Jacinto Pérez Heredia: el dandy de la TV que eligió La Casa del Teatro
"La ventaja que tiene este lugar es que acá no se cierra con llave a las diez de la noche como en los geriátricos. Hay un sereno, y eso me permite venir a la hora que se me cante."
Jacinto Pérez Heredia –productor emblemático de la televisión que murió anteayer–, en los últimos años había decidido trasladar sus recuerdos de bon vivant a un módico monoambiente de La Casa del Teatro. Tenía diversos motivos: la cercanía geográfica con el circuito teatral –lo que le permitía asistir a estrenos, presentaciones y cócteles, en los que invariablemente relataba sus vivencias y se erigía en centro de la atención–. La certeza de que podía prolongar una sobremesa con un infaltable whisky sin cumplir el rigor del límite impuesto por el horario. Y sobre todo, aquello que lo definía como un despilfarrador compulsivo, que decidió morir a su manera: de tanto vivir. Todo lo que ganó en más de medio siglo de actividad (y ganó muchísimo, y hasta fue heredero de Mona Maris), lo derrochó en gustos personales (viajes o regalos dispendiosos), sin prestarle demasiada atención a la posibilidad de que alguna vez podría quedarse con los bolsillos secos.
Pérez Heredia –cuyos restos serán velados hoy, entre las 13 y las 19, en Córdoba 3677– fue el visionario que produjo grandes telenovelas de los años 60: El amor tiene cara de mujer (1964-1970), con Bárbara Mujica, Iris Láinez, Angélica López Gamio y Delfy de Ortega: Ella, la gata (1967), con Marta González y Enrique Liporace, y el debut de Arturo Puig; Estrellita, esa pobre campesina (1968-1969), con Marta González, Nora Massi y Germán Kraus, y una remake en los años 80 con Andrea del Boca y Ricardo Darín, o Yo compro a esa mujer (1969) con Gabriela Gilli y Sebastián Vilar.
Pero también, entre muchos otros sucesos, fue el audaz que produjo Situación límite –al decir del historiador Jorge Nielsen, "curiosa síntesis y psicodrama y teatro televisado"– en la nada apacible transición entre la dictadura y la democracia, que se mantuvo en el aire tres temporadas, desde octubre de 1983. Pérez Heredia, ideólogo del ciclo, convocó a Nelly Fernández Tiscornia –una dramaturga de más de 60 años, que casi no tenía obra estrenada– para realizar antológicos guiones de unitarios protagonizados por una pareja de actores, dirigidos por Alejandro Doria y en la última temporada, por Alberto Rinaldi.
En 2012 fue al fin homenajeado por la televisión, en un especial de Gracias por venir, conducido por Gerardo Rozín y Julieta Prandi. Un año más tarde, impulsado por el periodista Luis Mazas, produjo Teatrísimo –ciclo de obras con elenco rotativo, a beneficio de La Casa del Teatro– a manera de despedida de su infatigable actividad.
Casi veinte años antes había dispuesto su retiro: en 1993 se sintió cansado y dio paso a una generación de recambio, con otros códigos y otros intereses. Y se había refugiado en ese hogar donde confraternizaba con colegas y recordaban los buenos tiempos idos. Atrás quedaba el aspirante al conservatorio de artes dramáticas nacido en Coronel Suárez, y llegado a Buenos Aires como un adolescente solo. Por aquel entonces ganó sus primeros pesos en una marroquinería. Pero cuando tuvo que decidir entre un ascenso y su vocación, se metió en un grupo de teatro independiente.
Blackie lo convocó para formar parte del incipiente Canal 7. Tras el advenimiento de la Revolución Libertadora, su espíritu aventurero lo llevó a experimentar en la televisión de Colombia. Regresó a la Argentina a fines de 1963, cuando se interesó un proyecto esponsorizado por cremas Ponds: una tira interpretada por cuatro mujeres en una peluquería. Se llamó El amor tiene cara de mujer.
Divas y reconciliaciones. Junto con su actividad –fue escenógrafo, autor, fugacísimo actor y hasta escribió algunos guiones (como Amor de cuatro puntos)– entabló relaciones con las grandes actrices de todos los tiempos, argentinas y extranjeras.
A su adorada Greta Garbo le abrió la puerta de un taxi, una noche, en la calle 52 de Nueva York; a Bette Davis –alcoholizada y pegándole carterazos a una amiga– se la cruzó otra noche por Broadway; hizo debutar a Susana Giménez (de fulgurante eclosión publicitaria) y a China Zorrilla, quien encabezaba compañías de teatro clásico en el Uruguay; le produjo un programa a Tita Merello, lo que le valió 25 años de amistad; y entabló un vínculo muy íntimo con Mona Maris, una actriz que en sus años otoñales regresó a Buenos Aires y que, a su muerte –en 1991–, lo eligió como heredero.
Una tarde de 2009 la presidenta Cristina Fernández de Kirchner visitó la Casa del Teatro. Desde allí anunció la entrega de un subsidio que permitiría sostener la actividad del predio. Jacinto, anfitrión privilegiado, le reconoció haber sido el más grande difamador de Eva Perón, aunque también que años más tarde reconoció su equivocación. La mandataria lo abrazó –según él, temblando– y le agradeció el gesto conciliatorio, "en nombre de todos aquellos que sufrieron ofensas en este país". Un día después una prima de Coronel Suárez, rabiosa antiperonista, indignada, le reprochó con palabras propias de su antigua intolerancia. Jacinto, con la sabiduría añejada por la experiencia y por el cariño que le devolvía día a día tanta gente, abrió su corazón y le contestó: "No tenemos que ser tan hijos de puta". Como si ése fuera el mensaje que hubiera querido para su epitafio.





