Adiós a Gilbert Bécaud

El autor de muchas de las canciones más bellas del siglo XX falleció en París, a los 74 años
Fernando López
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19 de diciembre de 2001  

Gilbert Bécaud, el cantautor francés de "Et maintenant" y tantos otros éxitos, murió el martes de cáncer pulmonar en su casa flotante del Sena, en París, según dijo su hijo. Tenía 74 años.

El primer ministro, Lionel Jospin, lo describió como "una de las figuras más entrañables y memorables de la canción francesa".

Su colega Charles Aznavour, que con Bécaud y Guy Béart integraba el trío de últimos sobrevivientes de la "grande chanson franaise" de los años cincuenta, comentó por radio: "Estoy muy triste, nos ha dejado un amigo, nos ha dejado un gran intérprete..., un gran compositor que no será reemplazado".

En 1974, Bécaud había sido nombrado caballero de la Legión de Honor, la mayor condecoración francesa.

Prestancia de galán, elegancia natural, simpatía sin afectación y sin énfasis, energía inagotable, Gilbert Bécaud andaba por el escenario con la gentil despreocupación de quien se mueve en el terreno más familiar. Este hombre que alguna vez -dicen- fue un muchacho tímido era capaz de hipnotizar a la platea entera sin valerse de otros recursos que su música, su voz y su franca desenvoltura. El traje azul oscuro, la camisa blanca, la infaltable corbata salpicada de lunares formaban parte de la imagen que había elegido para sí casi al mismo tiempo en que definió su estilo musical: el piano sincopado, los ritmos endiablados, toda la bienvenida influencia del jazz.

Bécaud no ignoraba ninguno de los secretos del varieté, pero no hacía alarde de esa pericia: dominaba la escena con su sola presencia y encandilaba al público con su naturalidad y su bonhomía. Era un auténtico showman y sabía cómo dar sostén visual a sus pequeñas dramatizaciones cantadas. Quien lo haya visto en alguna de las muchas visitas que hizo a Buenos Aires entre fines de la década del sesenta y comienzos de la del ochenta lo recordará sentado al piano y subrayando desde el teclado el dramatismo de una plegaria exasperada -como hacía con "Et maintenant", seguramente el título más famoso de su producción- o apoyándose en la elocuencia de algunos gestos para sugerir la ilusión de una representación cuando encaraba una de esas canciones que, como "Nathalie", encerraban una historia entera.

Tampoco ignoraba que había que mantener los ojos y los oídos bien abiertos para seguir al día y conservar el equilibrio para poder avanzar en el camino sin traicionar lo que se dejaba atrás. Alguna secreta inspiración lo guió para que pudiera conservar durante tanto tiempo su atractivo intacto. En los años cincuenta ya era una estrella, y cuando llegó el 2000 lo encontró inaugurando una temporada más -la número 30- en el Olympia, el mismo templo de la música popular donde una vez había accedido a la categoría de ídolo juvenil y se había ganado el mote de "Monsieur 100.000 volts" gracias a su energía y a la de sus seguidores, que dejaron en unas cuantas butacas estropeadas la marca de su incontenible entusiasmo.

Nadie habría podido adivinar tal sino heroico y tumultuoso en ese chico retraído que había nacido en 1927 al borde del Mediterráneo, en Toulon, y que respondía al nombre de Franois Silly. Salvo, claro, que hubiera considerado su inusualmente temprana pasión por el piano -a los 9 años ya había ingresado en el Conservatorio de Niza- y sus rápidos progresos en la materia, estimulados por la madre, Mamico, a quien el artista estuvo siempre muy agradecido. Del señor Silly, en cambio, no tenía muchos recuerdos que guardar: había abandonado a los suyos cuando él tenía 3 años y sin que mediara proceso de divorcio alguno, de modo que quien vino a ocupar el espacio vacío, Louis Bécaud, nunca pudo ser el marido de su madre. El chico, que a los 16 ya colaboraba con la Resistencia y a los 18 se fue a probar suerte en el París de la posguerra, remedió aquella injusticia adoptando su apellido.

Desde entonces persiguió el sueño de convertirse en compositor de música clásica, que nunca abandonó, pero la necesidad lo llevó a aplicar sus conocimientos musicales en otro terreno más accesible y -relativamente- mejor remunerado: el del varieté. Y aunque nunca dejó de perfeccionar sus conocimientos musicales, fue fogueándose en la práctica pianística del cabaret o componiendo esporádicamente para la banda sonora de algún film. Es probable que esos años hayan sido decisivos también no sólo para superar la timidez sino para descubrir (y familiarizarse con) todos los misterios del mundo del espectáculo. Todavía se llamaba Franois Bécaud cuando en 1947 la sociedad de compositores anotó por primera vez su nombre en los registros.

En 1948 conoció a Maurice Vidalin, que sería uno de sus letristas más frecuentes; meses después, a Pierre Delano‘, que le daría el texto a "Et maintenant", "La solitude a n´existe pas", "Je t´appartiens" y "Nathalie", entre muchas otras; en 1950, al cantante Jacques Pills, que lo adoptó como pianista acompañante (con él vino por primera vez a la Argentina) y que dos años más tarde se casaría con Edith Piaf. Con él compuso "Je t´ais dans la peau", que Piaf hizo conocida y que inauguraría su carrera internacional: rebautizada "Let it be me", la canción fue cantada por los Everly Brothers, Elvis Presley, Tom Jones y hasta Bob Dylan.

Franois pasó a ser Gilbert en 1952, el mismo año en que se hizo amigo (y colaborador) de Aznavour y en que conoció a Louis Amade, su otro letrista favorito, con el que compondría "L´important c´est la rose", "Quand il é mort le poéte". Ya todo estaba listo para el triunfo definitivo.

"Monsieur 100.000 volts"

De allí en adelante, los éxitos se acumularon. Un primer registro -"Mes mains", con palabras de Delano‘-, un primer Grand Prix de Disque -"Quand tu danses"-, una aparición en el Olympia en la temporada de Lucienne Delyle. Y al año siguiente, la consagración, también en el templo del Boulevard des Capucines: la noche del delirio y las butacas rotas y del nacimiento de "Monsieur 100.000 volts".

Siempre en busca de nuevas experiencias, Bécaud ensayó el cine -con Marcel Carné y al lado de Franoise Arnoul- sin mucha suerte, pero se afirmó como compositor, cantante y showman extendiendo el rango de sus temáticas, que ahora podían ser tan graves como la muerte -en "L´absent" (1960), a propósito de la desaparición del editor Raoul Breton- o como la desesperación, en esa suerte de machacante bolero que llamó "Et maintenant", que en inglés difundió Sinatra como "What now, my love" y que en castellano fue conocido como "Por qué me dejas".

La popularidad no le hizo abandonar el sueño de componer obras más ambiciosas. En 1962, después de la experiencia de la cantata "L´enfant ˆ l´étoile", estrenó en el Thé‰tre des Champs Elysées "L´opéra d´Aran", con dirección de Georges Prtre. Y aunque creadores de tanto prestigio como Georges Auric y Francis Poulenc la recibieron con elogios, la obra fue rechazada por buena parte de la crítica.

Sin embargo, tales tropiezos no incidieron en su prestigio de compositor popular. Siempre con el apoyo de Delano‘, Amade o Vidalin siguió cosechando éxitos y agregando títulos a su antología. Por ejemplo, poco después del fallido intento operístico, concibió "Nathalie", donde evocaba a la muchacha que había sido su guía en Moscú y volvía a construir un pequeño esquicio teatral cantado, materia ideal para sus cada vez más completos shows.

Cuando el avance del rock, al que no fue indiferente, achicó el espacio de la canción francesa, esos shows le sirvieron como vehículo para una brillante carrera internacional. En los Estados Unidos, por ejemplo, el reconocimiento fue tanto que hasta logró concretar allí otro sueño, el estreno de la comedia musical "Madame Roza", en 1986.

Siguió trabajando hasta el final. Acababa de terminar "Mon cap" cuando le llegó la muerte. Hace dos años había publicado su último álbum, "Faut faire avec", donde acusaba el golpe de la enfermedad que padecía.

"El silencio y la tristeza se instalan cuando muere el poeta", cantaba en una de sus más célebres canciones con letra de Amade, tal como lo recordó ayer Jacques Chirac. Bécaud, que le dio a la gente tantas emociones y alegrías, merece ese gesto de respeto y de admiración.

Sus temas más célebres:

  • Lo importante es la rosa
  • ¿Por qué te vas? (Et maintenant)
  • Nathalie
  • Yo partiré
  • El amor murió
  • Siempre hay un tren
  • La indiferencia
  • Yo voy a cantar
  • Adiós
  • Septiembre amor
  • El pequeño pájaro multicolor
  • Cuando salga el sol
  • Que seas tú
  • ADEMÁS

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