
Heredero del viejo cuarteto
Rodrigo tomó el sonido de los primeros grupos característicos de Córdoba.
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Hace 10 años, Rodrigo salió de Córdoba con una meta: "Cueste lo que cueste, el cuarteto tiene que entrar en Buenos Aires", le había confesado a Eduardo Gelfo, consejero e hijo de los creadores del Cuarteto Leo.
En el 2000, cuando ya había conquistado Buenos Aires con su exposición mediática y el ritmo tradicional cordobés, llegó a decir, con cierto tono de venganza: "La Mona es el dueño de Córdoba. Yo soy el dueño del país".
Rodrigo nunca llegó a entrar en el circuito bailable cordobés que conforman lugares como El Deportivo, Villa Retiro, El Sargento Cabral, El Estadio del Centro, Atenas y Argüello Juniors, entre otros, donde asisten alrededor de 100.000 personas por fin de semana: otro fenómeno, desconocido por la intelligentzia porteña, que reúne a las clases más postergadas de Córdoba.
El público que convocan es el único punto de contacto entre la movida cuartetera cordobesa y el circuito bailantero bonaerense, que Rodrigo conoció bien y que tuvo que trajinar durante los años ochenta, cuando la plata sólo le alcanzaba para comer sandwiches de mortadela y no se podía pagar ni un boleto de micro para volver a Córdoba.
Eran tiempos en que la música cuartetera, que habían fundado en 1943 un inmigrante italiano llamado Augusto Marzano y su hija Leonor, creadora del tunga-tunga, era despreciada por la clase media cordobesa, que la consideraba música de "mersas".
Sin embargo, León Gieco fue uno de los primeros en entusiasmarse con ese ritmo contagioso nacido de la tarantela y el pasodoble, con una fuerte identidad cordobesa. Así fue como invitó a grabar al Cuarteto Leo para la segunda parte del proyecto "De Ushuaia a La Quiaca".
Más tarde la primera entrada fuerte del cuarteto en Buenos Aires fue cuando, a mediados de los ochenta, La Mona Jiménez actuó en Cemento y los rockeros lo reivindicaron por considerarlo una especie de James Brown autóctono.
Pero Rodrigo hizo el camino inverso. En lugar de esperar a que lo reconocieran en su provincia, se vino a Buenos Aires. Esa decisión marcó de alguna manera cierto distanciamiento con el público cordobés que escuchaba sus discos y hacía sonar sus canciones en esas tardes de fútbol amateur y Fernet con Coca en los pasacassettes de sus autos viejos a todo volumen, pero que no iba a sus conciertos: los obreros, los buscavidas y el lumpenaje seguían eligiendo los bailes donde actuaban grupos como Trulalá o La Mona Jiménez.
Cuando de alguna forma lo estaban aceptando en su provincia tras el bombardeo mediático, y otros lo empezaban a descubrir, se peleó públicamente con La Mona, el indiscutido "Rey del cuarteto" y la clase más popular le terminó bajando el pulgar.
Rodrigo tuvo que contentarse con girar por las ciudades periféricas de la capital cordobesa porque estaba prohibido en los clubes. Pero seguía recibiendo el apoyo de la vieja guardia. "Nosotros lo protegíamos -dice Gerfo, heredero de La Leo- porque sabíamos que hacía el cuarteto tradicional y no era un improvisado. Todo lo hacía muy en serio y cada letra que hacía tenía su sentido. Le enseñaba a la gente que Córdoba era la capital del cuarteto y que lo habían hecho mi mamá Leonor, Carlitos Rolán y Ariel Ferrari. El era nuestro sucesor y el único que hacía el ritmo característico del tunga-tunga. Las demás son bandas con base de cuarteto."
El cantante construyó su figura alrededor de su origen, no sólo musical, sino de identidad. Pero en Córdoba la noticia de su muerte sólo impactó en el barrio San Martín, donde se crió y empezó a mamar el cuarteto tradicional de la mano de su padre, que por esa época era directivo del sello Sony, uno de los primeros que grabó a La Leo.
En la línea cuartetera
En su último disco, "Rodrigo 2000", se había hecho más visible su condición de cuartetero en un homenaje a todas las orquestas características de la primera época, que fundaron este movimiento musical cordóbes. El mismo contó la historia y el desarrollo de este género gracias a nombres como Carlitos Rolán, que estuvo presente en el Luna Park; el Cuarteto Berna y el Cuarteto de Oro, de donde salió Carlitos "La Mona" Jiménez.
Rodrigo impuso el ritmo cuartetero a la moda de estos días y se había transformado en un emblema festivo de todas las clases sociales capitalinas. En cambio, a Córdoba todavía no la había podido conquistar, porque sentían que representaba a otra gente y no lograba entrar en esos seres desangelados, al margen de la moda o las tapas de revistas, que alegran sus duros días con un poco de cuarteto, bailando amarrados de la cintura en un círculo de miles de personas: un círculo que entienden los que viven al límite de sus días y que están sin trabajo.
Tras su probable consagración en River, el cantante cordobés pretendía probar que el cuarteto podía ser el ritmo del país. Pero no pudo ser. Probablemente muchos cuarteteros cordobeses lloraron más la muerte del líder del grupo Trulalá, Manolito Canovas, hace dos semanas, pero nadie se enteró, salvo los seres desangelados que bailan el cuarteto en lugares de los que nadie se acuerda.




