
La última danza
Mientras avanzan las gestiones para que vuelva a bailar en la Argentina, en noviembre, Mikhail Baryshnikov confiesa: "Estoy llegando al final de mi vida"
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NUEVAYORK (The New York Times Syndicate).- Desde un balcón de un segundo piso, Mikhail Baryshnikov fija sus célebres ojos negros rusos en una escena callejera próxima al centro de la ciudad. Es una de esas tardes grises y ventosas de invierno; la amenaza de nieve se palpa en el aire. "El día se presta para un vodka", dice el bailarín, esbozando una sonrisa.
Adentro, su amigo de toda la vida Roman Kaplan está de pie sosteniendo una bandeja con copas heladas repletas de vodka, elaborado en la planta baja, en la bodega del Russian Samovar, un restaurante de su propiedad.
Los tragos vienen muy bien.
Baryshnikov, que aborrece las entrevistas, se muestra amable, aunque reticente. Preferiría estar en otro sitio, jugando golf, fumando un cigarro o bailando.
Sin embargo, hoy desea hablar sobre la coreografía contemporánea, la evolución de su técnica y su grupo de baile White Oak.
Pero si las preguntas se vuelven demasiado personales, contesta con monosílabos y echa esas miradas fuertes.
Afortunadamente, la tercera vuelta del brebaje casero del Samovar lo está aflojando bastante. Pero ahora que el bailarín más famoso del mundo pisó los 50, no parece estar muy risueño. "Estoy llegando al final de mi vida -dice-. ¿Recuerda "El séptimo sello", cuando el protagonista juega al ajedrez con la muerte? Bueno, así me siento. Pero creo que mi posición en el tablero es bastante sólida, aunque la muerte es muy buena jugadora." Se pasa los dedos por su espesa cabellera rubia.
"Supongo que estoy viviendo mi última década", continúa. "Creo en la genética, y mi madre murió a los 40. Asusta, pero no creo llegar a los 60." Por cierto, los cumpleaños han sido siempre traumáticos para Baryshnikov desde que era niño y vivía en Letonia. Tiene presente cuando su madre, Alexandra, le recordó que se acercaba su séptimo cumpleaños y se disculpó por no poder afrontar los gastos de la fiesta. "Me dijo que no sería una torta grande y que no habría demasiada gente presente: sólo una persona más. Eramos mi padre, mi madre y yo, y no todos los compañeros de la escuela, como había deseado." El pequeño Mikhail no se inquietó por lo que podía suceder, aun cuando le había dicho a toda la clase que vinieran a festejar. "Me olvidé por completo de que los había invitado", dice. Pero cuando aparecieron 20 chicos en el departamento de la familia, en Riga, la madre de Baryshnikov, de pie en el medio de la sala, rompió en llanto. Pensó que su hijo se sentiría avergonzado por la pobreza de su familia y obvió su pedido. "No entendía qué había hecho de malo", agrega.
De ahí en adelante, Baryshnikov pensó más en que los cumpleaños no merecían ni siquiera mencionarse, y ni qué hablar de festejarlos. "Para mí son sólo una fecha", aclara. También es un recuerdo triste de uno de sus mejores amigos, el fallecido poeta ruso laureado con el Premio Nobel Joseph Brodsky, que nunca le llevaba el apunte y festejaba su cumpleaños.
"Siempre insistía con venir a verme", recuerda. "Pensaba que yo hacía algo terrible al no festejar mi cumpleaños. Y ahí se aparecía con algún presente como su último libro o algo similar. Dos años después de su muerte -y por esas ironías de la vida, el mismo día del cumpleaños de Baryshnikov-, Brodsky sigue siendo la influencia más fuerte en la vida del bailarín: más que su profesor de ballet, el legendario Alexander Pushkin, o sus padres.
"El era la persona más moral, honesta y respetable que haya conocido", dice Baryshnikov. Los dos se hablaban prácticamente todos los días hasta la muerte de Brodsky.
Se habían conocido en Nueva York, en 1974, en una fiesta en honor al chelista y director ruso Mstislav Rastropovich, en la que asistió Salvador Dalí y otras celebridades de la cultura de esa época. Baryshnikov hacía su debut social en Occidente. Tan sólo dos meses antes había ocupado los titulares de los periódicos, cuando se escapó de un teatro en Toronto y huyó en un vehículo, dejando atrás el Kirov, la Unión Soviética y la vida tal como él la conocía. Su deserción es uno de los temas sobre los que detesta hablar, con o sin vodka mediante.
"Pasó a ser como una mala película. Conté la historia tantas veces que se convirtió en un horrible cliché. No soy una persona muy reflexiva, no me agrada hablar del pasado. Por supuesto, fue un momento muy doloroso e importante en mi vida."
En sociedad
Aunque Baryshnikov pueda ser un hombre de su casa ahora -vive en la localidad de Sneeden´s Landing, sobre el río Hudson, con la ex bailarina del American Ballet Theater Lisa Rinehart y sus tres hijos-, él tampoco descuidó la escena social.
A fines de las décadas de 1970 y 1980, era habitué en el mundo de la farándula, su legendario sex appeal atraía a todas las mujeres. Una de ellas fue Jessica Lange, con quien tiene una hija de 16 años.
También lanzó una línea de prendas de ballet e incluso una fragancia -Misha- y con ambas hizo mucho dinero. "Ya no tengo que pagar las cuentas con mi danza", dice.
Pero para Baryshnikov la década del ochenta giraba principalmente en torno del American Ballet Theater. A lo largo de esa década se desempeñó como director artístico del teatro y se le reconocieron sus brillantes puestas y aventurado trabajo al apoyar a coreógrafos como Mark Morris y Karole Armitage.
Aunque, con el correr del tiempo, Baryshnikov comenzó a tener diferencias con el directorio del teatro en cuanto a sus obligaciones como director artístico. Se decía que el bailarín -que tenía su carácter- se negaba a dedicarse demasiado a la recaudación de fondos como hubiese deseado el directorio. Finalmente, en 1990, renunció y desde ese entonces no se lo vio en ninguna actuación del American Ballet.
"Desde el punto de vista emocional, no era la persona indicada para manejar una compañía como esa", dice. "Tenés que ser sumamente pragmático y no una persona demasiado emotiva, y prestarse a muchos juegos que no quiero jugar en mi vida. Mi retiro fue bueno para todos."
En realidad, no fue así. Después de su renuncia, Baryshnikov no sabía qué hacer. "Pensé seriamente en abandonar el ballet", dice. Pero después de un par de meses viajó a Bélgica para trabajar con Morris. Al poco tiempo, Baryshnikov y Morris fundaron la compañía de ballet White Oak, de ocho integrantes, como una vitrina para los coreógrafos modernos, entre los que se encuentran Twyla Tharp, Merce Cunningham y el propio Morris, entre otros.
La compañía White Oak es ahora el cuerpo de baile más rentable que existe, ofrece actuaciones en todo el mundo. Sin embargo, la crítica no ha sido muy complaciente con Baryshnikov ni con la compañía. Algunos sostuvieron que la razón por la cual él se pasó a la danza moderna es que su cuerpo ya no resiste más el ballet. Pero si no baila Giselle desde hace 12 años es por decisión propia. "No lo puedo hacer -insiste-. Simplemente, no quiero".
No son demasiados los coreógrafos modernos interesantes que trabajan en el ballet. "Y, francamente -agrega- siempre me interesó mucho más la danza moderna que el ballet." Para Baryshnikov, el hecho de tener su compañía propia se resume así: nada de directorios.
"Al menos, no tengo que rendirle cuentas a nadie ni reunirme con la gente del gobierno federal que desea saber a dónde se dirige su subsidio de 20.000 dólares", dice. Baryshnikov apartó el plato en un gesto de desagrado cuando le pregunté sobre el Fondo Nacional de las Artes y otros programas culturales del gobierno. "Es una vergüenza para la Nación, un desastre", dice. Como ciudadano norteamericano, Baryshnikov votó a Clinton, pese a que se inclina hacia el lado conservador en muchos aspectos. Fue la lealtad de los demócratas a los programas sociales lo que lo convenció. Como ávido televidente, se sorprende por lo que ve.
"Tendría que ver cómo se comporta esa gente en el Congreso -dice-. El lenguaje que utilizan, la manera de expresarse. Son tan aborígenes en su mentalidad, en su comportamiento y ética. Se sientan en sus bancas como si estuvieran en el Olimpo. No quieren pelear por fondos culturales porque no quieren hacer el ridículo: saben que su vida política será breve." Mientras el mozo retira los platos, Baryshnikov saca una cigarrera de cuero.
El fumar un cigarrillo, dice, es una de las maneras más sencillas para relajarse. Y después de la primera pitada sacó a relucir un tema prohibido: sus hijos.
Le preocupa la influencia de los Estados Unidos en el bienestar cultural. "Temo que mis hijos tengan una cultura deficiente", confiesa. "Tengo que hacer todo lo posible para darles lo mejor." Desde luego, Baryshnikov es un perfeccionista notorio. Pero a medida que le pasan los años, parece descubrir que la perfección es relativa: "No intento competir conmigo mismo hace 15 años. No interpreto las mismas arias. Es una canción totalmente nueva, son palabras distintas. Envejezco junto con mis obras".
"Nunca lo admiré a Nureyev"
NUEVA YORK.- Baryshnikov nació en Riga, en 1948, y ya de adolescente era un tesoro nacional. A los 15 años, ingresó en la Escuela Vaganova, de Leningrado, donde estudió con Pushkin, tal como Rudolf Nureyev.
Después de que ambos desertaron, Baryshnikov y Nureyev se hicieron buenos amigos. Ahora, Baryshnikov confiesa que estaba más deslumbrado por la vida del bailarín mayor que él más que por su técnica.
Algunos defectos
"Nunca admiré totalmente su baile, porque tenía algunos defectos -dice-. Su cuerpo estaba disociado. No había una fluidez o suavidad natural en él. Era como un film entrecortado, como clips. Pero era un hombre divertido y encantador. No pasaba ni una sola tarde en su casa, no descansaba. Corría siempre de un lado a otro, siempre tenía algo para ver."




