
Ese poder que mata
Costa-Gavras alza la voz para observar críticamente la televisión
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Nuestra opinión: regular "El cuarto poder" ("Mad City", EE.UU./1997, color). Producción hablada en inglés, presentada por Warner-Fox. Guión: Tom Matthews, sobre una historia de Tom Matthews y Eric Williams.
Intérpretes: Dustin Hoffman, John Travolta, Alan Alda, Mia Kirshner, Ted Levine, Robert Prosky, Blythe Danner. Fotografía: Patrick Blossier. Música: Thomas Newman. Edición: Françoise Bonnot. Dirección: Costa-Gavras. Duración: 110 minutos.
"Buena televisión", se oye decir a cada rato. Las palabras están en boca de productores expertos en captar las apetencias del público consumidor, de presumidos conductores de programas periodísticos ávidos de rating o de jóvenes ejecutivos que deciden cuál será el menú que la cadena pondrá en el aire una vez que reciben las indicaciones precisas que alguna voz todopoderosa les dicta desde el otro lado del teléfono.
"Buena televisión" quiere decir -en el lenguaje de estos mercaderes de la noticia- aquella que se vende más fácil, la que no titubea en adoptar las prácticas del sensacionalismo por más que se disfrace de televisión verdad y explota sin mayores escrúpulos los buenos sentimientos de la gente.
El objetivo es vencer a la competencia en el duro combate diario por el encendido y en busca de ese propósito hay que estar atento a la reacción del telespectador, vigilar minuto a minuto sus cambios de humor y atacar en los flancos más débiles. En el camino se sacrifican el respeto, la ética, el buen gusto. Y la verdad se vuelve un material tan maleable que puede ser manipulado, tergiversado o desfigurado para que responda a las necesidades del show, en definitiva, lo único que importa.
Televisión basura, en otras palabras, que todo el mundo reconoce fácilmente porque también la padecemos por aquí aunque modalidades y estilos varíen.
Para atacar, con munición gruesa, los males del medio y poner sobre el tapete un tema que de tanto ser objeto de debates se ha vuelto mercadería que la propia TV pone en venta, Costa-Gavras imagina el encuentro azaroso entre dos perdedores: un periodista que ha caído en desgracia y que conserva algún fondo de honestidad y el pobre guardia de un museo que al encontrarse en la calle de un día para el otro reacciona con torpeza, provoca un accidente y se convierte, sin proponérselo, en agresor de un compañero y secuestrador de un grupo de chicos. Testigo de la situación, el hombre de la TV ve en el episodio un caso de interés público y además la posibilidad de recuperar la gloria perdida.
Pero los dos, cada uno a su manera, son demasiado ingenuos. Y lo es también Costa-Gavras, que alza la voz y carga las tintas para describir todas las miserias, ultrajes y humillaciones con las que se alimenta este sórdido negocio mientras conduce al sacrificio a su desorientado personaje.
La crítica es dura y la intención, loable. Pero Costa-Gavras parece haber perdido el mano firme y el nervio que le permitieron montar la denuncia sobre la vibración del thriller en películas de tan fuerte impacto como "Z" o "Desaparecido". "El cuarto poder" se resiente por esa falta de vitalidad, por las obviedades y las reiteraciones de un libreto que no abunda en sutilezas y por la lentitud con la que avanza hacia un desenlace que no deja mucho margen para la sorpresa.
Más oficio que compromiso
John Travolta se esfuerza por dotar de algún espesor a su pobre desocupado devenido símbolo por obra de la TV y Dustin Hoffman pone más oficio que compromiso en el dibujo del periodista.
La intención de Costa-Gavras ha sido casi siempre poner el dedo en las llagas de la realidad, denunciar con nombre y apellido abusos, atropellos e injusticias, condenar regímenes políticos o instituciones que juzga amenazantes para una sociedad libre, sana y democrática. Ahora, al examinar las zonas más oscuras de los medios masivos de comunicación, muestra que sus propósitos siguen siendo muy nobles. Pero no alcanza con las buenas intenciones cuando falta, como aquí, tanto brío.
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