
Los médicos de la lírica
En los lejanos tiempos de Moliére, Gozzi, Chiari y Goldoni, médicos, abogados y notarios fueron más de una vez fustigados, a través de un teatro que buscaba reflejar, por la vía del ridículo, las debilidades de los hombres. Los más castigados por la causticidad de los comediógrafos del siglo XVII y XVIII fueron tal vez los médicos, y la ópera -de ahí en más- no ha quedado atrás. Famosa fue la comedia de Moliére sobre un falso médico, "Le médecin malgré lui" (en traducción libérrima de Fernández de Moratín "El médico a palos"), con la que Charles Gounod creó dos siglos después (1858) una ópera hoy olvidada , a la que Stravinsky calificó de pequeña obra maestra. Todo esto viene a cuento porque mañana se celebra el Día del Médico, y bueno es que los recordemos desde la música, dejando sentado que en la ópera los hay de toda laya. Está el que llega sólo para confortar a la moribunda, como en "La Traviata", a la que promete que "la convalecencia está cercana"; pero asimismo un médico de la tradición teatral puede meditar sobre el misterio de la muerte, como lo sugiere el simbolismo de Maeterlinck y Debussy en "Pelléas et Mélisande". También el médico puede tener la intrepidez de un patriota, como el personaje de Procida en "Las Vísperas sicilianas" de Verdi; o la de un paranoico, como en "Wozzeck" de Alban Berg.
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Y qué decir de las artimañas que les atribuyen las óperas bufas italianas. En "Cosí fan tutte" la pizpireta Despina, travestida de doctor, simula practicar la terapéutica con imanes ideada por el médico alemán Franz Mesmer, de la que Mozart se mofó con picardía. En "El barbero de Sevilla", Don Bartolo es doctor en medicina aunque sólo le preocupa lograr con malas artes el amor de su pupila. El "maestro Spinelloccio", en cambio, se muestra en "Gianni Schicchi" de Puccini convencido de su ciencia, tanto como para asegurar que "a me non é mai morto un ammalato!". Pero el médico por excelencia de la ópera bufa es el Dulcamara de "L«Elisir d«amore" de Donizetti, "dottore enciclopedico", capaz de curar con su panacea a paralíticos, apopléjicos, asmáticos, histéricos o diabéticos. Un astuto charlatán, en suma, que vende al enamorado Nemorino una ampolla de elixir, que no es sino un buen trago de vino de Burdeos. Y luego están, entre tantos otros títulos de la lírica universal, los médicos de un reino imaginario, los de "El amor por tres naranjas" de Prokofiev, convocados -según la sátira de Gozzi- para salvar al príncipe de una pertinaz hipocondría.
Pero este trato, en el fondo inofensivo, es historia antigua. A fines del XX, si existieran, con sus respectivos músicos, los Moliére y compañía, otras profesiones (periodistas, políticos, economistas...) estarían en el blanco. Por eso, señores médicos y médicas, con el mayor afecto, ternura y respeto: ¡Feliz día!





