El piano de Goñi
Orlando Goñi, el portento que creó el estilo más audaz de tocar piano dentro de una orquesta de tango, hubiera cumplido hoy noventa años, una posibilidad que nunca debe haber figurado en sus planes, ya que cometió todos los excesos necesarios para vivir apenas la tercera parte de ese tiempo en un estado de disipación todavía desacostumbrado entre los músicos populares.
Pero ni siquiera esos desórdenes de bohemio, su carácter enigmático y la fisonomía demacrada que distingue a las criaturas de la noche alcanzaron para establecerlo como leyenda de primer nivel. Era demasiado hosco y distante, un solitario sin rostro aislado en tangos ajenos, indiferente para componerlos o pensar en un disco propio, tocando siempre para otros -su única orquesta fue un fracaso- y ahora recordado sólo en llamadas al pie de página en biografías de Aníbal Troilo o porque su nombre sirvió de título a un espléndido tema que le dedicó Alfredo Gobbi, su alma gemela.
En los capítulos iniciales, la historia de Orlando Goñi es idéntica a la de Troilo y Gobbi. También a las de Sassone, Attadía, Varela, Baralis, del Piano, Grela y tantos otros nacidos en el Buenos Aires de hace noventa años, muchachos de barrio bien preparados instrumentalmente -Goñi estudió con Vicente Scaramuzza, el temido maestro de Pugliese, Demare, Salgan y Martha Argerich- y enloquecidos con la música de De Caro, Vardaro y Maffia que comenzaron a tocar en público a los catorce o quince años.
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Es un dato importante para entender que la dichosa década del cuarenta, celebrada como uno de los momentos culminantes del género, no fue un milagro repentino de creatividad sino el resultado de la madurez de esa generación con experiencia en el tango desde muy chicos, una profunda renovación sin ruptura surgida naturalmente en la misma tradición que todos sus protagonistas conocían de primera mano.
Lo asombroso de aquel movimiento fue no sólo la cantidad de nuevas orquestas sino la diversidad de estilos propuestos en una música que, no hacía mucho, había estado a punto de morir de monotonía. Modalidades enfrentadas pero definidas siempre por un pianista estrella que no necesariamente era el director, como ocurrió con Biagi en la típica de D´Arienzo, Posadas en la de Tanturi, Mores con Canaro, Maderna con Caló y Orlando Goñi dentro de la agrupación de Aníbal Troilo.
Poco tiempo después de su debut a mediados de 1937, ésa era la orquesta que por muchas razones servía para certificar el renacimiento del tango: el encanto juvenil del conductor, sus condiciones de gran bandoneonista, la alta calidad del repertorio, su sagacidad para elegir vocalistas y arregladores y, tan atractivo como todo eso, el desgarbado ejecutante que durante seis años -lo despidieron en el invierno de 1943, cuando ya era rara la noche en que aparecía- fue lo más apasionante que se podía escuchar en materia de piano creando libremente en el seno de un conjunto típico.
Lo mismo se tratara de tangos que de milongas, fue un prodigio de compenetración, de versatilidad para inventar tanto melodías como figuras rítmicas, de agilidad para resolver situaciones con la certeza y poder de síntesis de un gran improvisador, de saber mezclarse con los violines o la fila de bandoneones sin nada que le indicara cómo hacerlo y también de equilibrio interpretativo, porque la mayor parte de su festival ocurría discretamente en segundo plano.
Es difícil decidir si el genio de Orlando Goñi está mejor representado en "C.T.V." o "El tamango", en el final de "Tinta roja" o la clásica introducción a "Malena", pero es posible intentarlo ya que no se trata de placas inaccesibles. Casi la totalidad de los 71 temas que grabó ocupan los tres primeros volúmenes de la colección "Aníbal Troilo. Obra completa en RCA", una música extraordinaria que es además la mejor manera de acercarse al tango por primera vez.
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