La música y los nietos, su mayor riqueza
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Vive en Caballito, en una cuadra muy verde de casas bajas; su casa es grande, impecable, repleta de recuerdos y, por supuesto, de música. “Si no estoy tocando, escucho música clásica, que es la que más me gusta. Tengo tres pianos, pero uno está en mal estado, pobrecito. Lo conservo por lo que representa, por su historia; con él compuse la Misa criolla.”
Casado hace 20 años con Inés Cuello, padre de tres hijos, abuelo, Ariel Ramírez no para de contar anécdotas, de mencionar amigos. “Es que he vivido mucho, tengo 81 años. Cuando vine de Santa Fe, ni la avenida 9 de Julio existía. Era una calle común, yo paraba en un hotel por ahí. Hoy miro Buenos Aires y no lo puedo creer, está devastada. Pero prefiero no hablar de eso, no hacerme mala sangre. Soy una persona optimista por naturaleza y estoy seguro de que saldremos de esta terrible crisis.”
Presidente histórico de Sadaic, el pianista confiesa que está algo cansado. “Cátulo Castillo me puso en esta tarea hace 30 años y fui muy feliz. Pero tengo ganas de dejarles el lugar a los más jóvenes. Me lleva mucho tiempo. Todos los días vengo a las 14 y no me muevo de este escritorio hasta la noche. ¿Cómo seguirá mi vida? Igual que siempre, girando en torno de la música. Es lo único que sé hacer.”
El maestro, como le dice todo el mundo, es una máquina de crear. Altísimo (mide 1,90), sonrisa muy blanca, manos perfectas, se sienta al piano y comenta: “Todos los días de mi vida me quedo tocando y componiendo hasta las 4. Siempre fui noctámbulo, por eso no sé lo que es madrugar. Duermo de un tirón hasta las 11, me ducho, leo los diarios, escucho las noticias, me tomo un café chico y salgo para la oficina. Al mediodía no almuerzo casi nada. Por la noche, sí como lo que quiero. Muchas veces en casa y muchas afuera. Me encantan las pastas bien hechas. Es una manía que me quedó luego de vivir cuatro años en Roma”.
Acaba de llegar de Ecuador, luego se irá a España; podría pasar el año viajando si fuera por las propuestas que constantemente le llegan desde cada rincón del mundo. “Si voy al interior o a algún país vecino me llevo mi piano. En Europa, en cambio, hay pianos que te hacen caer de espaldas, maravillosos. Siempre me gustó viajar, tengo amigos en todas partes. De todas formas, mi lugar en el mundo, mi pequeño oasis, lo construí en Ezeiza. Allá tengo una casa, muchos árboles, flores, espacio y, por supuesto, un piano. Voy los fines de semana, me hace muy feliz. Algunos me preguntan si no tengo miedo de ir por la inseguridad, pero ¡qué me pueden sacar a mí! Música, ésa es mi mayor riqueza y los nietos, por supuesto. No paso un día sin verlos. A Gregorio, el más chiquito, ya le regalé un piano. Vamos a ver si me sale concertista...”
Maestro y amigo
Su gran compañero de ruta fue Atahualpa Yupanqui, a quien jamás olvidará y dejará de admirar. Cuenta que los unió el destino: “Yo era muy joven y daba vueltas por el país buscando mi camino. Un día, en la casa de una familia amiga, en Córdoba, me presentaron un guitarrista, sin decirme de quién se trataba. Cuando lo escuché tocar, me quedé mudo. Después, los anfitriones me pidieron que tocara el piano. Este hombre me miró y me dijo: Tóqueme una zamba, pero yo no sabía ninguna; le dije que era de Santa Fe, que hacía música del Litoral. Al día siguiente, recibí un sobre con un pasaje a Jujuy, una carta para que llamase a un fulano y a un mengano y más 10 pesos. Por supuesto acepté y me quedé un año viviendo en Humahuaca. Y nos hicimos muy amigos”.
Ramírez exprés
Anécdota : “En 1968, plena dictadura, iba por la avenida Santa Fe, y Cátulo Castillo estaba esperando un ómnibus en la esquina. Me vino a hablar y me propuso estar en Sadaic. Como era peronista, yo no quería saber nada con él. Pero insistió tanto que acepté, me invitó a un café. Al otro día hubo un encuentro y estaba Falú, gente bárbara...Finalmente, me eligieron presidente”.
Anécdota II : “Hace muchos años, tantos que ya no recuerdo, yo estaba trabajando en Alemania. Me pidieron que llevase un equipo de gente, pero faltaba una cantante. Yo había escuchado hablar de una tal Mercedes Sosa, una chica que cantaba en un boliche a la vuelta de Sadaic. Pero nunca pensé que tuviera ese talento. La verdad, cuando la escuché cantar casi me desmayo. Terminamos trabajando juntos durante ocho años”.
Descubrimiento : “He dado con el mejor charanguista de toda la historia. Se llama Angel Luis Velásquez, es muy joven y dará qué hablar. Acuérdense de ese nombre...”
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