
Gran encuentro de genios

Franz & Albert / Libro: Mario Diament / Dirección: Daniel Marcove / Intérpretes: Miguel Sorrentino y Julián Marcove / Escenografía e iluminación: Tito Egurza / Vestuario: Daniela Taiana / Música: Sergio Vainikoff / Asistente de dirección: Iardena Stilman / Sala: El Tinglado, Mario Bravo 948 / Funciones: domingos, a las 20.15 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: muy buena
No se conocían. Apenas uno había escuchado mencionar al otro, pero una reunión de intelectuales ocurrida en 1911, en Praga, los encontró cuando apenas empezaban a esbozar quienes realmente serían. Franz Kafka tenía 28 años; Albert Einstein, 32.
La terraza de una elegante casona frente a la Torre del Reloj Astronómico es el escenario de este encuentro real, pero del que nada se sabe. Es allí donde el dramaturgo Mario Diament imagina este diálogo que no hace más que acercarnos la juventud de estos hombres extraordinarios con sus inquietudes, certezas, cuestionamientos y contradicciones, que más tarde los transformarían en quienes verdaderamente llegaron a ser. Es como un primer borrador en el que dibujan líneas titubeantes que luego serían trazos firmes.
Puede ser que el texto peque de didáctico, pero lo hace con tanta gracia que -a no ser que el espectador sea un avezado en la vida y el trabajo de Einstein o Kafka- la vida de estos hombres se desanda con ganas y satisfecha curiosidad. Uno es parco, el otro expansivo; uno es optimista, el otro no; uno sufre, el otro goza. Ellos sacan a la luz aspectos poco conocidos a través de un diálogo que bien puede ser banal, pero que de golpe se pone filosófico, agudo, intrincado. Así entran a escena temas como la injusticia, la relación tiempo-espacio, la felicidad, la culpa, la conciencia, las mujeres.
El modo en que Diament estructuró el encuentro, el ritmo que el director Daniel Marcove le imprimió al decir de sus actores, hacen que esta propuesta se disfrute con absoluta naturalidad y se logre sentir una cómoda empatía con quienes ponen el cuerpo, Miguel Sorrentino (Kafka) y Julián Marcove (Einstein). El tono que utilizan los actores al hablar se siente, en un principio, un poco afectado, pero con el paso de los minutos logra absoluta organicidad con eso que relatan. Es como entrar en un código que los aleja apenas del naturalismo y que los deja ver como a través de un cristal que los muestra un poco esperpénticos, un poco irreales. Seres extraordinarios al fin.
Sorrentino hace de su Kafka un ser oscuro, sufrido, humillado, pero con una fuerza interna que conmueve, y Marcove -es hijo del director- deja ver a un Einstein muy cómodo, chispeante y seguro sobre el escenario.
El conjunto -en el que juega, sobre todo, un rol importante la escenografía que diseñó Tito Egurza es decididamente atractivo, entretenido y revelador.




