Autorretrato verdiano
" Simon Boccanegra es una obra oscura, pesimista, carente de sosiego y de consuelo, en la cual se expresa la idea de poderío como un sepulcro... ubicada en un tiempo fundamentalmente fascista." Esta definición de Giancarlo del Mónaco, responsable de la régie cuando la versión 1995 de la ópera en el Colón, puede servir de punto de partida para una interpretación que Giuseppe Verdi intuyó con toda la lucidez de su genio. Es que más allá del lúgubre, desorbitado y enfático tratamiento que García Gutiérrez, en quien se basa el músico, realiza del tema de Boccanegra, Verdi ya presentía seguramente que la obra del dramaturgo español podía convertirse, en sus manos, en un fuerte drama político, dentro del cual se proyectan acontecimientos familiares de excepcional violencia psicológica. Sin embargo, cuando la obra se estrenó en La Fenice de Venecia, hace ciento cincuenta años (12 de marzo de 1857) fue un histórico fiasco. Una frustración que lo acompañó durante más de veinte años, hasta su encuentro con un dramaturgo y músico de la talla de Arrigo Boito, que lo llevó a realizar una nueva versión, conocida en la Scala de Milán en 1881. Desde entonces la ópera brilla como una joya más del tesoro verdiano.
Es que el personaje y su historia encerraban para Verdi una enorme carga significativa. Se trataba para él de una historia sin tiempo, a costa de ser tan tremendamente posible y actual. Boccanegra, que en realidad era miembro de la nobleza menor, acaudilló desde su juventud al partido plebeyo y fue designado Doge (magistrado supremo) de Génova, en 1339. La historia consigna que, con su guía, la república genovesa tuvo una exitosa política exterior y algunos pocos años de paz. En 1344 debió abandonar el poder, pero retornó en 1356 para morir en 1363, al parecer envenenado.
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La época de Boccanegra es, asimismo, la de los grandes odios familiares y la de los partidos mortalmente opuestos. Es también el tiempo de la lucha de clases entre la nobleza y el pueblo. Güelfos, partidarios de los papas, y gibelinos, de los emperadores germanos, dividían a esa Italia medieval, hasta que, a lo largo del siglo XIV la importancia de ambos partidos declinó rápidamente y su enfrentamiento quedó reducido a una rivalidad puramente local. Los Fiesco y los Grimaldi, representados en la ópera verdiana, eran los jefes de la facción güelfa, en tanto que los Doria y los Spinola, a los cuales alude asimismo Simon en la ópera, dirigían la facción de los gibelinos.
Lo importante es que para Verdi se trataba de una historia aún abierta, por cuanto ambos términos, güelfos y gibelinos, fueron resucitados durante el movimiento para la unificación de Italia en el siglo XIX, aunque sus contenidos hayan sido actualizados: los neogüelfos con el papa, mientras que los neogibelinos veían en él un obstáculo para la unificación del país. Esa unidad italiana es la que ya había anhelado cinco siglos antes el personaje de Simon, y en tal sentido Verdi traza a través de la idealización de Boccanegra una especie de autorretrato espiritual. La suya es una voz que, superando las mediocridades humanas del contexto que lo rodea, se eleva en una dimensión universal. "E vo gridando: pace! E vo gridando: amor!", el conmovedor mensaje que Verdi hace cantar a su personaje a través de un emocionante escorzo melódico es la viril exhortación de un hombre íntegro, en la que parece reflejarse el propio compositor.


