
El duelo de Morrissey en Viña
El cantante británico tocó 18 temas ante un público que, en principio, parecía difícil
1 minuto de lectura'

VIÑA DEL MAR.- Acá los parámetros son otros. No importa el renombre internacional, la trayectoria, la contribución a la historia; no importan los premios ni las colaboraciones, tampoco la cantidad de títulos que constituyan la discografía de un artista. Cuando llega al Festival de Viña del Mar, sólo importa el dictamen del monstruo. Nada más. Si el monstruo dice sí, todos contentos, aplausos, ovación, medalla y Antorcha de Oro, Gaviota de Plata y hasta de Platino. Si el monstruo dice no, agárrense. En la edición número 53 del festival de la canción más importante y antiguo del continente, no hay más que el veredicto popular, la sentencia de un público implacable (conformado en su mayor parte por locales y pocos extranjeros), tan despiadadamente duro como para ganarse el apodo con el que es reconocido a través del mundo. Sólo basta recordar el momento en el que Xuxa, a principios de milenio, fue abucheada y expulsada con un insistente insulto para comprender los mecanismos de la ley marcial del monstruo; analizar, por el contrario, las razones de la devoción por el dúo humorístico Dinamita Show, en la segunda fecha de esta edición, resuelve completamente el misterio de su funcionamiento: dos tipos sencillos, viñamarinos, que lucharon para conseguir el éxito sublimando en forma de chiste su pasado como artistas callejeros y algunos problemas de adicciones y salud, sólo podrían ser adoptados por la conservadora bestia -que también demostró particular cariño hacia las cuecas del actor chileno Daniel Muñoz, la canción de protesta de Manuel García y el rock también trasandino de Los Bunkers-. Además de concentrar la atención del ojo externo, su función determinante hizo que paulatinamente casi quedara en el olvido el hecho de que éste no es un festival de música sino una contienda en la que compiten artistas de todo el planeta en dos grandes categorías, folklore e internacional. Lo que al monstruo le importa es el espectáculo.
Durante la tercera jornada, la transmisión en vivo, para toda América latina a través del canal A&E, mostró una postal poco común en el Anfiteatro de la Quinta Vergara y su descomunal despliegue escénico: la presencia de Morrissey, el plato fuerte de la grilla, puso en evidencia la escasa y retorcida relación entre el monstruo y el rock mundial. Hubo casos a lo largo de la historia: en los ochenta, tocó The Police, y en los noventa, Faith No More, INXS, Creedence; en 2006, Franz Ferdinand terminó de confirmar que no existe un parámetro lógico a la hora de definir el line-up de un evento más afín a la canción latina y romántica: este año estuvieron Luis Miguel, Diego Torres, Marc Anthony y hasta hubo un revival noventoso (para nosotros) con Ráfaga y su cumbia contagiosa. Pero el monstruo de la fecha de Morrissey fue distinto. En su mayoría conformado por fanáticos del ex The Smiths (y otro tanto por seguidores –seguidoras, más bien– de Salvatore Adamo, que el mismo día se llevó la Antorcha de Plata y Oro y terminó con su gran éxito sesentoso, "Mi gran noche"), el público recibió a uno de los personajes más complicados de la historia del rock. Pidió que la presentadora Eva Gómez le quitara las plumas a su vestido, se sacara sus zapatos de cuero; exigió no ser parte de la parafernalia del festival, no ser interrumpido, no ser premiado, salir antes de horario incluso a cuestas de la competencia folklórica que debió ser cancelada.
De todas maneras, la efectividad tranquilizadora llegó con los 18 temas del repertorio y la impecable e histriónica interpretación del británico, denotando en cada gesto las características más notables de su rebuscada personalidad: su arrogancia, su necesidad de provocar, bajar línea con su fundamentalismo vegetariano y ese jueguito con su ambigüedad sexual. A Morrissey se lo ama con locura o no; no hay punto medio. Veinticinco años pasaron desde la separación de The Smiths y el regreso parece hacerse cada vez menos probable; las versiones de sus clásicos "I Want The One I Can’t Have", "There Is A Light That Never Goes Out" y "How Soon Is Now?" (temazo para cerrar y desaparecer, con gran performace del batero Matt Walker), agregaron la dosis de nostalgia en un setlist equilibrado con su material solista de ahora y de antes. Así, hubo "Everyday Is Like Sunday" de su debut Viva Hate y "I’m Throwing My Arms Around Paris", de su último Years of Refusal, y hasta el inédito presentado durante el año pasado "People Are the Same Everywhere". La crudeza poética, la reflexión exagerada sobre problemáticas existencialistas, los escupitajos certeros contra los mecanismos de una sociedad con la que nunca se terminó de comprender quedaron cancelados en el incómodo momento en el que el monstruo pidió "ga-vio-ta" a los gritos. Gracias, pero no.
1
2Liza Minnelli cumple 80: sus padres fueron famosos, ella conquistó el cine y el teatro y se convirtió en un ícono
- 3
La banda de Sabina se corta sola: el ¿retiro? del jefe, la “victimización” de Pancho Varona y el legado de un repertorio enorme
4Así fue la emotiva despedida de Gilberto Gil de Buenos Aires



