Mollo, nuevo padrino rockero
Experiencia: el guitarrista de Divididos trabajó en el último disco de Cienfuegos y se perfila como uno de los productores más buscados de la escena local.
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Cuenta la leyenda que el casco de la quinta La Calandria fue uno de los objetivos bombardeados en el ahora llamado Parque Leloir, durante el golpe de Estado que en 1955 derrocó a Juan Domingo Perón. Por aquella época, La Calandria pertenecía a un asesor de Perón y por eso una de las bombas arrojadas desde los aviones militares cayó en el centro mismo de la casona. La anécdota, transportada de boca en boca hasta estos tiempos, asegura que la bomba rompió el techo del salón principal, pero no detonó. Y que estuvo cuatro años en el mismo lugar donde cayó, hasta que algún jefe de algún departamento gubernamental decidió finalmente quitarla y adueñarse de la propiedad.
El mismo espacio que ocupó varios años esa bomba ahora está dominado por una imponente batería que, cuando Jorge Araujo la hace sonar, no hay bombardeo que la iguale. Es que La Calandria es ahora refugio y sala de ensayo de Divididos, la aplanadora banda de rock local. Mientras el anfitrión, Ricardo Mollo, espera a los invitados -Sergio Rotman y Martín Aloé, de Cienfuegos-, cuenta la historia con lujosos detalles.
El encuentro de amigos y compañeros de ruta tiene como excusa dialogar sobre el trabajo de Mollo como productor de la última placa de Cienfuegos, "Hacia el cosmos".
El ex guitarrista de Sumo y actual voz de Divididos, se ha convertido en uno de los productores locales más solicitados. Entre sus recientes trabajos figuran nada más y nada menos que las producciones de los últimos discos de La Renga y Almafuerte -dos de las bandas más populares del país-, los dos álbumes de Erica García y lo que será el debut discográfico de MAM, la banda que Mollo y su hermano Omar fundaron en los años 70.
"No sé cómo es mi trabajo -explica Mollo-, porque voy y hago lo que me parece que hay que hacer. Ayudo en lo que puedo. No es que cambio los arreglos, ni nada. Sólo alguna que otra sugerencia. Creo que mi labor tiene más que ver con lo sonoro y lo anímico."
Rotman coincide: "Para el grupo fue algo totalmente distinto, había alguien que hacía el trabajo sucio. Fue como tener un integrante más. Si bien es cierto que todo el material estaba terminado, creo que de ahí al disco hay un gran paso. Hay grandes discos, de buenísimas canciones, que suenan como el c... En ese paso, si tenés a una persona como Ricardo trabajando en la producción, todo sale mejor".
Para Mollo, el secreto de su éxito se esconde en la condición de músico: "A mí me salva que, ante todo, soy músico. Hago lo que me gustaría que me hicieran cuando grabo. No trato de imponer lo que uno quiere a la música del otro. Hay productores que sí tienen una tendencia a modificar todo, aunque sea para después volver a lo que ya había originalmente".
En uno de los intervalos de la charla, Rotman cuida que su pequeño hijo siga durmiendo en el auto y Mollo habla de cómo afecta al rock local el furor que existe en los Estados Unidos por artistas como Ricky Martin.
"Un directivo de MTV Latina me dijo hace ya varios años: "Como esto siga así, vamos a tener que pasar a Ricky Martin debido a la presión que ejercen las discográficas". No podían parar eso. Como un caudal de agua a punto de romper un dique. Y, finalmente, lo rompieron."
El efecto Ricky
Rotman vuelve y se suma: "De todas formas, me parece que para el rock puede ser bueno. Porque va a tener un lugar mucho más claro".
"Creo que el problema está en otro lado -asegura Mollo- y es que las bandas no tienen lugares para tocar. ¿Qué está pasando con este país? Acá existe una movida increíble de grupos, surge una banda cada dos cuadras y hace tres o cuatro años fue el país que más importó baterías en el mundo. ¿Cómo puede ser que no haya espacios para tocar?"
Rotman- Lo peor de todo es que la gente va a ver a los grupos. Si uno revisa las entradas que venden los teatros, se puede decir que el rock anda fenómeno.
Mollo- Por un lado, veo toda esa parte culturosa del Gobierno de la Ciudad, "Buenos Aires no duerme", "Buenos Aires Vivo"... Y por el otro, te cierran los boliches para monopolizar todo y que uno vaya a pedirle por favor al señor De la Rúa que lo deje tocar. No puede ser que no haya un estadio como el de Obras, pero en un espacio donde no molestes a los vecinos. Porque, en definitiva, ¿dónde estamos tocando? En un lugar que está plagado de milicos que levantan el teléfono y piden: "Hagan callar a estos ruidosos drogadictos que no puedo ver la tele". Así esto no puede seguir.
Dos viejos amigos
En cuanto volvieron a cruzarse, Rotman y Mollo recordaron viejas anécdotas de cuando uno tocaba en Los Fabulosos Cadillacs y el otro en Sumo, y la historia recién comenzaba.
Rotman- A Sumo lo vi un montón de veces, inclusive antes de que él se sumase al grupo. Con los Cadillacs tuvimos la suerte de tocar con ellos en el mismo escenario, apenas dos meses antes de la muerte de Luca. En verdad, Sumo era mejor cuando Ricardo no estaba (risas).
Mollo- Eso dicen ahora.
Rotman- Para los punks era como una crisis, ¿quién es ése que hace solos de guitarra?
Mollo- Y a Luca le encantaba. Yo estaba ahí por él.
Rotman- En realidad, sonaba mucho más poderoso todo, pero como Sumo era una banda que pertenecía a un grupo muy pequeño, te mirábamos con desconfianza. Eras como nuestro enemigo número uno, aunque después terminamos queriéndote.
Mollo- Yo también me sentía así, una especie de patito feo del rock.
Rotman- La banda tomó más sonido cuando entraste y abrieron el quinteto. Antes eran más cerrados.
Mollo- Sí, le pusieron un tweeter. Yo siempre decía que la banda era como un bafle que no tiene tweeter. Yo era el tweeter de Sumo.





