Los cien barrios porteños, de festejo
Alberto Castillo: hoy, en su cumpleaños, se evoca la figura de este cantante que impuso un estilo en la música y en el cine.
1 minuto de lectura'
Muchas de las musas inspiradoras de los poetas del 2 x 4 surgieron del bailongo compuesto en sus inicios por chicas extranjeras e hijas del país.
Así lo destacó Enrique Cadícamo en su libro "Bajo el signo del tango", en el que puso de relieve la llegada a Buenos Aires, finalizada la Primera Guerra Mundial, de alegres legiones de jóvenes, en particular "hermosas franchutas consteladas de alhajas que, con sus presencias de reinas del cabaret, acomplejaban un tanto a nuestras modestas milongueras".
Así debieron ser las beldades de aquellas salas de esparcimiento que lucían clientes igual que nuestras criollitas, las que, para equipararse, adoptaron nombres de guerra extranjeros; por caso, Margarita (no Gauthier), luego llamada "Margot" por Celedonio Flores.
De ahí que en la nomenclatura tanguera convivan pacíficamente foráneas como "Mimí Pinzón", "Griseta" y "Claudinette", con nuestras "Esthercita", "Mireya", "Margot", "Rosicler" y "Carmín".
Valga este introito para entender tres grabaciones efectuadas en 1942 por la orquesta típica Los Indios, dirigida por Ricardo Tanturi, con la voz de Alberto Castillo.
Aquel año, el binomio llevó al surco "Madame Ivonne" y "Muñeca brava", de Cadícamo, ambas "mistongas florcitas de lis", junto con otra obra consagrada a una "mulata con ojos de cielo", bautizada "Moneda de Cobre" por su autor, Horacio Sanguinetti, que fue en éxito para el cantor que aún la alterna en su repertorio.
En 1944, independizado Castillo de Tanturi, impuso un candombe, "Charol", de Osvaldo Sosa Cordero, y en 1947 incorporó a sus espectáculos bailarines de color y tamborileros, que lo acompañaron en la versión de "Baile de los morenos", del uruguayo Romeo Gavioli.
Es posible entonces que la "reina de bronce que bailaba en el Follies Berger" ("Moneda de Cobre"), cuya "madre era negra con labios malvón", haya gravitado en la temática de este intérprete de personalidad avasallante y transgresora que subido al escenario se apoya en el micrófono arqueándolo y enfatiza los versos con un gesto de su brazo derecho. También se balancea de atrás hacia delante luciendo el nudo ancho de su corbata y el pañuelo de tres puntas.
Alberto, nacido en el barrio de Mataderos el 7 de diciembre de 1914, hijo menor de un sombrerero italiano de apellido De Lucca, logró graduarse de médico ginecólogo en 1942 y ejerció su profesión en el Hospital Alvear, en la sala IV, con el doctor Hamilton Cassinelli.
Comenzó amenizando los bailes estudiantiles para luego incorporarse a la orquesta de Tanturi, hasta que en 1944 se lanzó como solista, confiando su agrupación sucesivamente a los directores Emilio Balcarce, Enrique Alessio, Angel Condercuri, y hoy, a Jorge Dragone.
Sus agrupaciones acompañantes le dieron prioridad al ritmo bien marcado en las introducciones, de modo que los bailarines pudiesen garabatear en la pista antes de rodear el palco para admirarlo.
Esa imagen de Castillo es la que aún conserva nuestro público y el de América, en especial el chileno, ante el que se presenta reiteradamente. Este año concurrió en tres oportunidades al país trasandino. El 12 del mes último se presentó ante una concurrencia de cinco mil personas en el estadio Caupolicán, hoy Monumental de Santiago.
Alberto, por su estilo, se constituyó en auténtico referente de los "cantores estrella" en 1940, década de grandes recursos y fuentes de trabajo. Recuérdese que por entonces se libró una sorda puja entre los directores de conjuntos típicos, por repertorios y vocalistas.
Tras los ídolos
Numerosos contingentes se trasladaban los fines de semana por clubes y milongas siguiendo a sus ídolos. Sus fotos y crónicas poblaban las revistas de la época y finalmente se incorporaron al cine. A partir de 1947, Alberto filmó "Adiós pampa mía", "El tango vuelve a París", "Alma de bohemio", "La barra de la esquina", "Por cuatro días locos" y "Nubes de humo", entre otras.
Vuelve a mí una escena de "Buenos Aires, mi tierra querida", recreadora de París, con modestos decorados de la época donde el libreto marcaba que Alberto, "anclao" en la Ciudad Luz, añoraba nuestra tierra, en especial por tratarse de la Nochebuena.
Volvía a su humilde pensión "envuelto en su poncho, temblando de frío, mirando la nieve caer sin cesar", hasta que olió el inconfudible aroma de las empanadas de la vieja a cargo de María Esther Buschiazzo, que apareció sollozando tras de un biombo para estrecharse con él en un abrazo.
Así, a grandes rasgos, el perfil de Castillo, que hoy cumple sus primeros 83 años. Mítico personaje equiparable tan sólo a Gardel por su popularidad continúa actuando y recrea sus éxitos "Así se baila el tango" y "Ninguna", entre otras.
Porque él es por antonomasia el "cantor de los cien barrios porteños, cien barrios de amor", que él lleva metidos en su corazón





