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"Dios nos llama a la guerra/ contra el odio y la soledad" o el evangelio según Juanse que, haciéndose eco del "hagan lío" papal, también canta "El infierno re careta/ dale, esto/ se tiene que acabar". La música es tan abrasiva y garage como se pueda (una guitarra serpentea en plan Television por detrás) en la apertura de éste, el primer álbum post Francisco del rock argentino. El sagrado corazón en la tapa (se extraña el arte y la estética de Baldíos lunares) y una heráldica que une mangos de guitarra con el divino rostro no dejan duda del carácter devocional de este disco que tiene a Charly entre sus productores e invitados. Es un giro rotundo, al menos en la lírica, para un artista que nos acostumbró a un imaginario de estampado leopardo y surrealismo noire. No es folk de la Acción Católica ni ese híbrido llamado rock cristiano sino el disco de iluminación mística de un rocker. Quizá por su alternativa a la creencia hegemónica, las obras dedicadas a la espiritualidad oriental resulten menos polémicas en el rock, pero no hay diferencia en el género salvo las distancias teológicas. Si Dios le inspira a Juanse canciones rotundas como "Grial" y "Ven a mí", okey, le creemos. Es posible que el diablo haya metido la cola en el hit "Clásico rockero", simpático beat atorrante a lo Sabú que además no es de su autoría (y se nota). El gospel íntimo de Juanse tiene la virtud de ir a fondo: no hay especulación posible en esta decisión.
Por Fernando García





