Añoranzas y embrujo en las tierras santiagueñas
El festival, por donde pasaron Raly Barrionuevo, Bruno Arias y Rosana, muestra un espíritu abierto a otros géneros
1 minuto de lectura'

SANTIAGO DEL ESTERO.- La pasión santiagueña por el descanso ha sido siempre blanco de muchas bromas. Sin embargo, la siesta es un momento onírico de mucha inspiración. Entre otras cosas, puede hacer que la chacarera convierta al monte en algo bello y que un mito rural transforme a un músico en un gran artista, pacto mediante con el Supay. Incluso, dicen que el mito ha llegado mucho más lejos. Se convirtió en festival: La Salamanca. También dicen que Santiago del Estero no tiene riendas pero te amarra. Tal vez sea por eso que los que se van del pago irremediablemente extrañan y le cantan con muchas palabras distintas, pero casi siempre al ritmo de una chacarera.
"Cuando salí de Santiago todo el camino lloré", dice la pieza más famosa. Pero también hay otras. El último sábado en La Banda, cuando Los Manseros Santiagueños compartían con su público "Chacarera para mi vuelta" -quizá la que inspira ahora estas líneas-, se volvía a repetir ese ritual de extrañar y de expresar una nostalgia que es tanto del que se fue como de aquel que nunca partió. Y si la chacarera hace del monte algo bello, la añoranza hace del cancionero santiagueño algo inagotable. "Dejé mi tierra cantora/ Por conocer otros pagos/ Voy andando los caminos / Pero mi alma está en Santiago. [...] Cuando yo pegue la vuelta/ No sé ni cómo ni cuándo/ Tierra madre he de contarte/ Lo mucho que te he añorado."
El Festival de La Salamanca no es sólo chacarera. Abre su escenario a muchas otras propuestas. En cuanto a producción, apunta a encuentros como el de Cosquín, aunque le falta crecer en estructura y lograr un poco de independencia del poder político local. En lo artístico se busca la pluralidad que tienen encuentros musicales como el cordobés de Villa María.
Por otro lado, La Salamanca tiene un buen marco. El predio no deja de ser un campo de fútbol delimitado por puestos de comida, y con una excelente visibilidad del escenario y sus artistas, incluso desde el fondo. Es así como las familias llevan sus sillitas y se ubican temprano lo más cerca que pueden del escenario, y los más jóvenes tiran sus mantas o se quedan de pie más atrás.
Como alternativa para el público de perfil más peñero está el patio de los Carabajal. La casa (actualmente museo) que fue de María Luisa Paz de Carabajal y su patio (hoy ya convertido en una leyenda) les da oportunidad a los músicos que no pasan por el escenario salamanquero.
En el escenario mayor anteayer se repitió una fórmula similar a la del sábado. Fueron un artista de Santiago del Estero (Raly Barrionuevo) y otro de Jujuy (Bruno Arias) los que levantaron al público; también Los Carabajal, que son prácticamente anfitriones, y la visita extranjera Rosana. Con un show bastante extenso, la cantante canaria comenzó a desgranar su repertorio sin despertar mayores pasiones. Pero cuando empezaron a sonar sus mayores éxitos y bajó del escenario para caminar entre la gente durante varios minutos logró que el clima del Club Sarmiento de La Banda cambiara de manera radical. Conquistó a esa platea que la escuchaba. Un rato después fue el turno de Bruno Arias, que en pocos minutos resultó contundente con una propuesta que combina música andina festiva con un discurso en favor de los movimientos campesinos del noroeste argentino y de los pueblos originarios.
Más tarde, la presencia de Raly Barrionuevo terminó siendo otro punto fuerte de la noche. Se lo vio emocionado por cuestiones personales y porque, en lo profesional de su trabajo de cantor, este escenario significa bastante para él. Viene a cantar a La Salamanca cada año; debutó en la primera edición de este festival cuando era un changuito del pago de Frías. Su actuación fue concisa y tuvo todos los ingredientes (de lo nuevo que forma parte de su último disco y de esos temas que escribió a lo largo de su carrera y que no pueden faltar en una noche de festival). No son tantos los intérpretes que pueden hacer ese camino en la música como lo hizo Raly, y a la par de un festival como el de La Salamanca, que ya tiene más de dos décadas.




