El novelista Robert Stone escribió la mayor parte del siguiente texto en 1993, tras la detonación de una camioneta llena de explosivos bajo el World Trade Center; el ataque dejó un saldo de seis muertos.
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Ponete en la mente del conspirador. Sea quien fuere, seguramente primero vio la ciudad desde el aire, miró hacia afuera y distinguió las Torres Gemelas, que se reflejaban mutuamente en su interminable columna de espejos. Quizá las contempló desde la ventana de una casa segura de Queens o Nueva Jersey. Alzándose con semejante descaro a más de trescientos metros del piso, se burlaban de la intensidad apasionada que bullía en él, pensó, sin duda.
Las torres del World Trade Center no son muy poéticas. Es posible que, psicológicamente, resulte más terrible atacar una de las viejas catedrales del comercio, como el Empire State o el edificio de Chrysler. Estos dos parecen contener una necesidad urgente de aspirar a algo más que la Riqueza, necesidad que pertenece en esencia a una era pasada; ya no desafían al mundo. La Guía Michelin de Nueva York, destinada a los turistas extranjeros de los años 90 que vienen en busca de ofertas, describe a estos edificios en términos prácticamente arqueológicos.
Las torres del World Trade Center se construyeron para una era que, por diferentes motivos, probablemente no llegue nunca. Representan la reducción máxima del Sueño Americano: los Estados Unidos como hogar del Hombre Moderno sin adornos; práctico, racional, poderoso, hasta brutal. Se las puede ver como la expresión externa de un aspecto de los Estados Unidos que nuestros enemigos aprendieron a odiar y a temer.
Ahora, a medida que se reduce nuestra influencia, el mundo vuelve a sus viejos romances. En Europa regresaron la sangre y la tierra. En lo que se conocía como el Tercer Mundo prospera la religión. En nuestra interpretación radical de la democracia, nuestro rechazo de las elites, nuestro respeto poco menos que demagógico por las opiniones de los incultos, estamos básicamente solos.
Nadie te quiere cuando estás de última. Hace tanto tiempo que se identifica a nuestro país con su opulencia y su poder, que en el extranjero parece cundir la sensación de que los Estados Unidos van a terminar desapareciendo; como si no fuéramos más que nuestra propia comunicación compulsiva, un fenómeno mediático, un armatoste pop que está pasando de moda.
Por más que lo hayan negado todos los presidentes a partir de Roosevelt, nos propusimos, hace años, ser el policía del mundo. La imagen era la del Tío Sam [la imagen de un hombre que encarna a los Estados Unidos apareció por primera vez a principios del siglo xix, en especial en afiches en los que se pedía al pueblo que se alistara en las fuerzas armadas], arremangándose la camisa y entrometiéndose para hacer lo que corresponde. El corolario que no se mencionaba era que gracias a eso nos podía ir bien. Al fin y al cabo, el Tío Sam original era reclutador de soldados.
Hoy, en el escenario internacional, nuestras trompetas tienen un sonido hostil e incierto. Nuestras operaciones militares en pos del bien siempre se llevaron a cabo con un notable apocamiento. Y eso sí se notó, tanto en los ámbitos amigables como en los no amigables. Los policías se ganan enemigos. Los mejores policías son buenos diplomáticos, cosa que nosotros no siempre somos. La impresión de debilidad, aunque sea de debilidad relativa, siempre llama a la depredación.
Malcolm x, haciendo gala de la cruel sagacidad que lo caracterizaba, dijo que el asesinato del presidente John Kennedy era un ejemplo del dicho "Están pagando las consecuencias". El líder aludía al asesinato del presidente Diem, de Vietnam del Sur, en el que muchos creían que los Estados Unidos habían colaborado. En la actualidad, el mundo es mucho más pequeño incluso que en la época de Malcolm. Los pobres son más pobres y están más intranquilos. Poblaciones enteras se trasladan de un lado a otro. La migración de los pobres del mundo de fines del siglo xx se compara con las migraciones "bárbaras" del siglo v d. C. Las fronteras son permeables; en jets y en balsas, los desesperados atraviesan los mares.
En sentido literal y figurado, nuestras ciudades no tienen paredes. Vivimos desde hace tiempo como la antigua Roma, confiando en que nos defenderá nuestro extenso poder. Hasta cierto punto, exigimos que se nos eximiera de las fuerzas de la historia, pero ahora la historia viene a buscarnos y nos presenta unos viejos pagarés olvidados. Al atacar símbolos, los terroristas destruyen las vidas reales de los trabajadores norteamericanos, traumatizan a los niños norteamericanos de carne y hueso.
Frente a estas circunstancias, aprenderemos a salir adelante tal como aprendieron otros países; sabemos salir adelante. Con el correr del tiempo, pocos norteamericanos recordarán cómo era este lugar antes de que aparecieran las máquinas de rayos x en los aeropuertos y en los vestíbulos de los edificios públicos, antes de que se apostaran guardias de seguridad con salario mínimo en las puertas de todas las demás corporaciones.
Cuando me imaginé la "intensidad apasionada" de los conspiradores, pensé en The Second Coming, de Yeats, el sueño profético y espeluznante de la "mera anarquía" que se apodera del mundo. "Los mejores carecen totalmente de convicción", escribió Yeats, "mientras que los peores están colmados de intensidad apasionada". Unos doce individuos, igual de humanos que nosotros, pilotean aviones llenos de personas aterrorizadas a punto de morir y los estrellan contra el Pentágono y el wtc, toda una ciudad en el aire. ¿Son moralmente monstruosos? ¿Son realmente los peores y están impulsados por el mal?
Aunque se nos está juzgando, a pesar de la congoja y los daños que sufrimos, no podemos juzgar. Rebosamos de relativismo; estamos tan limitados por nuestros relatos como los asesinos por los suyos. La historia es un cuento que aceptamos, y nuestras vidas son los cuentos que nos contamos a nosotros mismos sobre la experiencia de vivir.
En Oriente Medio, donde nacieron los dioses, donde los relatos eran sagrados y los libros en que se los inscribía eran considerados sacramentales, vuelven a glorificarse los relatos antiguos. Después de la guerra de 1967, por ejemplo, los pobladores judíos que esperaban al Mesías se asentaron entre sus piedras ancestrales, arriesgando sus vidas y las de sus familias, dispuestos a matar y morir en nombre de un relato sagrado que pronto sería vindicado.
Así es como, en el mundo musulmán, se reafirma el destino histórico sagrado del Islam. La voluntad de Dios se ha de cumplir en la Tierra. Un relato del Corán habla del pueblo de Ad. "Su pecado es la arrogancia", dice. El pueblo de Ad se basa en su poder y su riqueza material para dominar el mundo. "Quedarán abatidos", concluye el sagrado libro.
Los espantosos episodios del 11 de septiembre tuvieron visos de irrealidad. Todos los horrores –aviones que chocaban con torres sobre un cielo despejado y todo lo demás– parecían imaginarios. No creo que haya sido porque nos resultaban completamente desconocidos que los negamos vertiginosamente y nos rehusamos a creer lo que veíamos; más bien, creo que fue porque tuvimos un déjà vu y reconocimos haber visto a medias esas imágenes. Plasmadas en películas, imaginadas, descritas en novelas. La sensación de irrealidad que experimentamos fue la de estar presenciando hechos de ficción. En la horripilante colisión elemental que nuestra conciencia negó, vimos el ataque violento de un sistema narrativo contra otro. Las personas profundamente encerradas en su visión santificada del mundo ponían en práctica lo que para ellas era una orden sagrada de aniquilar al Otro.
Las expresiones de Washington no sorprenden en absoluto: garantizan la "firmeza" y el resarcimiento. Pero, en cierto sentido, nuestros relatos internos, nuestras bases sociales y políticas, circunscriben nuestra capacidad de vengarnos así como limitaron nuestra capacidad de tener una mejor defensa. En cambio, los relatos internos de nuestros enemigos, su devoción implacable y absoluta por un mundo invisible, los fortalecen. Nuestro sistema también es un modo de pensar. Lo que nos hace falta es encontrar en él los elementos que nos sirvan para sobrevivir.
El poder de los relatos es demoledor, escalofriante. Somos los cuentos que creemos, somos quienes creemos que somos. Por más que razonemos, nos es imposible librarnos de nuestros sistemas míticos. Según ellos vivimos y morimos.
Durante la Guerra Fría, vivimos con miedo al holocausto nuclear. Ahora sabemos que, si alguna vez estalla un dispositivo nuclear en una ciudad norteamericana, lo más probable es que no haya sido lanzado desde un silo siberiano. Es más factible que lo hayan armado pocas personas que tal vez se hagan pasar por inmigrantes en aquella casa segura con vista al bajo Manhattan. Hoy, la gente vuelve a morir por su identidad nacional o religiosa. Los nuevos terroristas pueden ser aquellos cuya causa ofendimos quizá simplemente por ser lo que somos.





