El sello de la antigua Italia

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31 de diciembre de 2001  

Música de cámara del barroco italiano . Graciela Oddone, soprano; Dolores Costollas, guitarra barroca y tiorba. Museo Fernández Blanco.

Nuestra opinión: muy bueno.

Parece que Graciela Oddone ha decidido despedir cada año con un recital de cámara en el Fernández Blanco. En esta ocasión, casi como en el Palacio Pitti o el del Dogo, pero cuatrocientos años después y con un calor agobiante, acompañada por Dolores Costollas, Oddone, con sus acostumbradas destrezas vocales y su reconocida capacidad musical, presentó un repertorio inusual de madrigales y canciones del primer barroco italiano. Además, entre unos y otras, Costollas interpretó diferentes formas instrumentales de la primera mitad del siglo XVII como para que la música de salón del norte italiano, en casi todas sus variantes, estuviera cabalmente representada.

La interpretación de las formas vocales de dicho período, sin embargo, adoleció de una visión un tanto parcializada al prescindir el ensamble de algún instrumento que materializara el bajo continuo de una manera apropiada. Sin una viola da gamba, o algún instrumento similar, la textura básica de dos voces opuestas en su registro y complementarias en sus funciones, el soprano y el bajo, apareció en un estado de orfandad inmerecida. Las dos ariettas de Monteverdi que cerraron la primera parte, por ejemplo, no son piezas de melodía acompañada sino obras de dos líneas melódicas, con un relleno armónico a desarrollar entre ambas. Pero en esta oportunidad, hubo pasajes de acompañamiento, por momentos a puro rasgueo, sin una voz inferior sólida, lo que no pareció lo más atinado.

Podrá argüirse, y con no poca razón, que la música para teclado del barroco tolera y hasta admite perfectamente al modernísimo piano, o que la libertad de la expresión permite enfoques no dogmáticos ni cerrados. Sin embargo, los madrigales, las arias y las formas estróficas de la música vocal de cámara del temprano barroco italiano están básicamente elaboradas sobre la oposición dual de voz superior florida y bajo firme. Los puntos de pedal, algunos incipientes contrapuntos imitativos y las polifonías desarrolladas entre ambos hacen que la presencia de un instrumento para sostener esta voz sea esencial.

Algunas de las canciones entonadas, sin embargo, no sufrieron ninguna mella porque el estilo concertado, que avanzaba consistentemente con mil variantes luego de 1600, también concebía la melodía con acompañamiento instrumental sencillo como una posibilidad cierta. La nana "Horch´é tempo di dormire", de Tarquino Merula, fue, posiblemente, la canción que mejor se adaptó a este ensamble.

Más allá de esta observación, el recital contó con una plasmación técnica y musical de gran nivel. Con su reconocida calidez vocal, su dicción clarísima y vibrato escaso, con una afinación siempre exacta y con ornamentaciones de infinitos detalles, Oddone ofreció un recital impecable. Casi como actitud militante, Graciela manifestó su felicidad por presentar canciones de Barbara Strozzi, tal como ella misma lo señaló, una pionera en la composición en un tiempo en el que las mujeres veían sólo puertas cerradas entre sus vidas y la creación artística. La segunda parte tuvo como figura central a Merula, el compositor cremonés del cual cantó cuatro piezas.

Dolores Costollas exhibió seguridad, musicalidad y destrezas varias. Al modo de la época, tanto en el campo eclesiástico como secular, cada una de las canciones fue preludiada por una obra instrumental. Dolores, en tiorba o guitarra barroca, tocó piezas de variaciones, una toccata, danzas y una canzona, cada una finamente enlazada con la canción a la cual antecedía.

Después de los muchos aplausos, los jardines del Fernández Blanco reunieron espontáneamente al público con las dos artistas. Los agradecimientos iban sinceros y efusivos en ambos sentidos. Tal vez, este hecho sea una señal y, al mismo tiempo, una ayuda para que Graciela Oddone decida instalar definitivamente a sus recitales de fin de año como una saludable costumbre musical.

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