El negocio de la nostalgia
La tan repetida nostalgia del tango siempre tuvo un toque de elegante romanticismo. Una forma de recordar el pasado en tono elegíaco. Ese tono enternecedor con que un abuelo le cuenta su niñez al nieto. Eso no quiere decir, claro, que todo tiempo pasado fue mejor. En todo caso, la vida de uno (de cualquiera) es mejor cuando se es joven: hay ilusiones, esperanzas, energía, sueños, proyectos. Pero resulta que un día añoramos los años 60. Y tuvo su lógica: la cultura (es decir, el modo de vida) cambió radicalmente. La historia, mal que mal, casi todos la conocen, y los cambios se reflejan, por supuesto, en todas las artes, con el rock, las canciones de Bob Dylan, los Beatles, los Rolling Stones. Pero volver a los 60, además de significar una relectura de la historia reciente que consumimos con gusto (en esos años se inventó casi todo lo que tenga que ver con la palabra rock), resultó un buen negocio.
Disculpen la insistencia: esos buenos resultados económicos (la reedición de álbumes en formato de CD) incentivó a las oficinas de marketing para instalar la nostalgia como un negocio redituable. Muy redituable. Entonces, a subirse a la moda retro. De lo que sea. Incluso la música disco tuvo su retorno a la vida hace unos años. Y ahora llega la nostalgia de los 80, como si el mensaje para los chicos que nacieron en aquella década fuese: ¡No saben lo que se perdieron!
¿Qué se perdieron? Como mucho, lo mismo que se pierden en este momento, mientras añoran aquello que no pudieron vivir, simplemente, porque no podían estar ahí.
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Como todas las expresiones artísticas, el rock se alimenta del mundo que lo rodea, y sus cambios están directamente ligados a los cambios que hay en la sociedad en la que se desarrolla, de la naturaleza que sean. No hay generaciones espontáneas. Oasis, por supuesto, escuchó a los Beatles, pero los Beatles habían escuchado a Elvis y Elvis a Hank Williams y a John Lee Hooker. Cada uno de los eslabones arma una cadena interminable.
Y seguir esa cadena hacia atrás en el tiempo es una aventura siempre disfrutable y provechosa. Pero sin nostalgias. No se puede estar en todos lados. Y si en algo coincide la historia del hombre (de cualquier latitud, de cualquier cultura) es en el horror. En fin, los tiempos pasados no fueron mejores.
Y la década del 80 no fue maravillosa. Alguna gente, sí, era más joven. Nada más. Ahora, en alguno de los muchos pubs que nos rodean, sucede algo. Alguien habla de su tiempo. Tal vez, algún día, llene un estadio. Las posibilidades son ínfimas. Pero todos, en ese refugio under, arman el hoy.
"Aunque me fuercen yo nunca voy a decir/ que todo tiempo por pasado fue mejor/ mañana es mejor." Lo escribió Luis Alberto Spinetta en 1973. Todavía vale.
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