el comedor de su casa en Quilpué, ciudad donde vivió con sus padres en distintas etapas de su vida, la última de ellas cuando regresó tras la muerte de su pareja de diez años. Leguás es contador, tiene 52 años, nació en Viña del Mar y se llama Brus porque es como un funcionario del Registro Civil pensó que se escribía el nombre inglés Bruce. En Quilpué, dirige el diario local Página 12 y es presidente de la filial chilena de Afirmación, movimiento que aglutina a los mormones gay y a las mormonas lesbianas del mundo.
Aunque ha sido excomulgado por su iglesia, Brus sigue sintiéndose mormón. Desde mayo de 2003 ha estado públicamente a la cabeza de una organización que, como otras surgidas en el seno de diversas religiones, lucha porque las minorías sexuales sean aceptadas por partida doble. Por la sociedad y por iglesias a las que, pese a las condenas, discriminaciones y rechazos, se niegan a dejar de pertenecer.
Católicos, testigos de Jehová, adventistas, mormones y judíos ortodoxos gay actualmente se encuentran organizados en grupos donde persiguen el reconocimiento de sus respectivas jerarquías eclesiásticas y concilian su fe con su sexualidad. Los dogmas religiosos los obligan a elegir entre una de las dos. Ellos han decidido quedarse con ambas.
"Tu pecado es contagioso"
"Todas las religiones, no solamente las cristianas, discriminan a los homosexuales", asegura Juan Rolando Cornejo, representante de la Comunidad Cristiana Ecuménica Gay Lésbica (CEGAL). "Tu pecado es contagioso", les dicen. Las iglesias evangélicas más fundamentalistas han expulsado a gente por ser homosexual. Dicen "te haces heterosexual o te vas".
Cornejo es gay y católico. Estudió teología e imparte clases a seminaristas de la Orden de Santo Domingo que se convertirán en sacerdotes. De hecho, hay algo clerical en su aspecto redondo sin ser gordo, en sus anteojos de marco cuadrado, su polera a rayas metida en el pantalón y su pelo fino y liso peinado rigurosamente con partidura al lado.
"Sigo siendo católico observante", señala en la oficina de Asosida, una entidad que agrupa a diversas ONG que trabajan en temas ligados al VIH/SIDA. Desde 1999, en su trabajo a la cabeza de CEGAL, Cornejo acoge a minorías sexuales para desdramatizar su relación con Dios. Después de su labor de estos años, Cornejo se sorprende de seguir viendo a gente que en las reuniones de esta organización pide perdón a Dios por ser homosexual.
"La culpa se traspasa como la leche materna", dice el teólogo. Por su formación académica, Cornejo sabe de dogmas y doctrinas. Como tesis de doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Santiago, presentó una investigación titulada "Anatomía de la intolerancia, medicalización de la homosexualidad: Expresión de la homofobia presente en los discursos jurídicos chileno y brasileño de fines del siglo XX".
Un dato revelador sobre la postura de la iglesia católica sobre la homosexualidad es que, según subraya Cornejo, el único tratado que no se revisó en el Concilio Vaticano II, que en los años 60 modernizó al catolicismo, fue el de teología moral en el ámbito de la sexualidad. La jerarquía católica es tolerante con los homosexuales. Claro que siempre que su orientación sexual no llegue a la práctica. La idea de fondo resulta curiosa. Para la iglesia católica, hay orientación sexual sin sexo.
"La iglesia recurre a la ciencia del siglo XIX, que postulaba que la homosexualidad era una enfermedad, para hablar de este tema", plantea Cornejo. El dirigente recuerda que la sociedad de psiquiatría estadounidense sacó a la homosexualidad de su manual de diagnóstico de enfermedades en 1973.
Cornejo continúa: "Se hacen tests sicológicos para que no entren homosexuales a los seminarios, cuando la heterosexualidad no es garantía de que vayan a ser célibes. Yo noto el sufrimiento de muchos cabros que quieren ser sacerdotes".
"Por mi culpa, por mi culpa…"
La culpa, pese a todo, no ha sido un tema relevante para Juan Cornejo. No se siente desobedeciendo a la iglesia ni tampoco piensa dejar de profesar una religión que discrimina a quienes comparten su orientación sexual.
"Yo comulgo, voy a misa, le hago clases a los seminaristas y no tengo ningún rollo. Al principio lo viví como un conflicto personal, pero después te das cuenta de que son puras tonteras, si la iglesia también enseña muchas cosas que son tonteras. Lo que salva para el cristiano es Cristo, no la institución de la iglesia", sostiene.
La relación de Brus Leguás con la culpa fue otra. De hecho, catalizó su conversión a la iglesia mormona. "Siempre supe que yo era homosexual y luchaba contra ello", recuerda el dirigente de los mormones gay. "Cuando me di cuenta de que esto se me estaba arrancando de las manos, busqué una religión fundamentalista, que condenara la homosexualidad, y encontré ésta".
De esta forma, Brus llegó a estar encargado de un grupo de misioneros, los jóvenes "elders" de mochila y prendedores negros que caminan de a dos por las calles. Incluso fue sacerdote, que no es lo mismo que un sacerdote católico, sino un mormón que puede realizar ciertas funciones rituales como dar bendiciones y bautizar, a quien se le considera el nexo entre Dios y su familia. Durante un tiempo pudo neutralizar sus impulsos gracias a la religión. Pero no iba a ser tan fácil.
Brus había entrado a trabajar a una fábrica textil en Peñalolén. "Yo llegué ahí en enero. En octubre entró una persona nueva. Fue amor a primera vista. Hasta ahí no más me duró la cosa religiosa", recuerda. "El se llamaba Juan. Estuvimos juntos 10 años. Primero pasamos como un año de pololeo platónico. Lo más terrible que hicimos fue ir a El Completo en la calle San Antonio y después fuimos a ver libros. Antes había tenido relaciones intrascendentes, sin duración ni concreción".
La relación de Brus con Juan se hizo estable, seria y conocida por su entorno inmediato. "Usábamos argollas. Todo el mundo sabía en el trabajo", cuenta Brus. "El era católico. Murió de un infarto masivo en 1997. Se me cayó el mundo y quedé con lo puesto". Debido a que no hay leyes de herencia para parejas homosexuales, Brus vio cómo el patrimonio que había compartido con Juan se le escapaba rápida e inapelablemente de las manos.
"Estábamos comprando un departamento y eso pasó a la familia de Juan. También nuestro auto y todos los ahorros que estaban a su nombre. Me costó sobreponerme a eso. Lo único que hizo la familia de Juan fue preguntarme si había muerto de SIDA. Ahí me dio la indiada e hice que sellaran el ataúd para que nadie pudiera ver nada", recuerda.
La muerte suele llegar en mal momento, pero hay unos peores que otros. Para Brus, la muerte de su pareja era especialmente dolorosa porque además remecía un tiempo en el que finalmente había podido conciliar religión y sexualidad. "Superar todo eso me había tomado por lo menos cuatro años", calcula. "Me sentía sucio, traicionando a Dios. Fue un período duro de sentirme culpable por todo, de sentir que el ejemplo que había dado se había ido a la chuña. Me sentía indigno, condenado por Dios. Dejé de ir a la capilla. Ese período fue el más difícil".
Persona non grata
Anochece en Santiago y el bar Open Mind, instalado sobre la calle Bellavista en el local que antes ocupaba el Insomnio, aún no abre sus puertas. En los altos del local, uno de los departamentos del segundo piso es arrendado por uno de sus meseros, Francisco. Los personajes bautizados como "los fletitos de Talca" en la teleserie "Cómplices" asoman desde un televisor en mute. Francisco y su novio español se abrazan en una cama a cuyos pies está el transformista conocido como Lilian de León. Sobre un plumón en el suelo, se besan el barman y su pololo. Marcelo Leiva, el animador del bar, toma un café mientras él y todos sus compañeros esperan que la dueña del local llegue con las llaves.
Marcelo Leiva fue presidente de Afirmación Santiago y ahora trabaja con el Movimiento Unificado de Minorías Sexuales, MUMS. Fue en la "comunidad mormona heterosexual", como él dice, donde empezó a conducir eventos como pubs, karaokes cenas bailables y el Festival de la Canción de Invierno mormón que se realiza cada año desde 1995. Ahora es el animador de los Afirmation Awards, que los mormones gay y las mormonas lesbianas celebran anualmente.
"Yo seguía asistiendo a la iglesia, hasta que alguien se metió a mi página en internet. Ahora solamente he ido de visita. No me miran con buenos ojos y soy persona non grata para muchos", cuenta Marcelo. "Me han llamado amigos chilenos que viven en Estados Unidos para decirme que cambie de vida, que me haga heterosexual".
Marcelo nació en una familia mormona. Tenía claro desde temprano que a los 19 años le correspondería hacerse misionero. Entre 1997 y 1999 cumplió con la tradición en la zona de Osorno. En esos años, otros misioneros lo veían como un confidente y le contaban que eran homosexuales. Fue para ayudarlos a ellos que se encontró con la página de Afirmación Internacional, fundada en 1979 a partir de grupos de mormones gay en Salt Lake City, la capital mormona mundial.
En septiembre de 1999, Marcelo salió del clóset de un modo que, según cuenta, no involucró traumas. "Vi un reportaje sobre discotecas gay que me hizo clic y dije ‘esto es lo mío’. Luego me enteré por algunos amigos mormones que se iba a iniciar un capítulo de Afirmación en Santiago. Participé hasta ser llamado como presidente. Creé un blog y armé las comunicaciones de la organización. Hace un mes y medio renuncié porque me fui a trabajar con el MUMS", cuenta.
Como Marcelo descubrió siendo misionero, los mormones gay no la tienen fácil. Los rondan la culpa, el miedo y los mitos. Entre ellos es famosa la película Latter Days, que muestra a un joven mormón en el duro proceso de descubrimiento de su homosexualidad. En la cinta se grafica el tratamiento psicológico al que son sometidos jóvenes mormones gay con el fin de reencauzarlos sexualmente. En Estados Unidos, la clínica Evergreen, relacionada con la iglesia mormona, está rodeada por un aura de leyenda según la cual a los mormones que se alejan de las normas sexuales se les intenta transformar en heterosexuales con electroshocks.
Los mormones que se acercan a homosexuales también pueden ser sancionados. "Hay nueve o 10 amigos míos con los que me crié", grafica Marcelo. "Ellos son mis amigos mientras están conmigo y no los ven otros mormones, porque si los ven y ellos no han confesado estar conmigo, estarían pecando de omisión. Hay personas que se me acercan, que me escriben mails, que me llaman por teléfono, gente que se siente con la libertad de exhortarme a cambiar mi vida".
Excomunión y presión
Tras dar públicamente la cara en una conferencia de prensa realizada en mayo de 2003 para presentar Afirmación Chile ante los medios, Brus fue excomulgado en un juicio efectuado por la iglesia mormona. Hace un año apeló y no ha tenido respuesta. Aunque sí ha recibido señales, ninguna de ellas amistosa.
Al principal templo mormón de Chile, el del ángel dorado en la avenida Pocuro, a unos metros de Pedro de Valdivia, se accede sólo con invitación. En marzo de este año, con la presencia del Presidente Mormón (equivalente al Papa), Gordon B. Hinckley, se inauguraron sus trabajos de restauración o rededicación y antes de eso hubo un breve período de puertas abiertas. Brus y algunos integrantes de Afirmación partieron entonces a Santiago. Albergaban la sencilla esperanza de tomar fotos del Templo por dentro. Lo harían con sus celulares, para no llamar la atención. Pero durante toda su visita estuvieron vigilados de cerca por guardias. Ellos sabían quién era Brus.
La presión de los pares es un denominador común entre quienes tratan de conciliar su fe con su orientación sexual. Ese es un factor por el cual uno de los entrevistados de este reportaje, un judío ortodoxo gay, prefiere mantenerse en el anonimato. De noche, estacionado en su jeep frente una plaza poco concurrida de la avenida Santa María, en Providencia, accede a contar su historia. Antes, explica que la comunidad religiosa de la que proviene se entera rápidamente de todo lo que pasa en su interior, lo que podría dejar expuestos a miembros de su incipiente agrupación de judíos gay y resultar un obstáculo para que puedan fortalecer su organización.
"Provengo de una familia religiosa y soy un hombre de fe", declara. "En 1985, me encontraba en Israel y estudiaba en una Ieshiba, un centro de estudios talmúdicos, ultraotodoxo, fundamentalista. En esos días empiezo a salir, a conocer gente, a sentir fuerte el pulso de la sexualidad. En ese plano, la atmósfera en Israel es de absoluta libertad. Entonces empecé a preguntarles a mis maestros sobre personajes de la Biblia, específicamente sobre la relación entre David y Jonatan".
La Biblia, en el Libro I de Samuel, cuenta la relación entre David, el pastor que con su honda había derrotado al gigante filisteo Goliat, y Jonatan, hijo del rey Saúl. "El alma de Jonatan fue ligada con la de David, y llegó a amarle como a sí mismo", se lee en un pasaje del libro. Algunas líneas más adelante, la descripción prosigue: "Y Jonatan se desnudó la ropa que tenía sobre sí y se la dio a David, y otras ropas suyas, la capa y la túnica que llevaba puestas, y se las dio a David, junto con su espada, su arco y su cinturón". Ninguna de las respuestas que obtuvo el entonces estudiante en Israel sobre la relación de ambos personajes masculinos lo satisfizo.
"Siempre tuve tendencias homoeróticas, hasta que en Israel tuve mi estreno en sociedad absoluto y en plenitud", recuerda. "Provengo de una familia muy religiosa. Mi madre era una judía ortodoxa que siempre tuvo el cabello cubierto, no lo mostró a otro hombre que no fuera su marido. Ella tenía que caminar siempre detrás de él, sentarse aparte en la sinagoga. Mi padre era un hombre ultraortodoxo que nunca tuvo la posibilidad de enterarse de mi homosexualidad. Según su práctica religiosa, no se puede ver televisión ni leer periódicos, porque pueden aparecer publicidades de contenido erótico que se consideran faltas al pudor".
Con esos antecedentes religiosos en la familia hubo conflictos con la fe. "Y bastante dolorosos en algún momento", explica este hombre sefardí de unos cuarenta años, de voz grave, ojos claros y piel morena. "Tuve momentos de ir y venir. Fueron tiempos de vivenciar la homosexualidad con la religión de una forma bien esquizoide y viceversa. Hubo un momento de integración en que curiosamente yo estaba en Jerusalén, en la ciudad santa. Me di cuenta de que si me consideraba de una religión ortodoxa y quería vivenciarla, debía vivir mi sexualidad desde una dimensión más amplia. Uno sigue siendo judío".
No fue el único. El año 2000, un rabino ortodoxo de Nueva York, llamado Steve Greenberg, asumió públicamente su homosexualidad y presentó a su pareja. Los movimientos de judíos homosexuales ya existían dentro de las comunidades, pero no son de perfil religioso, sino laico. En toda la historia, este fue el primer rabino ortodoxo, titulado en un centro religioso donde la gente no ve TV porque la considera una falta, que asumió su homosexualidad.
En la misma época de la salida del clóset del rabino Greenberg se estrenó el documental Trembling Before GD, que aborda el tema de la homosexualidad al interior de las comunidades judías ortodoxas. El documental se exhibió el año pasado en el estadio Israelita de Santiago con la presencia del mismo Greenberg, generando un debate encendido e intenso sobre temas que durante tres milenios habían quedado relegados al tabú.
Luchas de palabras
"En el judaísmo, sólo un pequeño sector condena la homofobia, pero el mismo judaísmo es la fuente de todas las fobias. Nuestro material ha sido la fuente de interpretaciones homofóbicas", explica el personaje anónimo, aludiendo al origen judío de la Biblia.
"Hay tres versículos de la Torah (libro que comprende los cinco primeros libros de la Biblia hebrea): "no tomarás a otro hombre como mujer", uno que dice algo parecido y otro que dice "no te vestirás con ropas de mujer". Al final de esos tres versículos se lee la misma palabra en hebreo que significa "es abominación". Esa misma palabra, "abominación", aparece en pocas otras ocasiones y ligada siempre a imágenes de idolatría.
"En la Torah, hay cosas que también se prohiben, como el sexo con animales y el incesto, pero ahí no se les rotula como abominación. Por la arqueología, se sabe que en la época de las religiones idolátricas había relaciones sexuales entre hombres en el ámbito de sus religiones. La Torah se refiere entonces a ese tipo de actos cuando tienen un carácter ritual, no puramente sexual", cuenta.
Este estudioso gay destaca además que "el modelo de familia de la Torah es poligámico. Las únicas relaciones monogámicas se dan entre un hombre y un hombre, con David y Jonatan, y entre una mujer y otra, con Rut y Noemí (dos mujeres que criaron y amamantaron en conjunto al hijo concebido por una de ellas)". Las interpretaciones de los textos sagrados, doctrinas y dogmas pueden parecer hoy meros ejercicios intelectuales, pero son importantes para los religiosos que buscan el reconocimiento que sus iglesias les niegan debido a su homosexualidad.
El católico Juan Cornejo plantea que es un error de traducción equiparar el pecado de la sodomía a la penetración anal. "La sodomía en realidad se refiere al maltrato a los semejantes, como lo sufrió el ángel de la Biblia que visitó Sodoma como enviado de Dios. La sodomía es, en realidad, la falta de hospitalidad. Uno de los pecados más graves del Antiguo Testamento es el maltrato a los extranjeros". Brus Leguás respalda esta afirmación diciendo que la versión en inglés de la Biblia mormona "no ocupa el término sodomita como sinónimo de homosexual".
"En general, los mormones somos una iglesia bastante conservadora, bastante fundamentalista e integrista", reconoce Leguás. "Se mantuvo durante décadas que el SIDA era un castigo divino merecido. Hoy hay algunos cambios. Se habla de que hay que condolerse de quienes sufren de SIDA y felicitar a quienes luchan contra la enfermedad".
En una entrevista con Larry King para CNN, el presidente Gordon B. Hinckley declaró que no era experto en el tema de la homosexualidad. "Para nosotros, eso tiene una gran importancia, porque el presidente mormón es profeta, vidente y revelador. Es más que el Papa. Cuando se trata de revelaciones, es el conducto directo de Dios", explica Brus. "Si Dios hubiese dicho algo sobre homosexualidad, él lo sabría. Si dice que no es experto, entonces no es un tema para Dios".
Brus se ve especialmente animoso cuando cuenta este tipo de cosas. Eso es bastante decir para una persona afable como él, que no pierde el humor ni el optimismo pese a su excomunión, la muerte del hombre que amaba, las amenazas de muerte de su padre y un incendio que en marzo último consumió gran parte de la casa que habitaba en Quilpué junto a su pareja actual.
Los homosexuales determinados a defender su orientación, sin tener que renunciar a su fe, comparten esa perseverancia. Del mismo modo en que defienden su derecho a ser aceptados, aceptan las dificultades que tienen y tendrán mientras su pelea no concluya.
"Decirme mormón es parte de mi vida", dice con resolución Marcelo Leiva, el animador de las veladas transformistas del Open Mind. "Hay cosas que me interpretan, como la ley de castidad. El hecho de que esté con mi pareja y le sea fiel sigue siendo algo digno", añade.
El judío gay hablando bajo anonimato relata que uno de sus amigos "se preguntaba si valía la pena seguir luchando por esto si el Estado de Israel ya se abrió a las parejas homosexuales". La respuesta para él es sí: "Porque hay gente que sufre, se esconde, se arranca a un sauna y luego trata de ocultarlo".
"A pesar de la excomunión, nunca me he considerado fuera de la iglesia. Mi relación con Dios es personal. A estas alturas de la historia, la iglesia tiene que darse cuenta de que sus concepciones sobre la sexualidad están erradas", recalca Brus Leguás para luego añadir sonriendo: "Me sigo sintiendo mormón, porque soy porfiado".
1
2Laura Esquivel y Brenda Asnicar: del recuerdo de Patito Feo al show que mostrarán en el Gran Rex
3Tomás Holder sufrió un fuerte accidente, mostró cómo quedó y lanzó una grave acusación
4Premios Emmy 2026: los primeros ganadores y un emotivo reconocimiento póstumo dieron inicio a la fiesta de la TV en Hollywood
