
Dos raíces de una misma canción
Omara Portuondo y Maria Bethânia, juntas en el Luna Park
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Espectáculo a cargo de Omara Portuondo y Maria Bethânia. Guitarras, arreglos y dirección: Jaime Alem y Swami Jr. Piano y acordeón: João Carlos Coutinho. Bajo: Jorge Helder. Batería y percusión: Marcelo Costa, Andrés Coayo y Claudino Brito. En el Luna Park.
Nuestra opinión: muy bueno
Hay dos voces experimentadas y elocuentes que traen consigo una rica historia y se profesan mutua admiración. Hay un grupo de excelentes instrumentistas venidos de dos países que tienen en la canción su expresión más espontánea y genuina. Hay raíces comunes que van bastante más allá del ritmo traído del Africa. Y es la misma sangre tropical que impulsa los corazones calientes. Ya lo dicen ellas cantando: "Nossa musica tem sangue tropical", un verso de "Havana-me", la canción que Paulo César Pinheiro y Joyce escribieron para la ocasión y que también arriesga un par de nuevos verbos: "bethaniar", "omarar".
Eran demasiadas razones para que este encuentro sonoro entre Cuba y Brasil fuera una consecuencia natural. Maria Bethânia lo percibió desde que oyó por primera vez a Omara Portuondo y no paró hasta concretarlo. Primero fue el disco, resultado de una cuidadosa búsqueda de afinidades. Ahora llega el show, pero trae sus sorpresas. No es –como de costumbre– la mera relectura del repertorio para sustentar la difusión del producto, sino algo mejor, mucho mejor. El feliz encuentro de las dos artistas deja también espacio para que cada una exponga algo de su propio mundo musical. Así, además de jugar una vez y otra al juego de intercambiar idiomas para compartir el canto (ya en español, ya en portugués) o de engarzar en armónico encadenamiento canciones nacidas en distintas tierras, pero emparentadas por algún rasgo común, una y otra se reservan el momento para quedarse a solas con sus sones y boleros o con sus sambas y sus ritmos bahianos. El público, agradecido.
En el espectáculo, que tiene la cohesión y el refinamiento característicos de los shows de la bahiana, las sorpresas empiezan temprano. Omara y Bethânia abren juntas el programa. "O cio da terra", aquel bello himno compuesto por Chico Buarque y Milton Nascimento que alguna vez grabó Mercedes Sosa, es la primera. Siguen "Cálix bento" (Milton) y "Gente humilde" (Garoto, Vinicius, Chico). Alfredo Fressia aporta (en estos y en todos los casos en que son necesarias) las atinadas adaptaciones al español.
La fiesta ya ha tomado calor, cuando Omara deja la escena para que Bethânia haga delirar al público con estupendas relecturas de sus clásicos "Negue", "Fera ferida" y "O ciúme" o con su dulce homenaje a Caymmi y a su tierra. Cuando canta, sola y tan cautivante como siempre, la rumba "Escandalosa", ya se sabe que está anunciando el regreso de Omara. Y ahí llega ella con "Cubanakán" y en seguida, juntas, recrean una de las perlas del show y del disco: "Tal vez", de Juan Pablo Miranda.
El estilo histriónico de Omara puede lucir en la canción de cuna ("Lacho/Drume negrito") y pasar del cálido susurro intimista al desborde dramático ("Veinte años", "Mil congojas"), gracias a su potencia y a su admirable musicalidad, pero es la clásica "Guantanamera" la que hace levantar al público de sus butacas y sumarse al canto. Con muy buen tino, la guajira volvería en los bises, cantada por las dos artistas y antes de que la insistencia de un público delirante obligara a repetir el clásico final – "O que é, o que é"–, pero esta vez, a dos voces, o más exactamente, a estadio entero.
Claro que antes de llegar a ese brillante cierre, Omara había recordado a Ibrahim Ferrer, a Compay Segundo y sus compañeros del Buena Vista y después, tras el intermedio instrumental en el que brasileños y cubanos ilustraron el encuentro con una mezcla de sones, marchas-ranchos, choros, danzones y algún eco de Villa-Lobos, había vuelto a aparecer junto con Bethânia para concretar la breve y sabrosa segunda parte. Allí sí, las dos recrearon los mejores aciertos del disco: la versión a dúo de "Só vendo que beleza" ("Marambaia"); la ingeniosa asociación de las "Palabras", de Marta Valdés, con las "Palavras", de Gonzaguinha, y la de dos bellas expresiones campesinas: "Caipira de fato" y "El amor de mi bohío". A ellos sumaron otro encuentro no grabado: "Para cantarle a mi amor", que estuvo entre lo mejor de la noche. La última sorpresa antes del final vendría con una versión de "O que será" que propuso una rara mezcla entre las estrofas de sus dos textos: "A flor da terra" y "A flor da pele". A esa altura del entusiasmo nadie reparó en ese retoque ni en cierta desprolijidad de la interpretación. Lo único que importaba era la emoción de estar asistiendo a un encuentro que iba a ser difícil de olvidar.



