
Angel Olsen, un secreto que empieza a revelarse
En una época en la que buena parte de la música alternativa parece ser un apéndice más del negocio de la industria, las listas con lo mejor que se produjo en el año suelen parecerse muchísimo en casi todos medios. Que, justo es decirlo, también se parecen bastante: la posibilidad de desarrollo de una amplitud de criterios que la aparición de Internet prometía inducir no tentó a demasiada gente. My Woman, el tercer disco de Angel Olsen -30 años, personalidad efervescente, voz profunda y singular- fue número puesto en todas las votaciones por su gran poder de fuego.
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La cantautora austera y taciturna de los inicios se transformó por momentos en una frontwoman apegada a la electricidad y salió muy favorecida con el cambio. Su música se robusteció, pero no perdió intimidad ni poder de sugestión. Y además aparecieron con más claridad las pistas del mapa genético dibujado durante años de formación intensa en St. Louis, Missouri, la previa de una mudanza fundamental a Chicago, la ciudad que inoculó en ella el sonido indie, tan cultivado por sellos como Drag City y Thrill Jockey, que enriqueció el despojado folk inicial y lo volvió más sensual e incandescente.
En este álbum (editado en 2016) Olsen demostró que podía perfectamente ponerse en modo Lana Del Rey y mejorar el modelo ("Intern"). Y también recuperar la mágica ensoñación de Hope Sandoval para llevarla a la misma altura de otras influencias más cánonicas: si "Woman" parecía escamoteada al sólido repertorio de Mazzy Star, "Sister" relucía, en cambio, como esas perlas inmaculadas del acervo de Fleetwood Mac, aunque el estilo y el timbre de Angel no repliquen ni por asomo los de Stevie Nicks y Christine McVie.
Con ese disco, Olsen se hizo conocida en todo el mundo (hoy eso es mucho más fácil que a fines de los 60, cuando empezó Dolly Parton, una de sus referentes más obvias). Y los que se rindieron ante su belleza y se animaron a investigar más, seguramente descubrieron otros lazos familiares: "If It's Alive, It Will", del EP Strange Cacti (2010), editado originalmente en casete, tiende un puente directo a los girl groups de los 60. Lejos de proponerse estilizar su sonido contemporáneo, el compilado Phases es una especie de viaje hacia el pasado destinado a revelar las raíces de la música de esta cantautora temperamental y decidida que ha tenido más de un altercado con periodistas que la incomodan. Con el mismo brío que relata los conflictos, sueños y frustraciones de su vida privada, Olsen ha rechazado preguntas de la prensa que considera malintencionadas o inoportunas. "De adolescente me la pasaba leyendo a Dostoievski", dijo alguna vez para justificar su inflexible carácter.
Colección de material inédito, caras B, covers y rarezas, Phases nos transporta al origen: la versión más simple y directa de la vocalista que se formó cerca de un pope del folk alternativo, el inefable Bonnie Prince Billy, que mantuvo esa identidad en dos buenos primeros discos -Half Way Home (2012), Burn Your Fire for No Witness (2014)- en los que trabajó bajo el influjo sagrado de artistas fundacionales -The Family Carter; Woody Guthrie, tan valorado por Bob Dylan- y que evolucionó después hacia un sonido colorido, más heterogéneo y capaz de asociar en un mismo gesto fortaleza y fragilidad con la misma naturalidad de la gran Chan Marshall (Cat Power). El único track que responde a una lógica más cercana al sonido de My Woman es "Sweet Dreams", justamente un descarte de ese disco que por momentos recuerda a Wicked Games, aquel voluptuoso hit de Chris Isaak de fines de los 80.
Angel Olsen es capaz de hacernos sentir el peso de una historia entera solo con el sonido de su voz. Cultora del trémolo y los acordes menores, se la puede pensar como la versión femenina de Roy Orbison en sus momentos más desolados.



