El Mató a Un Policía Motorizado sabe cómo ir de la hipnosis al magnetismo
El mató a un policía motorizado. / Santiago Motorizado (bajo y voz), Gustavo Monsalvo y Manuel Sánchez Viamonte (guitarras), Guillermo Ruiz Díaz (batería) y Agustín Spasoff (teclados). / Teatro Vórterix, el viernes 1° de abril (repite mañana).
Nuestra opinión: muy bueno.

La dinastía Scorpio sigue creciendo. De manera casi imperceptible, como si se tratara de una de esas mismas melodías que El Mató a un Policía Motorizado va llevando mántricamente hacia su cénit en un in crescendo que ya es marca registrada. A fines de 2015 fueron dos los shows en el teatro Vórterix con los que la banda de La Plata cerró el año, y ahora sube su apuesta con un ciclo de tres conciertos (dos el fin de semana pasado y uno mañana), con la excusa de presentar el EP Violencia, con el mismo magnetismo que sigue bajando desde el escenario como la primera vez que se presentaron en Capital Federal, entre las húmedas y descascaradas paredes del Salón Pueyrredón.
Porque probablemente magnetismo sea una de las palabras que mejor definen la relación grupo-público en los shows de El Mató. Músicos casi inmóviles (por momentos demasiado serios o demasiado concentrados, quién sabe) que irradian energía en cápsulas de tres minutos y que sus seguidores reciben en estado de hipnosis, moviendo lentamente sus cabezas, entregados a esas melodías circulares y los mantra-poemas que Santiago Motorizado repite escudado por una puesta de luces que apenas lo insinúa allí parado, delante de las masas.
Los dos minutos de "El magnetismo" son precisamente la introducción a un clima que apenas variará durante la hora y media de un show que no cambia demasiado de un fin de semana a otro, ni siquiera de un año a otro, convirtiendo sus recitales en experiencias sensoriales que se repiten como esas frases-esloganes de sus canciones: "Nuevos discos, nuevas drogas, nuevos discos, nuevas drogas". No hay pogo ni el "one-two-three-four" que antecede al huracán, pero el espíritu Ramones rodea a esta banda tanto como lo hace el de Pixies y el de The Cure también.
Entonces sí, uno puede apreciar cómo el nuevo tema "Violencia" se acomoda con naturalidad antes de "Amigo piedra" y "Vienen bajando", mientras construyen su viaje escénico, a veces lánguido, desesperado, por momentos ruidoso y melancólico, siempre hipnótico. Con las canciones de su último álbum, La dinastía Scorpio, como eje del show, El Mató repasa lo mejor de su obra, que ya tiene poco más de una década dando vueltas por el aire, y brinda momentos de alta psicodelia ("Rock espacial"), de pop sin contraindicaciones ("El día del huracán") y de rock de su propia cepa ("Mujeres bellas y fuertes", "Chica de oro", "Chica rutera", "Yoni B", "La celebración del fuego" o "Más o menos bien"), siempre entre el amor y el desánimo. Hasta que llega la festiva y hit zombi "Mi próximo movimiento" y anuncia el final.
No hay palabras, apenas algún que otro pequeño gesto de Santiago hacia sus fans, en una pose grupal que combina extrañamente timidez y confianza en sí mismos, y entonces sí, el chasquido de los dedos frente a tu cara. Hipnosis pura.
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