En el mejor momento de Foo Fighters, Dave Grohl evoca su difícil relación con ese tornado llamado Kurt Cobain.
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Medianoche y a más de 9 mil metros por encima de Nuevo México, dándole la espalda a la cabina de un avión privado, Dave Grohl se recuesta en su asiento de plush negro y bebe un trago de Crown Royal. El humo de un Parliament en su mano izquierda se esparce en el reducido espacio, donde una compilación de temas de The Police suena en los parlantes. Cuatro días después del lanzamiento de su álbum doble In Your Honor, los Foo Fighters –Grohl, el baterista Taylor Hawkins,el bajista Nate Mendel y el guitarrista Chris Shiflett– se relajan tras una ambiciosa gira promocional, y Grohl debe de estar exhausto. Esta mañana, la banda viajó a Roswell y se cocinó en un hangar en el que hacía más de 37 grados –un lugar cerca de donde se dice que en 1947 cayó un ovni (el nombre de la banda se refiere al modo en que, en los años 40, la Fuerza Aérea llamaba a los ovnis)– para tocar frente a cientos de fans y ganadores de concursos de todo el país. Para Grohl, el sueño es improductivo, y todavía carga con el efecto de la actuación de hoy; mientras, conversa sobre el hecho de que no consume drogas desde hace quince años, sobre lo grandioso que es Stewart Copeland, y se ríe de la magra suma del último cheque por los derechos de Nirvana.
Como muchos otros viajes especiales de los Foo, el trayecto entre Los Angeles y Roswell es un asunto familiar: Jordyn, esposa de Grohl desde hace dos años, viaja en el fondo del Cessna de doce asientos, junto a Hawkins y su novia, Alison Williams; Virginia, la madre de Grohl, está en el salón trasero. “Mis padres trabajaron muy duro para criarme”, dice Grohl. “Así que si puedo devolverles algo, lo hago. La mayoría de nuestros padres están retirados, entonces si vamos a Reykjavík o a Japón, o a algún lugar que no conocen, es mejor que vengan con nosotros, al menos mejor que un tour choto en el que terminen todos con diarrea.”
El día de la independencia de los Estados Unidos marcó el décimo aniversario del primer lanzamiento de los Foo Fighters, que fue grabado en menos de una semana y tocado enteramente por Grohl, excepto por una parte de guitarra que toca Greg Dulli en la canción “X-Static”. “El primer disco tuvo éxito de casualidad”, dice. “Si me lo hubiera tomado más en serio, hubiera tardado más de esos cinco días en hacerlo.” Pero los Foo Fighters vendieron más de un millón de copias, y los tres siguientes álbumes – The Colour and the Shape, y los ganadores de Grammys There Is Nothing Left to Lose y One by One – superaron ese primer éxito. “Sabía que quería hacer música el resto de mi vida”, dice Grohl. “Pero nunca pensé que lo haría con el mismo nombre durante diez años, y que se convertiría en lo que es hoy. Tuve una revelación profunda la primera vez que tocamos como banda principal en el Reading Festival [en 2003 en Inglaterra] cuando vi a mi mamá y a mi hermana en un costado del escenario: yo había escrito una canción en el reverso de una boleta y ahora 60 mil personas la estaban cantando. Honestamente, me sentí el tipo más afortunado del mundo.”
Los padres de Grohl –ambos de Ohio– se conocieron en un teatro de la comunidad. Su madre tenía una voz hermosa, y su padre, James, era un flautista afecto a la música clásica. “Había sido un niño prodigio”, dice Grohl. “En los 50 estaba muy metido en el jazz, y tenía un costado beatnik. Si le mencionás el primer jazz o a Kerouac o alguna de esas cosas, mi padre te empieza a contar la anécdota de cuando Ginsberg le pegó.” Cuando nació Dave, en 1969 –tres años después que su hermana Lisa–, James Grohl trabajaba como periodista para el Scripps Howard News Service. Cuando la familia se mudó a Virginia a comienzos de los 70, James estuvo cerca de los primeros rumores en torno del Watergate. “En Springfield, Virginia, estás a quince minutos del campo y a quince minutos de la Casa Blanca”, dice Grohl. “Podés ir al campo a tomar [el sedante] Robitussin y respirar aire fresco de lunes a viernes, y después ir a la ciudad y ver bandas de hardcore los fines de semana.” Su familia no podía comprarle una batería, entonces los almohadones hacían de tambores y las tapas de los discos eran los platillos con los que estudiaba y tocaba, sobre la música de Out of Step, de Minor Threat, Rock for Light, de Bad Brains, y 2112, de Rush. Su modo brusco de tocar nació porque las únicas baquetas que tenía eran palos gruesos como sus brazos, lo cual hubiera quedado mejor en una banda marcial. “Cuando me sentaba en la batería de otro, rompía todo”, dice. “Destruía los parches.” Un verano, trabajó de pintor para poder comprarse su primera batería. Aunque aún conserva algunos de esos tambores, la mayoría se arruinó después de que Kurt Cobain se zambullera sobre ellos repetidas veces.
Unos días después del concierto en Roswell, sentado en el moderno estudio y sala de ensayos de la banda en Northridge, California, Grohl habla de su temporada de tres años y medio en Nirvana. Cuando habla de Cobain, sus palabras surgen con más lentitud y su voz se torna sombría. Sentado en el lugar que construyeron los Foo Fighters, Grohl se ve claramente más cómodo hablando de su banda que de la banda de Cobain. Y hay buenas noticias: In Your Honor –el álbum doble, mitad acústico y mitad rock, que incluye participaciones de Norah Jones y John Paul Jones, el ex Zeppelin– vendió más de 310 mil copias en su semana de lanzamiento. El mejor debut de Foo hasta ahora. “A esta altura de nuestras vidas, después de diez años, no podía imaginarme haciendo otro disco, otras doce canciones que cerraran el ciclo”, dice Grohl. “Y más que hacer lo que imaginé que sería nuestro último material, decidimos hacer un disco que abriera otros diez años de álbumes. ¿Por qué no hacer discos para siempre? Ahora siento que podemos hacer cualquier cosa.”
–¿Quién es el responsable de tu sentido del humor?
–Mi padre. Es un gran contador de cuentos. Sus e-mails son realmente épicos. Después de trabajar como periodista, se convirtió en uno de los principales escritores de discursos para el Partido Republicano. Sabe manejar las palabras. Tanto cuando me estaba retando como cuando me contaba una historia sobre Niles, Ohio, en los 60, su manera de hablar era la de un discurso presidencial. Era increíble.
–Habiendo girado junto a John Kerry el año pasado, debés de haberte enfrentado bastante con tu papá...
–En realidad nunca hablamos de política. Mientras él escribía los discursos para el Partido Republicano, yo escuchaba [la banda de hardcore] MDC. Pero mientras participaba en la campaña de Kerry, me pregunté qué pensaría mi padre cuando lo supiera.
–¿De qué manera Kerry inspiró el título del álbum In Your Honor ?
–Bueno, yo quería que el disco de rock fuera emblemático, que tuviera temas que se te pegaran en la primera escucha. No la mierda de “Pour Some Sugar on Me” [de Def Leppard]. Pasé todo el verano yendo a actos políticos, tocando shows acústicos para la gente. Atravesamos el Medio Oeste en micro. Ibamos a los pueblitos, y miles y miles de personas venían a ser rescatadas por este hombre. Podías verlo en sus rostros. En la primera fila estaban los veteranos de la Segunda Guerra, las sillas de ruedas y los maestros de escuela, no los fans de Foo Fighters. Tocaba “My Hero” para gente de más de 80 años. ¡Pero era una sensación tan poderosa sentir esa energía colectiva! Es como ver la fuerza de la voluntad humana, ver que a veces la gente hace cosas por las razones correctas. O por razones honorables. Me daban ganas de llorar. Volví de eso y empecé a escribir canciones.
–Con todos los tatuajes de Led Zeppelin que tenés en el cuerpo, debe haber sido lindo llegar a ver a John Paul Jones en tu estudio.
Lo rastreamos y yo hablé por teléfono con él. En el disco acústico hay una canción que necesitaba Mellotron, y para eso él es el rey. Se lo expliqué tratando de no entusiasmarme y sonar como una puta barata. Hablamos como cuarenta y cinco minutos, y cuando corté el teléfono pensé: “A la mierda. ¡No lo puedo creer!”. Crecí venerando a Zeppelin como a una religión. Unas semanas más tarde, él vino a vernos. Trajo su mandolina. Traté de no atosigarlo con preguntas sobre Zeppelin, pero Taylor no parecía inhibido de hacerlo. Tocó “Miracle”, y cuando se sentó detrás del Mellotron empezó a tocar “The Rain Song”. Taylor, Chris y yo sentíamos que nos desmayábamos. Después empezó a tocar “Kashmir”. Entonces yo me senté en la batería y comenzamos a tocar juntos y [ruidos de pedos] yo me hice encima. Al final me metí en un par de arreglos de [John] Bonham, y él me dijo: “Bueno, hay un buen trabajo con los pies ahí”.
–Cuando tenías 18 años giraste con la banda punk Scream, de Washington D.C. Esa experiencia habrá sido un gran aprendizaje, ¿no?
–Nunca había viajado más allá de Chicago, y fue una gira de unos buenos dos meses. Tocamos en todas partes, desde el Fender’s Ballroom de Los Angeles, hasta el Botanical Center en Des Moines. Nos pagaban siete dólares al día a cada uno. Aprendí todo, desde cómo tocar en vivo, hasta cómo vivir en una camioneta y cómo ganar chicas. Dejé la escuela, pero sabía que me iba a ir bien. No se necesita mucho para lograrlo. Parecía muy simple. Aprendí cómo tocar la batería sin batería. No tuve auto hasta que estuve en Nirvana. Los cigarrillos eran baratos, y Taco Bell estaba en todos lados.
–¿Te acordás de la primera vez que Kurt se zambulló en tu batería?
–Fue durante la primera gira que hicimos juntos por Inglaterra. Antes de unirme a la banda, sólo había visto a Nirvana una vez, y ni siquiera les había prestado atención. Escuché las primeras canciones y salí a charlar con un amigo. Danny Peters, de Mudhoney, tocaba la batería entonces –es decir, el día después de que viajé para entrar en la banda– y me habían dicho que no le contara a nadie por qué estaba allí, porque no querían que Danny se enojara. El es increíble, pero creo que ellos buscaban otra clase de baterista. Entonces, la primera vez que vi a Nirvana realmente fue en una sala de ensayos minúscula que compartíamos con Tad, cuando estaba probándome para entrar. No tenía idea de que Kurt tenía la costumbre de tirarse encima de la batería. Y en Inglaterra, saltó encima de la mía como una especie de Evel Knievel. Me parecía muy doloroso. Quiero decir, es como tirarse encima de una montaña de metal. Una vez, Kurt dijo que le habría gustado ser un doble de cuerpo, entonces no tenía problema en meterse petardos debajo de la camisa para que pareciera que le estaban disparando, o saltar del techo de su casa con una capa... no tenía miedo y tenía mucha tolerancia al dolor. Tirarse encima de una batería deja marcas. Es una locura.
–¿Con qué frecuencia lo hacía?
–Lo hacía en ocasiones especiales. Creo que lo hacía sólo para que le dieran calmantes [risas]. Siempre escuché que se había tirado encima de la batería de Chad Channing porque estaba enojado con él. Entonces, a veces pensaba que estaba bueno, y otras veces pensaba: “Uh”, como si estuviera recibiendo una reprimenda por algo malo que había hecho. “¿Está bueno esto?” No sabía.
–¿Qué cara ponía antes de pegar el salto?
–A esa altura yo estaba totalmente ido.
–En una entrevista publicada en Rolling Stone en 1994, Kurt habló de tu necesidad de reconocimiento. Vos eras popular en la secundaria, tocaste en muchas bandas... ¿Qué tenía Nirvana, o Kurt, que te ponía tan inseguro?
–Cuando me uní a Nirvana era el quinto o sexto baterista que pasaba por la banda. No sé si alguna vez tuvieron un baterista con el que estuvieran del todo conformes. Y eran desconocidos para mí. Nunca hubo mucha conexión más allá de la música. Krist [Novoselic] y Kurt sí tenían una conexión legendaria, de toda la vida. Eran compañeros del alma. Habían pasado por muchas cosas juntos, desde Aberdeen hasta el éxito de Nirvana. Compartían absolutamente todo, y eran esa clase de amigos que no necesitan hablarse para saber qué le pasa al otro. Yo nunca compartí un momento así con ellos, porque venía de un lugar completamente diferente, y a los ocho meses de estar en Nirvana, la banda estalló y se convirtió en algo que ninguno esperaba. Fue difícil conectar entre nosotros cuando pasó eso. No creo haberle contado esto a nadie, pero a veces Kurt estaba verdaderamente descontento con el modo en que yo tocaba la batería. Podía oírlo diciendo que pensaba que yo era un desastre. Pero nunca me lo dijo a mí. Si yo lo confrontaba –le decía: “¿Tenés algún problema? Si querés que me vaya decímelo”–, él me contestaba: “No, no, no”. Eso pasaba hacia el final, alrededor de In Utero. Creo que entonces Kurt empezó a estar descontento con lo que pasaba con la banda. Kurt era tantas cosas distintas... Era divertido, o tímido, o este personaje completamente extravertido que se llevaba el mundo por delante. Podía ser dulce y podía ser completamente loco. Podía ser intimidante. Yo creía ser un baterista decente, pero no sabía si era lo suficientemente bueno como para estar haciendo eso, eso tan grande. No me imaginaba como un baterista de nivel internacional. Yo era el mismo baterista que cuando tocaba en Scream, o cuando tocaba en la cama. Y toda esa presión... No puedo pensar en un solo show en el que haya tocado con esa banda y que al bajar del escenario dijéramos: “¡Qué bien que estuvo!”. Jamás. Sólo dos veces recibí el respaldo de Kurt. Una, cuando me uní a la banda en 1990: estábamos borrachos en una disco de Inglaterra y Kurt se me acercó y me dijo: “Estoy muy contento de que estés en la banda. Me gusta mucho que seas tranquilo”. Yo estaba exultante. La otra vez fue a fines del 93 o principios del 94: cuando llegué a casa, escuché el contestador automático y tenía un mensaje de Kurt que decía: “Sabés, estaba tirado escuchando In Utero, y la batería está genial. ¡Tocaste muy bien!”. Yo me puse como loco. Esas fueron las dos únicas veces, repartidas en cuatro años [risas].
–¿Cómo fue el último año?
–Nunca sabíamos qué iba a pasar. Había momentos en los que el lugar en el que estábamos se encendía con energía y felicidad, y había momentos en los que la onda era enfermante. Fue muy duro estar en esa banda durante el último año: había mucha oscuridad en el aire. A esa altura yo estaba viviendo una vida maravillosa y saludable fuera de la banda, pero cuando entraba en el ambiente de la banda, todo eso cambiaba. No era divertido. Cuando Pat Smear se sumó al grupo, todo cambió. Pasamos de ser bolsas de basura malhumoradas a ser chicos otra vez. Cambió nuestro ánimo. El es la persona más dulce del mundo. Se hizo muy amigo de Kurt. Volvió la risa.
–Eso nos lleva a la actuación en el MTV Unplugged, en la cual estuviste fabuloso. ¿Cómo te preparaste para eso?
–Habíamos visto otros conciertos con ese formato y la mayoría no nos gustaba, porque muchas bandas lo hacían como si fueran conciertos de rock: tocaban sus hits como si estuvieran en el Madison Square Garden, sólo que con guitarras acústicas. Nosotros queríamos hacer algo distinto. Como llamar a los Meat Puppets, o ver si podíamos hacer un cover de Bowie. Como esa canción de Lead Belly [“Where Did You Sleep Last Night?”, también grabada por Mark Lanegan]. Kurt admiraba a Lanegan, y su primer disco solista, The Winding Sheet, es uno de los mejores álbumes de todos los tiempos. Ese fue el soundtrack de mis primeros seis meses en Olympia [Washington]. Lo escuchaba todos los días: cuando el sol no salía, cuando se escondía demasiado temprano, y cuando hacía frío y llovía. Me sentía solo. Y por alguna razón escuchaba ese disco. Tuvo mucha influencia en nuestro Unplugged.
–Es extraño pensar que, incluso con el enorme impacto que tuvo Nevermind, puede que Unplugged sea el mejor disco de Nirvana.
–Mucha gente piensa eso.
–Pero vos no.
–No, yo no. La banda tenía vida propia antes de que yo entrara. Los cuarenta y dos meses que estuve en la banda parecen un huracán. Los recuerdos son fragmentarios y borrosos, como fuera de foco, y estoy seguro de que muchos han sido suprimidos. Cuando pienso en Nirvana, pienso en Bleach. Pienso en cuánto escuchaba ese disco antes de que me llamaran para integrar la banda. Durante la semana en que hice la prueba, lo escuché religiosamente. Me transportaba. Una vez que entré en la banda, esa sensación se arruinó. Antes de entrar, pensaba que eran geniales. Después, ya no.
–No estoy seguro de si alguna vez hablaste sobre esto, pero ¿dónde estabas cuando te enteraste que Kurt se había suicidado?
–Nunca fui muy específico. Lo que pasa es que –creo que nunca antes conté esto– una persona me dijo que Kurt había muerto antes de que muriera realmente. Me dijeron que había muerto en Roma, por culpa de una sobredosis, así que empecé a sufrir en ese momento. Me llamaron a las 5 o 6 de la mañana. Pero seguramente él antes había tenido muchas sobredosis de las cuales yo ni me enteré.
–¿El tenía sobredosis y nadie se enteraba?
–Finalmente, siempre alguien me lo decía. Esa vez me llamaron y me dijeron que había muerto en Roma, y yo me puse muy mal. Perdí la cabeza y me largué a llorar. Estábamos tan desconectados que no podía imaginarme una tragedia así. Veinte minutos más tarde, me llamaron y me dijeron: “En realidad, no, no está muerto, está vivo”. Fue muy extraño. Podría haber sido el momento más feliz de mi vida. Cuando regresó, hablé con él por teléfono. Tratamos de evitar el tema –hablamos de comprar unas motocicletas o algo así– pero después le dije: “La verdad, me asusté mucho”. El me dijo: “Ya sé. Lo siento mucho. Fue un accidente”. Lo que quería era poder transmitirle que a mí él me importaba, que me preocupaba por él, pero no fue suficiente. El tiempo previo a su muerte fue muy raro. Desapareció. Parecía como si quisiera escapar. Como si hubiera desistido de todo. Honestamente yo no pensé que fuera a matarse. Simplemente pensé que estaba en la casa de alguien, en Olympia, escuchando discos. O algo así.
–Antes de desarrollar el concepto para In Your Honor, tenías la idea de grabar un álbum solista. Además, te tomaste el verano de 2002 para girar y grabar junto a Queens of Stone Age. ¿De qué manera eso afectó la dinámica de los Foo Fighters?
–Todo el mundo está de acuerdo en que es bueno abrirse y hacer música con otras personas. Pero lo que yo comparto con estos tres tipos de mi banda es muy diferente de mis otras experiencias. Tocar con Nine Inch Nails es un honor, estar en un estudio con alguien tan talentoso como Trent [Reznor] y colaborar en algo tan genial como su último disco es sencillamente increíble. Tocar la batería en Queens of the Stone Age fue lo máximo: casi no hablábamos de música, simplemente la hacíamos. Fue como el polvo perfecto, como cogerse a la estrella porno más caliente, algo con lo que se construyen los recuerdos y las leyendas. Esa conexión musical tan precisa es algo que uno busca toda la vida, y yo la encontré. Pero también están las personas con las que uno se conecta desde el corazón, como me pasa con Taylor, Nate y Chris.
–¿Sentís que tenés que brindarles confianza a ellos, del mismo modo en el que hubieras querido que te la brindaran cuando estabas en Nirvana?
–Algo así. Esta banda es saludable, es como el resultado de toda la disfunción que atravesamos en las bandas anteriores en las que tocamos. Pero cuando estás en una banda con tu mejor amigo, como me pasa a mí con Taylor... quiero decir, estuve sentado junto a él en su cama en el hospital durante doce días [después de una sobredosis de calmantes en 2001], rezando por su recuperación. No porque quisiera tocar con él, sino porque lo quiero.
–De todas maneras, tiene que haber alguna tensión en la banda.
–Depende. Uno quiere que el producto sea bueno. Y en el proceso hacia ello hay varios momentos en que el ambiente se caldea. Siempre hay que ceder, porque hay que mantener un delicado equilibrio. Si no hubiera afecto entre nosotros y como banda, tendríamos que separarnos. Pero la idea de que debe haber un Gran Monstruo que produce tensión y conflicto es una mierda. ¿Sabés lo que genera eso? Abogados y puteadas por la mala prensa. Es una verdadera mierda. Por ejemplo, no creo que los hermanos de Oasis se odien. Si hacen buena música es porque se quieren.
–Justo después de casarte con Jordyn te encerraste en el garaje a escribir In Your Honor durante mucho tiempo. ¿Fue duro eso para ella?
–No tiene demasiado de qué quejarse [risas]. Yo no fumo en casa, pero mi garaje es mi garaje. Ahí tengo un equipo de batería, con un tambor enorme, un tacho lleno de cds, una montaña enorme de colillas de cigarrillos. Hay un olor mezcla de cortadora de pasto con Parliament, y cuando me meto ahí me siento a escuchar cds y a fumar. Es mi gueto, como el rincón de un vagabundo. Pero allí es donde descubrí a los Futureheads, High on Fire y el nuevo disco de Kings of Leon, por ejemplo. Me siento allí a las 3 de la mañana y escucho mis discos nuevos favoritos y me duermo con esa música en la cabeza. Está bueno.
–¿Qué les gusta hacer a vos y a tu mujer en su tiempo libre?
–Mañana es viernes, y es día de pileta. Tenemos una cita. Hacemos muchas citas. Me encanta llevar a mi chica a cenar. Cada tanto tenemos nuestra escena romántica con velas. Y toda nuestra familia vive medianamente cerca. Todo es muy doméstico. Voy mucho al supermercado.
–Vi que tomás Crown Royal y Jägermeister. ¿Causan distintos efectos en vos?
–Sí. Crown te pone de la cabeza [risas]. Jäger no es para tomar un traguito, es un trago para emborracharse, así que hay que darle con todo. Te convertís en otra persona, en una mejor versión de vos mismo. Me pone directo en ánimo fiestero. Todas las noches tenemos una plegaria de la banda, que consiste en un shot de Crown. Te calienta la panza. ¿Alguna vez probaste Brennivin?
–No todavía.
–Es un trago de Islandia muy claro, como un vodka hecho con semillas de alcaravea. Te da una sensación de euforia, como si te hubieras tomado un ácido, y no podés parar de reírte. No sentís los pies. Quiero ser el distribuidor de Brennivin en los Estados Unidos.
–¿Cómo sería la publicidad?
–Un video casero de un tipo metalero –con campera de cuero, jeans negros ajustados y el pelo largo– que va caminando por una calle de la ciudad y de pronto levanta un tacho de basura y lo tira contra una ventana. Luego, un locutor diría: “¡Brennivin! Dejá salir a tu vikingo interior”.
–¡Muy bueno! In Your Honor debutó en el numero 2, superado por Coldplay. ¿Qué te gustaría decirle a Chris Martin?
–[Risas] Dejaría que disfrutara su momento. El estar allí, haber hecho eso. Yo no necesito más discos que lleguen al primer puesto. Ya tuve bastantes.
–De cualquier manera, nunca habías vendido tantos álbumes en una sola semana.
–Hay momentos en los que uno se siente realmente orgulloso. Como cuando estás nominado para el Grammy por un álbum que hiciste en un sótano en Virginia con unos amigos. Ir a la ceremonia y ver los diamantes, el dinero, las limusinas y a los íconos de la industria, y salir de ahí con el premio al Mejor Album de Rock, que hiciste gratis en tu sótano, ¿puede haber algo mejor que eso? Nunca creí que esta banda llegara a ser la más importante del mundo, pero al ver el progreso y el crecimiento me siento como un padre orgulloso. Ver que tu hijo crece bien en vez de hacerse adicto al crack. Es bastante lindo.






