Con una brillante oda a sí mismo, Kanye demuestra que está varios pasos delante de cualquier otro artista de hip-hop
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“Ahí tenés a sus lideres y a sus fieles”, nos dice Kanye West. “Yo prefiero ser un sorete a tragármela.” Y, por Dios, lo dice en serio. Yeezus tiene la música más oscura y extrema que Kanye compuso en su vida: es un disco extravagante y abrasivo, lleno de electrónica demoledora, hip-hop minimalista y machacón, distorsión repetitiva y barullo industrial. Todos los genios chiflados deberían sacar un disco como éste al menos una vez en su carrera. Se trata de un álbum que, en sus peores momentos, hace que Kid A, In Utero o Trans suenen a Bruno Mars.
Como se trata de una obra de Kanye West, Yeezus es también, en su carrera, una autocorrección brillante y obsesivo-compulsiva. Kanye tiene 36 años, es un advenedizo en el mundo de la moda, una fija en la prensa amarilla y está a punto de tener un hijo con una de las diez personas más famosas que él sobre la Tierra. No se trata de ganarle a la competencia: se trata de ganarse a sí mismo.
"Vamos a hacer que esta perra tiemble como el Parkinson", implora sobre el cortocircuito rockero de "On Sight", tema que abre el disco y uno de los tres que coprodujeron los Daft Punk. Si la sensación general es de algo discordante, la paleta de sonidos es igual de vívida que siempre. Hay música electrónica hipster y bunkerclub, dancehall jamaiquino, soul triste hecho con Auto-Tune, muestras crepitantes de soul antiguo y techno-rap desconsolado con el que fue pionero en el disco 808s & Hearbreak, de 2008, y casi siempre, todo esto al mismo tiempo. "Hold My Liquor" es una balada house elegante y alcohólica, con Justin Vernon de Bon Iver como una diva dispéptica que canta bajo las olas ámbar de Chief Keef, el MC de Chicago borracho y adolescente, que hace de gángster triste. "Black Skinhead" es Marilyn Manson que vuelve bajo la forma de un animal mecánico programado para masticarse unos blanquitos.
Rick Rubin, el productor ejecutivo, se lleva bastante crédito por ser el responsable de que este exceso agresivo parezca algo contenido y homogéneo. El y Kanye implementaron la estrategia del "menos es menos", y se aseguraron de que cada hit tuviera el máximo impacto. Las letras de Kanye están bastante enfocadas también, y las entrega como si fueran petulantes gritos primales. En "I Am God", un tema tambaleante y pesadillesco, rapea: "Soy un Dios/ así que apúrense con mi maldito mensaje/ En el restaurant francés, apúrense con mis croissants". En "I’m in It", que suena como si fuera la banda de sonido de una película snuff para cylons, Kanye parece al mismo tiempo correcto y malvado: "Una chica negra tomando vino blanco, le meto el puño como si fuera un cartel de derechos civiles".
En esa canción, Kanye se jacta de que quiere "crear un nuevo movimiento". Es irónico, entonces, que la mejor canción de Yeezus sea un soul clásico, un Kanye vintage: "Blood on the Leaves" es un tema animado, blusero y estático que incorpora un sample de Nina Simone cantando "Strange Fruit" –el conmovedor alegato contra el racismo popularizado por Billie Holiday a fines de los años 30– en una confesión sobre dejar embarazada a otra mujer ("Podríamos haber sido alguien", se lamenta en un grito lastimoso). Sólo Kanye West puede tomar una obra maestra estadounidense sobre un linchamiento y utilizarla para apuntalar una canción sobre lo molesto que es tener que ir a ver los partidos de básquet en primera fila y que la chica a la que embarazaste esté sentada al otro lado de la cancha. Y es difícil imaginar a otro haciéndolo sonar tan urgente. Será un sorete, pero tiene huevos.
Por Jon Dolan





