Murió Marco Ferreri, irónico tutor moral
Desesperación: el fallecimiento del creador italiano pone en evidencia la humorística amargura que pervive en su sátira social.
1 minuto de lectura'
PARIS, 9 (EFE).- El cineasta italiano Marco Ferreri falleció hoy en un hospital de París a causa de un infarto, confirmó el delegado general del Festival Internacional de Cine de Cannes, Gilles Jacob. Ferreri había ingresado el pasado 3 de mayo en el sevicio de cardiología del hospital "Pitie Salpetriere" de París, informaron a EFE fuentes médicas.
* * *
Provocador y cretino son dos adjetivos que el notable Marco Ferreri, que falleció ayer, recibía con afecto.Apreciaba el escándalo, al que respondía con el silencio; gozaba con el escarnio a que lo sometían sus detractores y sonreía feliz cuando, en los festivales, era reconocido por una cualidad poco común para satirizar impiadosamente a la sociedad.
Sin renegar de su condición de burgués bien alimentado, la burguesía italiana y la francesa fueron sus blancos predilectos.
Había nacido en Milán, el 11 de mayo de 1928. Fue editor, comerciante en licores, publicista, autor de guiones, ayudante de director -Alberto Lattuada, en la primera dirivación del neorrealismo italiano, fue uno de sus maestros- y, finalmente, realizador de películas.
Ya en las primeras, producias en España - "El pisito", "El cochecito"- y en colaboración con Rafael Azcona, el guionista del sarcasmo, se advierte en Ferreri la tutela moral (!) de Luis Buñuel, otro corrector de costumbres sin pelos en la lengua. Cuando debió asumir una aprendida inclinación por el cinéma verité en boga, se dejó llevar por el lente corrosivo del humor negro. Italia y Francia fueron espacios para sus ceremonias contra la alienación y la desesperación de las clases medias.
Tirar al blanco
El sexo, la religión y las buenas costumbres fueron sus blancos preferidos. "El cochecito" marca el capricho de un vejestorio por conseguirse un sillón motorizado de paralítico, sin tener impedimentos físicos. "La abeja y su zángano" (1963), una de sus celebradas realizaciones, con Marina Vlady, es la crónica del deseo desesperado de una esposa que se casó virgen y no cabe en sí con el descubrimiento. "Dillinger ha muerto" (1969), probablemente su obra maestra, se destaca por la ironía y la ambigüedad deliberada en un cruel y a la vez irónico retrato de la sociedad: es la historia del industrial poderoso y brillante que un día cambia la pluma por una pistola.
No sin quererlo, consiguió que "La gran comilona" (1973) se convirtiera en su obra más escandalosa y un llamado obsesivo a la repugnancia del espectador, en el retrato de cuatro hombres y una mujer que, invitados a un ágape, concluyen en un infierno, por así decir, escatológico.
Ferreri trabajó con los más grandes actores de la cinematografía europea de los años sesenta hasta apenas entrados los noventa: Mastroianni, Piccoli, Depardieu, Catherine Deneuve, Tognazzi, Noiret. Les exigió reírse de lo que hacían y de sí mismos. La respuesta fue clara: el cine es juego, aunque diga verdades.
Siempre dentro de la temática provocativa, alegó por la libertad amorosa de la mujer ("El harén"); no mostró indignación ante formas de castración ("La última mujer"), ni se indignó con el suicido del buen ciudadano ("Melampo"). En "La carne" celebra el erotismo antropofágico; en "En nombre de la infancia" (o "Pido asilo") pega un grito de autor desde la regresión; en "Historia de Piera" confronta la imagen de la mujer desde dos voces femeninas, y en "Historia de la locura común", sobre texto de Bukowski, desata una mueca ya casi moralista. La muerte de Ferreri deja un hueco entre los artistas de la deseperación.






