
Catador de violines
Pablo Saraví es autor de un libro que rastrea la historia de luthiers italianos en el país
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Hoy, desde las 14, en el Salón Dorado del Teatro Colón se realizará una degustación de violines, con entrada libre y gratuita.
Oficiará de catador el notable violinista Pablo Saraví, que, acompañado al piano por Alicia Belleville, interpretará obras breves de compositores románticos y del siglo XX, en siete violines diferentes y una viola.
Que las estrellas del concierto sean los instrumentos y no los compositores o sus intérpretes tiene una razón de ser: el recital será el cierre de la presentación local del libro "Liuteria italiana en la Argentina". La edición que el violinista de la Camerata Bariloche y la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires escribió para el prestigioso sello del especialista Eric Blot, se centra en la historia de los constructores de instrumentos de arco italianos que llegaron a nuestro país desde 1870.
La lujosa edición de este libro bilingüe (castellano-inglés) incluye las biografías de estos notables artesanos que se afincaron en todo el país y fotografías (con una resolución equivalente a la de un libro de artes plásticas) de varios de sus instrumentos, más fotos y anuncios de época. Algunos de estos muy buenos instrumentos podrán ser vistos, escuchados y comparados entre sí, gracias al propio Saraví. En diálogo con LA NACION, el violinista cuenta que la escritura del libro le llevó casi cinco años de pesquisas detectivescas, en las que le tuvo que robar tiempo a las pocas horas libres que le dejan la actividad como solista y la docencia.
De todos modos, para Saraví se trata de un pasatiempo apasionante, que remedia en parte su vocación infantil: "Cuando vi un violín por primera vez tenía ocho año, y mi primer impulso fue construirlo, no tocarlo. Pero como donde vivía no había luthiers, me conformé con tomar clases", cuenta con una sonrisa. Con una carrera exitosa en el campo sinfónico y de la música de cámara, Saraví no perdió el interés por degustar "la belleza de un instrumento bien construido" y comenzó a acumular información.
-¿Por qué sólo luthiers italianos?
-En la historia del violín y de su familia, los italianos siempre tuvieron la supremacía absoluta. Los primeros violines, tal cual los actuales, son los de Andrea Amati de 1560. Los italianos mantuvieron la tradición de artesanos de buen nivel, desde entonces. La apertura a la inmigración, a partir de Avellaneda en la Argentina, hizo que llegasen todo tipo de artesanos, no sólo luthiers. Pero en esa época empezó la actividad musical fuerte en el viejo Teatro Colón y con la ópera. Se necesitaban reparadores y constructores y los que no encontraban un espacio en Italia fueron muy bien recibidos aquí.
Saraví reconstruyó la historia de los más destacados. En total son cuarenta y dos los liutai (luthiers en italiano) que registró aunque sabe que hay más "me llegaron datos sueltos, pero no pude reconstruirlos con los datos certeros", se disculpa.
El libro tiene un precio razonable, aunque lejano para los argentinos: 90 dólares. "El libro está dirigido a los expertos en instrumentos, coleccionistas, los músicos que les gusta conocer aspectos específicos de la manufactura y curiosos en general. Por eso también hay ilustraciones de las etiquetas para que se reconozcan los autores".
-¿Por qué cree que la gente de Cremona quiso editar este libro?
-En las giras con la Camerata y la filarmónica por Europa coleccionistas, expertos y comerciantes en la materia comenzaron a ver nuestros instrumentos. Me preguntaron sobre sus autores y entonces se me ocurrió la idea de rescatar sus historias.
-¿Dónde se encuentran los instrumentos que se construyeron aquí?
-Hay muchos en la Argentina y en Estados Unidos y sobre todo en los países de Oriente. Muchos comerciantes que vinieron de esos países, comprobaron rápidamente su calidad, porque son, justamente, parte de la escuela italiana, que es la más fuerte. Y vieron que eran óptimos en su resultado acústico y muy bonitos. No hay diferencias con los que se hicieron en Italia, salvo el lugar. La escuela, los barnices, los materiales, como las maderas, que mayoritariamente son europeas.
-¿El nivel, entonces, es alto?
-Sí. Por ejemplo, muchos artesanos construyeron instrumentos sin ponerles su etiqueta porque había casas en Italia que los vendían como propios.
- ¿Estos constructores dejaron una escuela aquí?
-Sí. El más importante, o al menos mi favorito, está lamentablemente viviendo afuera. Se llama Eduardo Gorr y le hizo instrumentos a Fernando Hasaj, Benjamín Bru. Tengo la viola que ganó una medalla de plata en el concurso Stradivarius. Fue el principal alumno de Alfredo del Lungo, un florentino, que vino en la época fuerte de las universidades argentinas. Se abrió una escuela de luthería en Tucumán después de la Segunda Guerra Mundial. Y lo llamaron a él, que era restaurador del Instituto Cherubini, de Florencia. Era tan cotizado que en la gran inundación de Florencia en el 66, la colección de instrumentos de los Médici se arruinaron y lo llamaron a él en Tucumán, a pesar de todos los que había en Italia.
-¿Además del sonido, qué otros aspectos se tienen en cuenta para evaluar un violín?
-Tenés que ejercitar la memoria visual: hay que reconocer un instrumento a golpe de vista. Si no, se buscan otras cosas: modelo del instrumento, materiales, época probable de construcción, escuela (de que país) y posible autor dentro de esa escuela, hasta que queda un autor si es clásico o un grupo pequeño de autores. También se puede estudiarlo por dentro para ver cómo está cerrado. Los colores de barnices, que son muy particulares de cada autor, al igual que las "F" que se cortan sobre la tapa del instrumento, son como una marca caligráfica irrepetible.



