Herzog, enemigo íntimo
El director de "Fitzcarraldo" cuenta cómo quiso asesinar al actor Klaus Kinski.
1 minuto de lectura'
CANNES (De una enviada especial).- Cuesta creer que el hombre que bebe agua mineral mientras conversa apaciblemente con medios extranjeros, sea el mismo que llegó a estas playas para confesar sus antiguos instintos criminales. Pero es así, y Werner Herzog no le saca el cuerpo a la cuestión.
El realizador de "Fitzcarraldo" trajo a la sección oficial no competitiva del Festival de Cannes una historia de amor, de locura y de muerte. Y, para colmo del impacto, real. Se trata de "Enemigo íntimo", un relato pormenorizado de la tortuosa relación que mantuvo con su actor fetiche, Klaus Kinski.
Se conocieron cuando Herzog era apenas un adolescente, en una pensión. Hecho una furia, Kinski destrozó muebles, vomitó una catarata de insultos y puso a todo el mundo en vilo. Herzog confiesa que el hecho lo asombró, pero que él no le tuvo miedo. Desde entonces, y hasta el último film que rodaron juntos, "Cobra verde" (1987), no dejaron de alimentar un vínculo de amor-odio que llegó a situaciones extremas.
Herzog confiesa cómo quiso matar a Kinski cuando éste amenazó con abandonar el rodaje de "Aguirre, la ira de Dios", la primera película que hicieron juntos. Pero luego hicieron cuatro films más.
Kinski ya había hecho su propia catarsis contra Herzog en 1976, en la escandalosa autobiografía en la que no se ahorra ningún insulto para el director, al que considera un megalómano y un demente.
Herzog se presta al juego de preguntas y respuestas con toda naturalidad. Como si no se tratara de confesar sus bajos instintos criminales. Sucede que el director alemán está entrenado en la gimnasia de frenar sus impulsos. Según confesó en el festival, cuando tenía quince o dieciséis años atacó a su hermano con un cuchillo y dice que entonces comprendió que debería someterse a la más rigurosa de las disciplinas para poder dominar sus emociones.
-¿Leyó usted la autobiografía de Kinski?
-La leí muy rápidamente. En esa autobiografía muchas cosas son inventadas. Son los recuerdos de un mitómano. En público, él nunca hubiera admitido que nos teníamos aprecio el uno al otro. Jamás hubiera aceptado que entre ambos había una suerte de complicidad. Pero yo recuerdo, como cuento en "Mi enemigo íntimo", que cuando Kinski tuvo la idea de hacer ese libro yo lo ayudé a encontrar los peores adjetivos para que sus insultos contra mí resultaran más efectivos. De todos modos, es cierto que me tenía un odio casi obsesivo. No era fácil convivir con eso.
-¿Le sirvió el rodaje de "Mi enemigo íntimo" como una suerte de catarsis?
-Tenía el sentimiento de que este film iba a ir más allá de un relato de la vida privada de dos personas. Creo que el documental muestra el paradigma del proceso creativo en el que dos hombres chocan, en el que hay conflictos, en el que hay respeto y confianza en la amistad pero también una colisión que nos llevó a territorios muy peligrosos. Siempre tuve la sensación de que entre nosotros dos había algo más que una relación de trabajo. No quería hacer una biografía de Kinski ni un relato de nuestras vidas privadas, sino ahondar en esa relación tan extraña que establecimos.
-¿Cree que si Kinski viviera estaría aquí, en la presentación mundial de este film?
-Creo que a Kinski le habría gustado la película, aunque públicamente habría gritado las peores cosas en contra de ella. Y puedo imaginar que él habría venido al festival, pero que se habría negado a ir a la proyección. Porque eso sucedió con "Fitzcarraldo". En la noche de la presentación armó un escándalo y finalmente no fue a la proyección. Pedía a gritos que una limusina lo llevara del hotel hasta la alfombra roja. Todos trataron de explicarle que tal y como está dispuesto todo en la Croisette, durante el festival, no hay espacio para que circule una limusina. Le decíamos que si intentaba llegar en limusina iba a matar a doscientas personas del público que estaba agolpado allí para ver llegar a los actores y los directores. Le explicábamos que lo que tendría que caminar serían sólo 150 metros y que eso forma parte del ritual de Cannes. Se enfureció, insultó, se quejó contra "estos cretinos que no son capaces de enviarme el Rolls Royce que me merezco", aullaba. Por eso Kinski no estuvo en la función de gala de ""Fitzcarraldo".
-¿Qué tuvieron en común usted y Kinski?
-No me resulta fácil ponerle un nombre. El necesitaba algún tipo de disciplina impuesta por la fuerza para poder darle forma a su trabajo. Nos necesitábamos mutuamente; nos completábamos. En algunos momentos estuvimos tan cerca el uno del otro que se podrían haber suplantado el cuerpo y el corazón de uno por los del otro. Había muchas semejanzas entre ambos y alguna de la gente que estuvo vinculada con nuestras películas dice que a veces, al vernos juntos, tenía mucho miedo. Porque lentamente cada uno iba empujando al otro más allá de los límites que deben respetarse cuando se realiza un film.
En el rodaje de "Fitzcarraldo", después de un terrible arrebato de furia de Kinski, los indígenas que trabajaban en la filmación se pusieron a murmurar entre ellos. Después, uno de ellos me llamó y me dijo: "Usted habrá percibido que nosotros teníamos mucho miedo. Pero no crea que estábamos asustados a causa de este loco gritando; el que nos daba miedo era usted, que permanecía en silencio y es sumamente disciplinado". Ellos habían entendido que yo era más peligroso.
-Cuando cuenta en el film que quiso matar a Kinski da la impresión de que fue cierto.
-Tengo testigos de esa situación. Me hubiera resultado muy fácil hacerlo porque ya había tomado la decisión. Habría sido el crimen perfecto, porque tenía todo planificado. Le agradezco a Dios que lo haya tornado imposible. Yo había tenido mucho tiempo para pensar lo impensable; para pasar la línea de lo que hubiera sido admisible, pero que estaba más allá de nuestros sentimientos privados y de nuestras personalidades; para violar algo que estaba más allá de nosotros. Y Kinski lo entendió. Sabía que en quince segundos más iba a haber dos muertos en el set. Hubo un par de situaciones como ésa.
-¿Y no le daba miedo poner su propia vida en juego?
-No, porque la decisión estaba tomada. La frontera estaba trazada y Kinski esa vez había ido muy lejos. Cuando le dije que iba a matarlo entendió que era en serio. Se asustó mucho y empezó a gritar que llamaría a la policía, aunque el puesto de policía más próximo estaba a 450 kilómetros. Kinski tuvo el instinto suficiente como para darse cuenta de que yo no estaba bromeando.
"Le dije que le metería ocho balas"
CANNES (De nuestra enviada especial).- "Había momentos en los que Kinski se comportaba de un modo más instintivo y confesaba que había ido demasiado lejos. En esos momentos se volvía cobarde, gracias a Dios. Hubo un incidente en el río Nanay, al final del rodaje de "Aguirre...": como muchas otras veces, Kinski no sabía su texto y en esas ocasiones siempre buscaba una víctima. Súbitamente se puso a gritar como un loco: "Bo...!", le decía al asistente del cameraman. Porque, según él, se había reído socarronamente, y decía que yo debía echarlo. Pero yo le dije: "No, no lo voy a echar porque si lo hago, todo el equipo, por solidaridad, partirá también". Entonces, Kinski agarró sus cosas. Decía, seriamente, que iba a abandonar el rodaje. Embarcó todo en una lancha. Yo sabía que él ya había roto 30, 40, 50 contratos. Avancé hacia él con mucha calma. Yo no estaba armado."
"El film es más importante que nosotros"
"Más tarde, él trató de adornar el incidente para quedar mejor parado. Me acerqué y le dije: "Así no va. El film es más importante que nuestros sentimientos personales y, sobre todo, más importante que nuestras propias personas, simples mortales como somos. No se puede hacer esto. Así no funciona". Le dije que tenía un arma y que él no llegaría más allá del siguiente recodo del río, que le metería 8 balas en la cabeza y que la novena sería para mí." (Extracto de la narración de Herzog en "Mi enemigo íntimo", presentado en Cannes.)






