Ese oscuro (y oprobioso) objeto del deseo
Reflexiones a partir del episodio Jackson
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En estos tiempos cínicos, no es raro que una víctima de abuso sexual -y, por lo tanto, un abusador en potencia-, cuyo rostro convertido en máscara deforme no puede ni él mismo reconocer en el espejo, entretenga tanto a la audiencia mundial con sus tormentosas historias de alcoba y sus inconfensables inclinaciones culinarias: niños envueltos.
La Justicia de Santa Barbara intentará probar, a partir del próximo mes de enero, cuando empiece a sustanciarse el juicio contra Michael Jackson si, en efecto, abusó o no de un menor. Cualquiera que fuere el veredicto, y aunque el alicaído "rey del pop" fuese encontrado finalmente culpable para purgar el máximo de la pena -ocho años de cárcel-, el daño mediático no se revertirá. Y si, por el contrario, nunca hubiese tocado perversamente a ningún niño, de todos modos, las equívocas historias referidas por el propio cantante y esparcidas recurrentemente por todo el mundo seguirán jugando con un fuego oprobioso: la posibilidad de enredar sexualmente a adultos y menores.
En una época de brutal e inútil aceleramiento, donde la cultura audiovisual se solaza en cuerpos cada vez más jóvenes y la pedofilia, su lógica consecuencia, se multiplica como lacra en el mundo virtual de Internet y, más sombríamente, fuera de sus pantallas, la desgraciada fama de Jackson, manufacturada por los medios y consumida vorazmente por los públicos con sorna y malsana curiosidad, más se parece a un consentimiento que a una verdadera reprobación. ¿Se extrae alguna lección del episodio, o sólo sirve para entretener?
Los comentarios e imágenes que involucran a menores, ¿acaso no deberían ser mejor controlados por los medios de comunicación, precisamente para no crear el campo propicio de situaciones no queridas?
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Michael Jackson estaría incurso en la violación del artículo 288 del Código Penal del Estado de California, relativo a "actos libidinosos" contra menores de 14 años. La orden de arresto que se libró contra él -y que sufrió apenas una hora gracias a la fianza de tres millones de dólares que pagó para recuperar su libertad- llegó exactamente diez años después de otro caso similar que entonces pudo conjurar silenciando a la familia de la presunta víctima con una suma millonaria. Jackson tiene tres hijos y expresó hace poco su intención de adoptar más.
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Ya en 1967, el pensador parisino Guy Debord alertaba en "La sociedad del espectáculo" (La Marca, Bs. As., 1995) que "allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales, en motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico". Y agregaba: "Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación, la praxis social global se ha escindido en realidad e imagen". Debord afirma que "el espectáculo es la producción principal de la sociedad actual", que es imagen de la economía reinante donde el fin no es nada ya que el desarrollo es todo. "El espectáculo -advertía- no quiere llegar a ninguna parte que no sea a sí mismo."
Con las ideologías en baja, los grandes ideales en retirada y las religiones principales suplantadas por sectas, las celebridades ocupan un lugar cada vez más central en el escenario de la vida, desplazando a pensadores, políticos y pastores, cuando no ocupando directamente sus espacios.
Espectáculo y poder -¿la nueva ideología dominante?- tienden a superponerse y fusionarse cada vez más desde Ronald Reagan y Carlos Menem (flamante padre del hijo de una animadora televisiva ) para acá. En esta semana que pasó Arnold Schwarzenegger, por ejemplo, tuvo dos motivos para alegrarse: "Terminador 3" encabeza el ranking de videos más alquilados de los Estados Unidos y asumió la gobernación de California. Ya es cada vez más común que el presidente argentino Néstor Kirchner se haga fotografiar con diversos artistas, verdadera obsesión de la reciente campaña municipal entre Aníbal Ibarra y Mauricio Macri. Y el príncipe Felipe de España parece muy dispuesto a llevar al trono a una presentadora de noticias.
A propósito de esto, conviene repasar a Gilles Lipovetsky, otro pensador francés, que en "La era del vacío" (Alfaguara, Barcelona, 1994) subraya que "la política ha entrado en la era de lo espectacular, liquidando la conciencia rigurista e ideológica en aras de una curiosidad dispersada, captada por todo y nada. Lo único que determina la audiencia es la calidad de la diversión. De ello proviene la indiferencia posmoderna, indiferencia por exceso. La apatía responde a la plétora de informaciones, a su velocidad de rotación; tan pronto ha sido registrado, el acontecimiento se olvida, expulsado por otros más espectaculares".
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Las historias pasatistas de celebridades ocupan en el imaginario colectivo de los mayores el lugar que los cuentos infantiles tienen en la atención de los chicos. Pero hay dos malas y recientes noticias: la primera es que, según la agencia Télam, dos investigadoras norteamericanas, Liz Graverholz, de la Purdue University, de Indiana, y Lori Baker-Sperry, de la Western Illinois University, luego de analizar meticulosamente 168 cuentos de los afamados hermanos Grimm, acaban de llegar a la conclusión de que "la belleza es un valor esencial" y que "los malos son feos", entre otras discriminaciones que internalizamos desde la más tierna infancia y que no nos ayudan ciertamente en nuestro tránsito hacia la adultez.
La segunda mala noticia y, por cierto, mucho más preocupante que la anterior es que el espectáculo -ese espejo seductor y envolvente en el que cada vez más gustan reflejarse sociedades y dirigencias- en esta semana que pasó se criminalizó como nunca y no sólo por culpa de Michael Jackson. En Italia, mientras comenzaba a venderse el disco con canciones de amor del premier Silvio Berlusconi, en una redada gigantesca en contra de la droga y de la prostitución, llevada a cabo en Roma, 19 personas fueron detenidas, entre ellas el ex primer ministro y senador vitalicio Emilio Colombo y la más que sensual actriz Serena Grandi. Peor todavía la está pasando Phil Spector, el célebre productor discográfico de figuras de la talla de Elvis Presley y los Beatles, que el jueves último fue acusado de matar a balazos en su casa a Lana Clarkson, una modelo y actriz de películas de bajo presupuesto.
Lipovetsky está convencido de que "la inflación erótica actual y de lo porno disuelve las relaciones de seducción en una orgía repetitiva y sin misterio". ¿Estamos armando una bomba de tiempo que ya no sabemos ni queremos desactivar y que en cualquier momento nos explotará en nuestras propias manos?
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Tras dejar sus huellas digitales y su foto para el prontuario y ya liberado de las esposas, Michael Jackson hizo, con su brazo en alto, la "V" de la victoria y su imagen dio una vez más la vuelta al mundo. ¿Cuál habrá sido el sentido de ese gesto?
Una respuesta posible es esta de Guy Debord en la obra mencionada: "La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado se expresa así: cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes, menos comprende su propia existencia y sus propios deseos. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no le pertenecen a él, sino a otro que los representa. Es por eso que el espectador no se siente en su sitio en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas".
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Delincuentes estelares
¿No estaremos los medios y los públicos jugueteando más de la cuenta con historias frívolas, pero nefastas, que dejan mala huella en la conciencia social? Michael Jackson es, en estas horas, el exponente máximo de una ola de escándalos sombríos que, en distintas latitudes, también envuelven al productor discográfico Phil Spector y a la actriz porno Serena Grandi.
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