El timón hacia la canción
Skay Beilinson concretó la cuarta presentación de su disco
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GALVEZ, Santa Fe.- Esta vez fue al aire libre, con la luna y las estrellas encima y una palmera en medio del predio. Ese fue el lugar que eligió Skay para el cuarto show de presentación de su disco solista "A través del mar de los Sargazos". Tras los tres conciertos en Mar del Plata cambió mar por campo, pero mantuvo el concepto.
El lugar no es grandioso. Algunos, nostalgiosos lo equiparan con aquellos de las primeras épocas de los Redondos. Pero esto no parece ser un intento de regreso a los viejos tiempos. El músico ha crecido musical y personalmente. Y la banda , ni bien comienza el show, demuestra que la invitación no es a que pase lo que sea, sino que allí habrá una propuesta musical distinta, que pide ser escuchada. Y con atención. Arrojando por la borda el lastre de lo que fue.
Tras los sonidos de "Kazzoo", mientras los músicos se ubican, comienza el show con el potente "Gengis Khan" seguido de "Kermesse". La banda tiene buen pulso y precisión. La batería de Daniel Colombres, el bajo de Claudio Quartero que aporta armonías, los teclados variados de Javier Lecu, la guitarra de Oscar Reyna con un sonido diferente del de Skay.
No hay palabras entre los temas. No hacen falta. El clima está dado por la pura música y por luces que, lejos del estereotipo vertiginoso de aquellas que vacilan entre el show y la disco, se ocupan en crear climas: fondos verdes y los músicos al frente teñidos de un dramático rojo, o el escenario entero encendido de azules.
Algo de teatral también tiene el modo de cantar de Skay. Más aún que en el álbum, el guitarrista se ubica en un lugar diferente del de su compañero de años. No están, claro, las aristas certeras que disparaba el Indio. Skay, en cambio, elige la multiplicidad. Como si fuera uno y muchos. El dramatismo trasnochado de "Alcolito" en el que incluso tararea y gesticula, como poseído. O cuando, como parroquiano ebrio de taberna de pueblo, canta los nombres de los músicos que lo acompañan.
Su cuerpo parece hacerse uno con la música que sale de su guitarra o de los otros instrumentos. Lleva con los brazos los sonidos, los envía y dirige, camina hacia los teclados para ir al encuentro de las notas en "Con los ojos cerrados".
Una apuesta fuerte
Pero fue tras el intervalo cuando el show tomó su forma completa y claramente definida. Porque después de la fiesta de "Nene nena", Skay apostó fuerte. En "Memorias de un perro mutante" cita microchips, los nuestros, y busca sobrevivientes para dar paso a "Astrolabio", que supera aun a la versión en CD. Porque ya en el inicio, cuando aún no ha comenzado a susurrar las primeras y contenidas partes de la canción, esboza apenas, casi sugiere, unas pocas notas del motivo central. Anunciando lo que, en el medio del tema, se desarrollará por completo, en un crescendo que abre almas y mentes.
Lo que parece querer asegurarse Skay es que la música sea escuchada. Porque el riesgo, cuando se carga la mochila de haber tocado en los más grandes estadios, es el de que se vaya a buscar sólo la repetición de lo que alguna vez fue. Que cuando suene aquello que alguna vez fue pasión reveladora, se encuentre la fijeza del arco reflejo. La canción, en su intensidad, pide que ese "suelten las amarras, desplieguen las velas" sea escuchado como lo que es. Un buen verso, pero también la puesta en acto de una manera de plantarse ante la vida.
Entonces, y con precisión, el tema siguiente interroga a todos, en este mundo que ya no es lo que era. Y pregunta, desde los orígenes redondos, si son, acaso, "un público respetable". Si hay allí oídos para escuchar.
"El infierno está encantador", como los otros temas de los Redondos que tocó con esta formación, fueron reelaborados. El músico eligió justamente aquellos que aún tenían espacio para una nueva lectura. Así, "La bestia pop" se convirtió en reggae oscuro apto para una noche de club dudoso, "Caña seca y un membrillo" encontró una suavidad nueva, "Humano roto y mal parado" una cadencia dura y con "Criminal mambo" se encendió la banda entera. Temas que, grabados tiempo atrás, merecían y esperaban una segunda vuelta. Sólo "Nuestro amo juega al esclavo" fue reconocible desde esa inconfundible frase de guitarra inicial.
No es entonces ninguna vuelta a los inicios. Es otro camino. Y el público pareció entenderlo, porque si alguien fue buscando un remedo de los Redondos, descubrió en cambio una propuesta nueva y rica. Por ello, para el cierre y tras un amago juguetón de "Ji Ji Ji", el show terminó con, otra vez, "Oda a la sin nombre". Para recordar que la muerte siempre está allí, pisándonos los talones. Pero que, mientras tanto, se trata de hacer el camino.
El círculo de la noche estaba cerrado y la luna ya no estaba a la vista. Skay había comandado a la banda como un director de orquesta. No es ni el disco ni el show de un guitarrista que pretende los laureles del virtuosismo. Su timón está dirigido hacia la canción. Y se mantiene firme.




