Ada Moreno, fotógrafa pionera del rock nacional: sus romances con Nito Mestre y Charly García, sus años en Nueva York y el músico que fue el amor de su vida
Es la autora de la histórica foto del Adiós Sui Generis; fue novia de Billy Bond y en la Gran Manzana conoció a Mick Jagger, Dalí, Andy Warhol, Susan Sontag y Robert De Niro
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Es un ave raris del rock nacional. Ada Moreno fue la primera fotógrafa del género, cuando ese rol no existía profesionalmente. Es autora de la histórica foto del poster de Adiós Sui Generis y de las polaroid incluidas en el sobre interno del álbum Clics Modernos, por ejemplo.
Nació en un barrio humilde cordobés, vivió en San Pablo, Río de Janeiro, Nueva York, Los Ángeles y Miami y recorrió de punta a punta la India. Fue pareja de Billy Bond, novia de Nito Mestre, amiga “con derecho a roces” de Charly García y esposa de Gustavo Montesano (el cantante y guitarrista de Crucis) y conoció todo tipo de personalidades: desde Dalí y su esposa Gala hasta Mick Jagger y Paloma Picasso, pasando por Susan Sontag, Andy Walhol y Robert De Niro.
Hoy, a los 76 años, lleva escritos tres libros en los que cuenta su vasta historia (y la del rock local, por cierto): No soy una extraña, Pequeñas anécdotas sobre Clics Modernos y Vampiros en Manhattan; y se encuentra finalizando su cuarto opus, dedicado al empresario y productor discográfico Jorge Álvarez y al sello independiente Mandioca. ¿Un apretado compendio de su vida y obra, repleto de declaraciones honestas, descarnadas y desmitificadoras? En la siguiente entrevista con LA NACION.
-¿Cómo explicás tu derrotero, de la extrema pobreza al mundo del rock y al de las grandes capitales del mundo?
-Yo pienso que todo fue producto del azar y del destino. La gente me dice que tengo carisma y que por eso atraigo la buena fortuna. No sé, yo me siento muy agradecida. De todos modos, siempre puse lo mío e hice todo para salir de ahí, para superar mi origen. Pensá que nací en El bajo de los perros, una villa brava, cerca del río Suquía, en Córdoba, que siempre se inundaba, donde las casas tenían techos de zinc y mucho cartón. Éramos muy pobres, sin embargo nunca pasamos hambre porque mi abuela, que había sido esclava, siempre se las arreglaba para hacer comida con nada. Ella y su conducta me enseñaron a adaptarme, a ser resiliente y a nunca quejarme por nada. De hecho soy hipoacúsica y nunca lo digo. Después, con el tiempo, aparecieron personas en el camino que me ayudaron: el productor Jorge Álvarez en Buenos Aires y el esposo de Paloma Picasso, Rafael López Sánchez, en Nueva York.
-Tu primera experiencia en el exterior fue en San Pablo. ¿Cómo se produjo ese viaje?
- Sí, fue a fines de los 60, en plena época hippie. Me fui en ómnibus desde Córdoba, por la triple frontera. Conocí San Pablo antes que Buenos Aires y allí vi a las primeras bandas de rock, como Os Mutantes con Rita Lee al frente. Ellos, estéticamente, me impactaron. Verla a Rita cantando vestida de novia fue un shock. Ahí pensé: “acá hay otra cosa”. Al regresar de ese viaje, y ya en Buenos Aires, me empecé a interesar por la fotografía, porque me ofrecían trabajos de modelo, y algo de eso hice, pero a mí me gustaba ver cómo era la trastienda de todo eso y sacar fotos. Me la pasaba preguntando por las cámaras y los flashes. Eso me hizo conocer a José Luis Perotta, que hacía fotos publicitarias, de autos y otros productos, pero también a artistas de rock. En su estudio empecé a conocer a las bandas y luego él me presentó a Jorge Álvarez y a Billy Bond, que estaban en Microfón.
-¿Cuál fue la primera figura del rock nacional que conociste?
-Al primero que conocí en el estudio de José Luis fue a [Luis Alberto] Spinetta. Y no tengo buenos recuerdos de él. Siempre se hacía la figurita difícil.
-¿Qué empezaste haciendo en Microfón?
-Empecé haciendo fotos para las gacetillas de prensa. No hacía a los artistas posando, no, iba a las grabaciones y tomaba fotos. No tengo ningún archivo de todo eso, porque yo entregaba los rollos en la compañía y el material pasaba a ser de ellos. Ni siquiera yo editaba las fotos. Era todo muy casero. De hecho en ese momento no existía el fotógrafo de rock, no era un oficio ni una profesión. No existía ese concepto. Y mucho menos el de fotógrafa de rock.
-¿Fuiste entonces la primera fotógrafa del rock nacional?
-Y sí. Además, los fotógrafos varones estaban para “las grandes cosas”: hacían tapas de libros y de discos. No iban a los recitales y a las grabaciones como yo. Yo era la única que hacía eso y a veces perdía todo el producto de mi trabajo porque enviaba a revelar los rollos a Kodak y después no tenía plata para ir a retirarlos. La grabadora no me pagaba nada. Yo lo hacía todo de onda, para ayudarlo a Jorge. Porque él era un gran tipo, un maestro total, por el cual yo podía llegar a hacer cualquier cosa. El fue el verdadero padre del rock nacional.
Amores rockeros
-¿Qué tipo de relación mantuviste con Billy Bond?
-Con el Bondo fuimos novios. Yo entré a Microfón y nos enamoramos a primera vista. Y a él también le pasó lo mismo. Yo era diferente a todas las mujeres que él había conocido. Al toque empezamos a vivir y viajar juntos. Estuvimos juntos dos años, pero fueron como 156 porque casi no dormíamos, entre recitales y grabaciones. Fue todo muy intenso. El estaba en La Pesada y era un gran productor de artistas, sabía cómo realzar a cada uno, pero es mentira que le tuvo que decir a Jorge: “dale, pelotudo, hacelo”, para convencerlo de que contrate a Sui Generis.
-¿Y cómo fue ese momento del que existen distintas versiones?
-El que trajo a Sui Generis a la compañía fue el gordo Pierre Bayona, él los manejaba. Vinieron junto a María Rosa Yorio y parecían un trío, a la manera de Peter, Paul & Mary; pero no, eran un dúo. Tenían una imagen diferente, eran bohemios pero vestían bien, lo que hoy llamaríamos hippies chic. Ahí Jorge les tomó un pequeño casting. Ellos habrán cantado dos o tres temas, pero lo que decidió su contratación fue “Canción para mi muerte”. Yo fui testigo de ese momento y no me lo olvido más. En medio del tema Jorge me miró y yo, que no tenía voz ni voto, pero que de alguna manera representaba el nuevo gusto musical del público joven de aquel entonces, le hice una carita de afirmación y ahí mismo les dijo que sí. A partir de ahí fui a todos los recitales de Sui Generis a lo largo y ancho de todo el país, y me cansé de sacarles fotos. De hecho, son mías las que aparecen en el insert del álbum Pequeñas anécdotas sobre las instituciones.
-¿Cómo terminaste haciendo la foto del poster del Adiós Sui Generis?
-Charly decidió separarse y a Jorge se le ocurrió que tenía que ser a lo grande: con un concierto masivo. Por eso me pidió una foto para la promoción de los recitales en el Luna Park. Para la sesión de fotos tuve que pedirle prestado el estudio a Jorge Fisbein, y también la cámara, porque yo nunca tuve estudio ni cámaras propias. Fue una sesión alegre porque nadie pensaba que la separación sería para toda la vida. Luego, ya con la foto seleccionada, el diseño del poster quedó en manos del genio de Juan Gatti. Este año, para usar aquella foto en la reciente reedición de los discos del Adiós Sui Géneris en un box especial, Sony Music me tuvo que pagar 5.000 dólares. Pensaban que era propiedad de Microfón (a la que le habían comprado el catálogo), pero no. Yo nunca se la vendí a nadie. Simplemente se la di a Jorge de onda. Yo la saqué y en ese entonces no me pagaron ni un peso, no hay un contrato que pruebe lo contrario. Por eso hoy es mía y solo mía. Y el que la quiere usar, tiene que pagar.
-Después del Adiós Sui Generis volviste a Brasil y fuiste amiga de Ney Matogrosso. ¿Es cierto que apagaba los cigarrillos con la planta de los pies, descalzo?
-Sí, esa vez fui a Río de Janeiro y con Billy. El iba a producir el primer disco solista de Ney. La amistad con él surgió muy naturalmente. Y por cuestiones lógicas. ¿Quién era la que estaba todo el día sin hacer nada, en la playa? Yo. Entonces él pasaba por la playa o yo pasaba por la casa de él y nos íbamos a caminar. Ney era muy adorable. Y muy loco, también. El día que lo conocí, después de un ensayo, vi cómo apagaba un pucho con el pie descalzo. Ahí me dije: “este tipo, solo, va a llegar muy lejos. Ya no necesita a Secos & Molhados ni a nadie más”.
-Además fuiste su fotógrafa personal...
-Sí, con él hacía lo que quería. Por ejemplo, le saqué fotos desnudo, en la bañadera de su casa, comiendo uvas, y después las incluimos en un librito que se repartía en las disquerías junto con su disco, a manera de promoción. En esa sesión yo le decía: “Ney, cubrite con más espuma porque se te ve todo, y él me respondía: ay, no importa, da igual”; mientras que chapoteaba en el agua como un niño. Que él me dejara verlo desnudo hablaba de una enorme confianza, ¿no? Llegué a quererlo muchísimo.
-¿Por qué concluyó tu estadía en Brasil?
-Porque me separé de Billy. Pese a la amistad con Ney, y a que vivía en un departamento fabuloso, en Brasil me sentía muy sola, porque Billy se la pasaba todo el día fuera de casa, grabando. A veces, hasta faltaba como tres días seguidos. Así que le dije “chau” y me volví a Buenos Aires a vivir con Jorge y me convertí en su secretaria. Supongo que desde entonces Billy quedó resentido. Si no, ¿cómo se explica lo que hizo el año pasado? En el recital que ofreció en el teatro Gran Rex me incluyó entre los muertos del rock nacional.
-Hablame de Jorge Álvarez y de Microfón, la usina del rock nacional que, luego de la disolución de Mandioca, generó el subsello Talent...
-Jorge era un genio, un maestro total de quien aprendí muchísimo sobre música y cultura. Pocos saben que, además, él tenía una editorial de libros que publicaba a Quino, a Rodolfo Walsh, a Manuel Puig y que mucho tuvo que ver con el boom de la literatura latinoamericana de los 70. Él era como un padre para mí y Microfón, mi segunda casa. Microfón era el semillero donde pasaba todo, y no me vengan con aquello de que era un monopolio o la mafia del rock. No habían otros sellos así porque la época no los admitía. Pensá que en esa época los artistas del rock nacional eran la contracultura. ¿Adónde te creés que podía ir a grabar un Kubero Díaz con el pelo hasta la cintura y vestido de indio y con ojotas? ¡Sólo en Microfón! Por eso ahora estoy escribiendo un libro para que se sepa la verdad de los hechos. Sólo Nito Mestre lo reconoció a Jorge como se merece en una entrevista que le realizaste para LA NACION.
-A propósito de Nito, ¿es verdad que fueron novios?
-Sí. Nito, como hombre, es un ser muy especial. Cuando volví de Brasil los músicos no se me querían acercar porque yo había estado con Billy y él era una figura muy fuerte. Pappo me rechazó por eso, por ejemplo. En cambio el tema con Nito fue diferente, de repente los dos nos encontramos solos, él se animó y así nos convertimos en novios. Ahí empezó a pasar algo muy loco: ¡las mujeres me querían pagar para que las dejara estar cerca de Nito! Es que en ese momento tanto Nito como Charly eran como dioses. Y a mí también me pasaba algo de eso. Un día estando en la casa de la madre de Nito, de Tecla, que era un ángel, entré para descansar a la habitación de la infancia de él y pensé, mientras observaba los banderines y los posters que tenía en las paredes: “Guau, estoy tirada en la cama de Nito” (risas).
-¿Y con Charly nunca pasó nada?
-Bueno... cuando Charly se separó de María Rosa [Yorio] también quería estar conmigo. De hecho, me tiró varios tiros.
-¿Y?
-Digamos que llegamos a ser amigos con derecho a roce, no novios. Con Nito sí éramos novios.
-¿Todo al mismo tiempo?
-No durante el mismo día; aunque, bueno, alguna vez pudo haber pasado (risas).
-¿Por qué se cortó la relación con Nito?
-Porque apareció Gustavo Montesano y perdí la cabeza. Si no fuera por él, nunca hubiera dejado a Nito. De todos los rockeros, Gustavo fue mi gran amor. Lo conocí en un recital de Crucis en el Teatro Astral, al que fui porque Jorge prácticamente me obligó a ir. Fue amor a primera vista. Nos enamoramos sin decir una palabra. Tan enamorados estuvimos que nos casamos. Nadie lo sabe, pero yo soy Ada Moreno de Montesano. Y aunque hoy ya no estemos juntos, nunca nos divorciamos, él me sigue considerando la mujer de su vida y toda su familia me ama.
-¿Fuiste su musa? ¿Inspiraste el tema “Todo tiempo posible”?
-Sí, entre otros temas ese lo escribió por mí y tiene que ver con la obsesión que tenía conmigo. Quería que yo estuviera todo el tiempo al lado suyo, así se sentía más fuerte y seguro. Yo, que ya había vivido con Billy y estado con los Sui Generis, lo comprendía muy bien porque sabía en qué aguas estaba navegando y lo ayudaba en todo. Pensá que era muy chico, sólo tenía 20 años. Luego él y sus compañeros me pidieron que les tomara la foto que ocupó la contratapa de Los delirios del mariscal, el segundo disco de Crucis.
La new wave neoyorkina y Clics Modernos
A comienzos de 1977, en plena dictadura militar, Ada decidió exiliarse en Estados Unidos junto a su esposo. A Jorge Álvarez le habían anticipado que “cuando terminaran con la banda de los fierros, los militares seguirían con los artistas y los intelectuales”. Ella no militaba en ningún partido, pero por las dudas “aceptó” el mensaje y buscó un terreno más fértil (y seguro) para seguir desarrollando su creatividad. Cuando desembarcó en el Lower East Side de Nueva York se encontró con el apogeo del punk y el comienzo de la new wave. “La ciudad era una fiesta y yo me encontraba en medio de ella”, resume.
-¿Cómo era la escena artística de aquel entonces?
-Había un cambio vibrante, veías a Blondie o a Patti Smith en lugares pequeños, a metros de tu alcance. Y por la calle pasaban cosas inimaginables todo el tiempo. Yo no andaba con la cámara persiguiendo famosos, pero tuve encuentros increíbles con Mick Jagger, Michael Hutchence, Dalí y Gala y Al Pacino. Incluso Robert De Niro me siguió un día por un shopping porque le causó curiosidad que yo lo mirara tanto. Habrá pensado que me lo quería levantar, y nada que ver: ¡es que, como había quedado muy gordo tras rodar Toro salvaje, se parecía a un almacenero de mi barrio natal de Córdoba! Después, en una fiesta, conozco a Paloma Picasso y a su marido, el argentino Rafael López Sánchez (que había sido uno de los creadores del sello Mandioca) y se convirtieron en prácticamente mis mesías. Cada vez que llegaban a la ciudad yo los ponía al tanto de las novedades y les servía de guía turística, y ellos me regalaban ropa fabulosa de diseñadores renombrados. Conmigo ellos conocían todos los tugurios y yo, con ellos, accedía al jet set y al mundo de la intelectualidad neoyorquina. Fue así, por ejemplo, que terminé cenando y hablando toda una noche con Susan Sontag.
-¿Gustavo te acompañaba en esas salidas?
-Gustavo no se halló en Nueva York. Armó una banda pero no funcionó. Para ese entonces, Jorge (que se había venido con nosotros), ya se había ido a Madrid tras un ofrecimiento de trabajo de Juan Gatti. De golpe a Gustavo le ofrecen volver a Buenos Aires y grabar junto a Merlín (el grupo que había formado con el ex Pastoral Alejandro de Michele). Le dije: “ándate, yo voy después”. El me dejó un pasaje, pero lo cambié por plata y me dediqué a disfrutar de mi juventud y de las noches neoyorquinas. Así perdí mi matrimonio.
-Según contás en el libro No soy una extraña (De Sui Generis a la new wave neoyorkina), eran tiempos de desenfreno. ¿Cómo los atravesaste?
-Era el comienzo de los 80 y el auge de la cocaína. Las fiestas eran muy locas y permanentes. Así me fui metiendo en el tobogán de las adicciones. Por suerte no fue un período muy largo, pero sí intenso. Yo estaba con los grupos que no consumían lo peor. Mi libro Los vampiros de Manhattan habla de todo eso. Dejé las drogas sola, simplemente un día ellas se alejaron de mí. Y ese fue uno de los momentos más felices de mi vida. Muy pocos han sobrevivido a todo aquello, a las drogas y al Sida, y varios de los que sí lo han logrado han quedado con un rasgo psicopático muy notorio; de ahí que han reemplazado su adicción por las drogas y el sexo a la búsqueda incesante y desesperada de dinero.
-En Nueva York te volviste a encontrar con Charly en 1983. ¿Por qué decís que te convertiste en su baby sitter?
-¡El me encontró a mí! De golpe llegó a mi casa sin avisar, tocó el timbre y dijo “hello”. A partir de ahí tuve que andar cuidándolo todo el tiempo, porque viste cómo es Charly de loco, ¿no? Se iba al parque a cualquier hora de la noche y en esa época te acuchillaban por nada. La ciudad y la noche tenían sus códigos. Por eso yo le decía: “hacé esto, no hagas lo otro, vení acá, no vayas allá”. A Charly había que contenerlo y llevarlo de un lado a otro. Digamos que yo me encargaba de que no se metiera en problemas serios. Como amiga me sentí obligada a hacerlo. Luego se fue a un hotel y más tarde se alquiló un estudio. Al final llegó Zoca, su novia, que sabía muy bien cómo manejarlo.
-Y así fuiste testigo de otro hecho histórico del rock argentino: la creación y grabación de Clics modernos.
-Sí, estuve en todas las sesiones de grabación, incluso en las que duraron 24 horas. Luego hubo días en los que escuchamos una y mil veces el disco completo sin parar.
-¿Cómo surgió la posibilidad de hacer las polaroid del sobre interno del disco? ¿Dónde y cómo se hicieron aquellas fotos?
-Eso surgió porque yo iba muy seguido a la casa de Andy Warhol, que era amigo de Paloma Picasso y de su marido. Entonces, yo vi de cerca cómo él conseguía esas instantáneas tan personales con su cámara Polaroid; y ahí descubrí que si lo copiaba se me terminaban mis problemas con las cámaras; total, una Polaroid era fácil de conseguir. Luego Charly se enteró en lo que andaba y me pidió que vaya a su casa y lo fotografiara con la Polaroid de una manera especial: que reprodujera una foto que años atrás le había hecho a Kubero Díaz con la cara pintada de plateado. Pero yo a él lo pinté de blanco, le puse un cono en la nariz y unos lentes míos y le calcé un saco rojo. Así le saqué una pila de fotos, y cuando las vio dijo: “ya está, todas estas van al sobre interno del disco”. Fue así de simple, no algo que hubiésemos convenido antes. Después le seguí haciendo otras en la bañadera, mientras se quitaba la pintura, hasta que me dijo basta. De esas quedó incluida sólo una. Más tarde se arrepintió, entendió que esas –que eran más jugadas- hubiesen estado mejor. De todos modos, las que quedaron reflejaron claramente la modernidad de Clics Modernos.
-¿A partir de ahí tu relación con Charly se afianzó aún más? ¿Cómo continuó a lo largo de los años? ¿Hoy estás en contacto con él?
-Sí, después nos encontramos en varias oportunidades en Miami, donde yo también viví. Y siempre lo acompañé en todo lo que necesitara, aunque a veces eso me quitara toda la energía. Acordate que yo hacía tiempo que había dejado las drogas. Y cada vez que yo volvía a Buenos Aires lo iba a visitar a su casa y nos matábamos de risa, muchas veces burlándonos de viejos conocidos. Ahora, bueno, lo veo poco y todo es un tanto triste. Cuando lo veo balbucear, o noto que no me reconoce me pone mal. Yo ya no tengo la fortaleza de antes. A mí eso me duele muchísimo. De todas formas, cuando sí me reconoce se pone visiblemente contento. Se nota que le traigo buenos recuerdos. Y está bien que así sea: porque a Charly lo quise, lo quiero y lo querré siempre.
Agradecimiento: Todo Mundo resto bar






