
John Sayles, un espíritu independiente
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John Sayles, un artista riguroso, sensible y consecuente como pocos, ha hecho prácticamente de todo. Y, lo que es todavía más infrecuente, casi todo bien.
Neoyorquino, de 47 años, dirigió once largometrajes y un par de films para televisión, escribió tres elogiadas novelas, sendas investigaciones sobre las luchas de anarquistas y mineros, y hasta se dio el gusto de hacer varios notables videoclips para su amigo Bruce Springsteen.
Prestigioso productor, buen actor y eficaz compaginador, Sayles ha financiado muchos de sus proyectos gracias a su labor como "doctor en guiones", es decir, una suerte de asesor que, desde las sombras, ayuda a desarrollar historias que están empantanadas a pocas semanas del inicio del rodaje. "Rápida y mortal", "Apollo 13" y "Mimic" son algunos de los libretos "hollywoodenses" que contaron con su aporte.
Ahora está en la Argentina para presentar "Hombres armados", que no sólo es su último film, sino que tiene para nosotros la particularidad de ser la primera de sus producciones protagonizada por un actor argentino, Federico Luppi, un médico que descubre verdades escondidas en el corazón de América Central.
"Mi elección del tema tiene que ver con bucear en lo que la gente de mi país prefiere olvidar o, directamente, negar", reconoce Sayles a La Nación , dos días antes del estreno del film en Buenos Aires.
El nuevo viaje de John Sayles
En "Hombres armados", el director explora el corazón de la América profunda
La filmografía de John Sayles es una de las más valoradas dentro del cine independiente norteamericano y abarca temas muy disímiles. Desde los replanteos generacionales de viejos activistas de los años 60 ("Return of the Secaucus 7") hasta la relación entre una adolescente judía y su novio de origen italiano en un colegio de fines de los años 50 ("Nena, eres tú"); desde la historia de una mujer de New Jersey que deja su infeliz matrimonio y se enamora de una lesbiana ("Lianna") hasta un film de ciencia ficción con un extraterrestre negro que termina en medio del Harlem actual ("The Brother From Another Planet").
También explora la violenta explosión social tras una huelga minera en un pequeño pueblo durante los años 20 ("Matewan") y la reconstrucción del escándalo beisbolístico ocurrido en 1919 con el equipo Chicago White Sox ("Eight Men Out").
Más conocidas entre nosotros son la crisis de una estrella de telenovelas que queda lisiada tras un accidente y su relación con una enfermera negra que debe cuidarla ("Escrito en el agua"); el romance entre un hombre y una selkie -mitad mujer y mitad foca- inspirado en una leyenda irlandesa ("El secreto de Roan Inish") y los conflictos interraciales en un pequeño pueblo-infierno grande cerca de la frontera entre México y los Estados Unidos ("Estrella solitaria").
En "Hombres armados", Sayles continúa indagando en "el" tema de su vida: la búsqueda de la verdad por parte de un ser humano en un contexto que no es el propio. En este caso, la que el doctor Fuentes (Federico Luppi) emprende por las entrañas de una América Central injusta, violenta y a la vez fascinante.
-En una reciente entrevista usted sostenía: "Mientras la mayoría de los directores viajan en avión, yo prefiero hacerlo en colectivo. Es un camino más largo, menos cómodo, pero que permite realmente conocer a la gente". Una definición ajustada al espíritu casi antropológico de su cine...
-Para mí es fundamental saber lo más posible antes de encarar un proyecto. Cuando pensé en escribir "Los gusanos" leí no menos de 50 novelas y ensayos sobre los exiliados cubanos. Lo mismo ocurrió antes de escribir "Hombres armados": revisé 30 trabajos sobre la problemática política en América latina y otras tantas investigaciones sobre otros conflictos, como Vietnam o Yugoslavia. Situaciones en las que gente sin poder se encuentra entre la espada y la pared. Y, como usted decía, prefiero siempre el camino más largo, incluso en lo técnico. Sigo haciendo el montaje de la manera tradicional, en película y no en computadora. Es un proceso más lento, pero me permite entender mejor la película.
-"Hombres armados" se desarrolla en una América Central explosiva, en medio de un enfrentamiento entre militares y guerrilleros. Sin embargo, no es un film básicamente político.
-Es verdad. Mis películas parten de una premisa: tratar de entender cómo viven, cómo piensan otras personas. Es que mi propio mundo no me interesa demasiado (se ríe). En el caso de "Hombres armados", intenté ver qué pasa cuando se enfrentan culturas como la indígena y la occidental. Dos formas de ver la vida: una más antigua, pesimista, y otra que cree y apuesta por el progreso.
-El encuentro -y a veces el choque- entre diferentes razas y culturas parece ser el eje y motor de casi toda su obra.
-Efectivamente. El americano medio quiere convencerse de que no tiene nada que ver con los pobres, los negros o los latinos. Sin embargo, sus mundos están inevitable y continuamente interactuando con ellos. Eso es lo que intento reflejar en mis películas.
-"Hombres armados" es, también, un viaje iniciático, una aventura hacia las entrañas del horror al estilo de "El corazón de las tinieblas", de Joseph Conrad.
-Sí, es una comparación sobre la que ya me han preguntado. El doctor Fuentes hace una incursión al corazón oscuro de su propio país. La historia también tiene un costado de leyenda, de fábula. Los personajes parecen reales, pero tienen un significado más grande. El doctor representa a los de su clase. Y el desertor, a aquellos indígenas que se relacionaron con el ejército.
-¿Hay en usted una intención explícita frente a Hollywood en el hecho de filmar en México, con actores latinos y en español?
-Por supuesto. Lo del imperialismo cultural de los Estados Unidos con respecto al resto del mundo no es un mero slogan político. Hasta los cineastas franceses necesitan filmar en inglés para poder vender sus películas. A mí no me gusta eso: cada país tiene su propio idioma y es muy importante para la cultura, para la historia, que puedan preservar sus lenguas y sus costumbres. Me niego a aceptar el reduccionismo que impone Hollywood.
-¿Qué buscó y qué encontró finalmente en Federico Luppi?
-Ya lo conocía desde hacía mucho tiempo. Había visto sus trabajos con Aristarain y con mi amigo Guillermo Del Toro en "Cronos". Encontré en él una gran dignidad y un enorme sentido de la responsabilidad. Es una persona inteligente y, lo que es poco común, alguien paciente para ayudar a actores no profesionales a entender la mecánica del cine. Porque él es, esencialmente, un animal de cine. Al personaje le dio lo que yo necesitaba: alguien que creyera en la versión oficial, pero que tuviera el coraje suficiente para, en determinado momento, cambiar el rumbo.
-¿Cómo complementa su actividad intelectual más personal con su tarea como revisor de guionistas o escritor por encargo?
-Yo encuentro placer en trabajar para otros, porque aprendo mucho. Y no siento la presión de tener que crear todo yo solo. Mi relación con esas historias es totalmente distinta de la que tengo con mis proyectos: si yo escribo un guión ambientado en China y finalmente lo filman en Japón, no me interesa en lo más mínimo. En cambio, no aceptaría cambiar ni un detalle en un proyecto personal.
-¿Se siente, entonces, como una suerte de mercenario cuando escribe para James Cameron?
-No es para tanto, aunque es cierto que cuando escribí para él el guión de "Brother Termite" me adapté a sus requerimientos. Pero lo fundamental sigue siendo que el dinero que me pagan por esos guiones me alcance después para financiar mis proyectos.
-Francis Ford Coppola sostuvo hace poco que, cuando el sistema de los estudios de Hollywood estalle, el poder quedará en manos de gente como usted o Woody Allen. ¿Usted tiene una visión similar?
(Risas.) -No. Creo que mis películas son más pesimistas que la visión que tengo de la industria. Porque siempre van a necesitar de los autores. Es cierto que cada vez más las producciones son como parques de diversiones, diseños de marketing. El poder de Hollywood es esencialmente económico, dominan los mecanismos de distribución y exhibición en todo el mundo. Pero una parte del poder seguirá siempre en nuestras manos. Porque hay algo que ellos no pueden ni podrán crear: buenas historias.




