Máquina demoledora
Madonna sorprendió en el primero de sus shows
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Recital de Madonna, presentación de su disco Hard Candy , en el Sticky and Sweet Tour. En el estadio de River. Nuevas funciones: mañana y pasado mañana.
Nuestra opinión: muy bueno
Las crónicas extranjeras escritas sobre la gira Sticky & Sweet nos han mentido descaradamente. El show que trajo Madonna a Buenos Aires en 2008 no está dividido en cuatro partes. Este espectáculo se fragmenta en 24 episodios originales, cada uno con sus títulos iniciales, su principio, desarrollo y final; todos ellos, con alguna dosis de acción, seducción o ciencia ficción; erotismo y política ahora dispersados con cuentagotas, mucho de comedia musical, desfile de moda y pista de baile. Cada una de las 24 canciones de este espectáculo es un show en sí misma y eso es realmente abrumador para cualquier espectador nacido y criado en el siglo XX.
Que las cosas tienen movimiento ya lo habíamos escuchado alguna vez, pero que pantallas, plataformas, pisos y paredes aparezcan y desaparezcan con natural elegancia de un escenario futurista sólo puede ocurrir en el espectáculo megalómano quintaesencia de la industria del entretenimiento: un concierto de Madonna. Un circo
fantástico para ojos bien abiertos y mandíbulas caídas que devuelve la imagen limpia del instante vertiginoso en el que vivimos, entre estéticas plásticas, vida remixada y a todo volumen sin pestañear.
¿Cuántas ideas se pueden poner en funcionamiento en un cuadro musical? ¿Cuántas en un par de párrafos? La lucha parece desleal. Madonna juega con armas visuales, emocionales. Si hasta se puede oler su hedor o tocar su entrepierna, siempre tan lejos, tan cerca, en uno de los clichés que repite ahora, a los 50 años, tan lejos del ícono gay de los años 80, tan cerca del ícono familiar multirracial con problemas maritales como cualquier mortal.
La idea, el show, puede comenzar con un túnel caleidoscópico a la altura de la fábrica de chocolates del Charly de Tim Burton, sumamente hipnotizante; luego, las pantallas que vuelan, sin más, y en lo alto una pared gira y el chiste de la reina sentada en su trono da comienzo a la función. Madonna canta hits nuevos ("Candy Shop", "Beat Goes On") o viejos, en actualizadas versiones ("Vogue", "Into the Groove") mientras sus bailarines (ahora bien vestidos, cambiando la variable provocación sexual por la constante metáfora pacifista, reemplazando tetas al aire por fina lencería de color piel) van y vienen en torno a la cabellera más rubia del pop y la banda, detrás, sube, baja, se mueve hacia un costado o hacia el otro en una demostración tecnológica fascinante (¿quién no pagaría por ser testigo, al menos un instante, de lo que ocurre debajo del escenario, en esa especie de sótano que traga personas y escupe pianos por donde se le antoje durante las dos horas de show?). Aquí y allá se suceden apariciones virtuales de raperos (Kanye West), productores (Pharrell Williams) y cantantes (los bendecidos por Madonna una y otra vez, Britney Spears y Justin Timberlake). Madonna cambia de vestuarios pero no de actitud; rasga la guitarra en pose rockera; se sube a un Rolls Royce y a una cabina de DJ con caño incluido. Madonna hace todo lo que vos quieras. Y si bien esa frase dicha veinte años atrás podría sonar obscena, ahora mansamente conduce a dos escenas fuera de programa (toda una rareza en esta gira, habrá que admitirlo, aunque seguramente será un bonus track delicioso para fanáticos en el DVD que está filmando en Buenos Aires): canta "Don´t Cry For Me Argentina" con lumínica bandera nacional de fondo (quince años atrás, en su primera visita al país, el gesto para la hinchada había sido con camiseta de la selección de fútbol incluido) y poco más tarde le pedirá a Tomás, primero-primero detrás de la valla que separa a la cantante del público, que elija una canción, cualquiera de su discografía, para que ella cante a cappella junto a un coro de 60 mil fanáticos y le cumpla su deseo. Madonna se esfuerza por no ser ella misma y hasta se satiriza en escena cantándole a cuatro falsas Madonnas eso de "ella no soy yo". Se esfuerza tanto que de tanto en tanto lo consigue, como en el segmento étnico del show donde une "La isla bonita" en plan balcánico marchoso con la música folklórica rumana y el flamenco. Sin dudas, Madonna es mejor cuando hace de Madonna.
La idea de un show en 2008 para esta diva de las tablas está musicalizada con pop, hip hop, r&b, electrónica y rock y son parte del espectáculo visual tanto Keith Haring como Barack Obama, Dios o John Lennon; el boxeo se convierte en danza, el escenario en pasarela y un estadio sudamericano en disco retro bailable. Mientras, allá a lo lejos, un metalero que acompañó a su novia al concierto tras perder una apuesta, mueve la piernita con la boca abierta. Ooops! , Madonna lo hizo de nuevo. A los 50 años y con un espectáculo desmedido, todo el mundo habla de ella, otra vez, y la Argentina no será la excepción.





