El señor del anillo
Mañana, a las 20, el director suizo volverá a ponerse al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón para continuar con el ciclo de "El anillo del nibelungo", de Richard Wagner
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Mañana, el regreso de Charles Dutoit al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón y de un elenco de cantantes (en su amplia mayoría desconocido para el público local) marcará la continuación del ciclo "El anillo del nibelungo", de Richard Wagner, con una audaz y nueva producción escénica de un equipo integrado por Kay Walker Castaldo en la régie, Alberto Lorenzo Filoni como creador de la escenografía y un vestuario diseñado por ambos artistas invitados, en tanto que la iluminación será de Jorge H. Pérez Mascali, técnico del propio teatro y las proyecciones en video de Boyd Ostroff, un agregado que generalmente provoca zozobras de todo tipo.
De este modo, el director suizo regresa al podio luego de sus experiencias wagnerianas en las dos temporadas anteriores con "El holandés errante" y "El oro del Rin". Asimismo, se encuentra impartiendo el curso de dirección orquestal con la Orquesta Académica del Teatro Colón y dirigirá un concierto dentro del abono de la Filarmónica, y por este motivo nos encontramos en el Colón en uno de los últimos ensayos.
Circular por el largo corredor es toda una sorpresa. No se ve a nadie. Sólo en las oficinas se observa gente ocupada. De los camarines surge la música de Wagner al piano y voces que repasan momentos culminantes. Es la antítesis del Colón durante la preparación de "Lucia di Lammermoor", el título anterior. Claro -me digo- con Donizetti hay escenas corales y con Wagner, no. Por eso hay menos movimiento, acaso sea por el prestigio del director que ahuyenta a quienes nada tienen que hacer aquí o será por la situación de las nuevas autoridades.
En la sala, la atmósfera mágica parece detener el tiempo. La luz tenue crea un ambiente misterioso. El silencio es llamativo, el foso orquestal se encuentra iluminado, pero no hay músicos. La cabeza despeinada de Dutoit está encorvada sobre el atril y su batuta se agita en forma acompasada y ahora se le escucha su canturreo de temas conductores. De pronto, el maestro se yergue, se recuesta sobre la baranda del foso, mirando hacia lo alto. No parece prudente sacarlo de esta calma irrepetible. Dos personas se acercan a Dutoit, que sonríe y gira su cuerpo, apoyando los brazos en la baranda. La conversación parece interminable. Por fin se van. El maestro observa la platea y nos ve.
-Ahora podemos hablar un poquitito -dice Charles Dutoit, en excelente español-, lo que pasa es que dentro de unos minutos todos vuelven y continuaremos. Hemos tenido problemas aquí. Usted sabe que esto es muy difícil... Claro: no tenemos los tiempos que se necesitan y hubo que modificar fechas, que tanto molestan a la gente. Pero bueno, ya estamos listos para la primera.
-Sin embargo, parece todo muy tranquilo...
-Sí, es verdad, estamos más calmados. Ahora estamos haciendo un gran esfuerzo y espero con optimismo la función, porque esta obra es una maravilla, extraordinaria.
-¿Por qué le agrada tanto?
-Porque no tiene momentos flojos. Es que en realidad todo "El anillo..." es fantástico. Son 15 horas de música que, en su conjunto, constituye el monumento sonoro más imponente de nuestra civilización. Música con los temas que van y vienen, matices y fraseos de gran emotividad, y en "La walkyria", actos contrastantes: en el primero, todo es cuestión de manejar diferentes colores y tersuras; en el segundo, los ritmos y las voces matizadas, la despedida de la hija y el padre antes del sueño, con esa cumbre musical de todo el final en el tercero.
-¿Cómo encuentra a la orquesta?
-Son músicos muy gentiles; nos llevamos bastante bien y hemos podido resolver los pasajes más complicados como esos que parecen arias o grandes dúos, pero que en realidad tienen el sustento de un lenguaje sinfónico difícil y de gran vuelo. "La walkyria" significa casi cuatro horas de tocar en total concentración y creo que por fortuna va todo bien. ¿Sabe por qué? Porque estos músicos parecen amar la música de Wagner. Siento que les gusta hacerla y esto es algo ideal.
-¿Le agrada estar en el Colón, a pesar de los problemas?
-Desde que vine por primera vez, no recuerdo bien, pero hace mucho, toqué para el Mozarteum Argentino. Yo era ejecutante de viola e integraba una orquesta de cámara que fue invitada en ese ciclo. La sala me produjo un impacto muy grande. Es que, más allá de su acústica, lograda por un milagro, es un espacio amplio, cálido, armónico y muy bello.
-¿Cuál es su opinión sobre el elenco?
-Tenemos un cuadro de cantantes muy interesante. Son muy buenos, casi todos ellos jóvenes norteamericanos como el tenor Thomas Sudebacker, la soprano Ginah Bryant y Tom Fox, que será Wotan. Este último es un profesional serio de mucha experiencia. Me parece que ellos van a estar muy bien.
-¿Cómo se siente en un teatro de esta jerarquía con un cambio de estructura directiva?
-Bueno, ahora tengo preocupación por el peligro de que el cambio de autoridades signifique interrumpir la continuidad trazada para una versión de la tetralogía en cuatro temporadas consecutivas. El año pasado hicimos el prólogo, ahora toca la primera jornada, el año próximo debería ser para la segunda jornada, que es "Sigfrido", y en 2007, "El ocaso de los dioses", la última. Debo confesar que coronar "El anillo del nibelungo" aquí, donde nos encontramos con tanta tradición wagneriana, es una ilusión reconfortante.
Dutoit pide silencio y retoma la acción dramática desde el momento en que Siglinda y Sigmundo han de iniciar el dúo que cierra el primer acto. Entonces conocemos a dos cantantes de imponentes figuras. Studebaker y Bryant. Si bien no cantan a plena voz, se aprecian excelentes condiciones. En cambio, los elementos del escenario parecen contrastar criterios del pasado con ideas modernas. Como el maestro hace repetir toda la escena y queda una hora de ensayo, nos retiramos, no sin antes hacerle un gesto de despedida a Charles Dutoit, lo que seguramente le provocó un gran alivio.
La tetralogía, una obra de arte total
"El anillo del nibelungo" fue concebido por Richard Wagner como un festival escénico en un prólogo y tres jornadas a desarrollarse en cuatro días consecutivos, en el cual se expone su concepción de "obra de arte total", en la cual el hecho visual, con la intervención de todas disciplinas toma la jerarquía de "obra de arte" y no de mero pasatiempo.
Con tal fin, Wagner demuestra una coherencia musical y literaria inédita dentro del repertorio operístico, al tomar las sagas nórdicas y germánicas como libreto, así como por el uso de un complejo entramado de leitmotiven (motivos musicales conductores) que se identifican con personajes, situaciones, actitudes o sentimientos. Tuvo el estreno en su manera integral en el primer festival de Bayreuth, en 1876, creado por el mismo Wagner y con su propia producción.
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