
Jueves de tango, con música y con debate
En el Alvear, Raúl Garello y Carlos García
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Música y debate. Esos son los puntales en los que se sostienen los recitales de la Orquesta del Tango de la Ciudad de Buenos Aires (así de largo es su nombre) los jueves al mediodía en el Teatro Alvear. Música en el medio. Debates antes y después, sobre todo a la salida, en plena vereda de Corrientes al 1600.
Claro, la mayoría son veteranos del ciclo, que este año cumple 22 de permanencia ininterrumpida. Es curioso y divertido escucharlos opinar en voz alta y formando círculo sobre títulos, creadores, intérpretes, fechas, lugares, anécdotas y todo lo que rodea a los bailongos y a los conciertos.
No es pura anécdota. Es que el tango en su propia casa (Buenos Aires y su avenida Corrientes) merece buena música y animada respuesta de su público fiel. No importa demasiado que por ahora los de los recuerdos, bromas y discusiones sobre la música ciudadana sean en su mayoría personas de la tercera edad. Seguramente llegará el día en que las generaciones de los 30 y los 40 años, que hoy parecen brillar por su ausencia en estos recitales, emulen el rito tanguero de escuchar, aplaudir y discutir. Al menos esto es lo que se vislumbra hoy, cuando vuelve a su apogeo, aquí y en el mundo, la música de esta ciudad.
La Secretaría de Cultura de la Ciudad y su Dirección General de Música deben sentirse muy satisfechas y orgullosas al alentar esta movida que no cesa a través de los años, gracias a tan entusiasta público y a sus artífices (los maestros Carlos García y Raúl Garello y los miembros de su gran orquesta).
Todo se desarrolla como en familia. Los músicos entran de camisa blanca, corbata y pantalones negros, y Garello, sin corbata ni saco. La concurrencia -salvo alguno que se la toma demasiado en serio- no se viste de gala, sino de elegante sport, para que las mujeres luzcan más elegantes.
El mismo presentador, Oscar del Priore, maneja un discurso natural y de entrecasa al presentar los bloques tangueros, aportando siempre un detalle anecdótico o musical de real interés para la audiencia que colma el teatro. La sesión se inicia con tres tangos que dirige Garello: "Che Buenos Aires", "Sentimental y canyengue" y "Alma en pena". Con bandoneón entre manos o depositado a sus pies, Garello imprime empuje y énfasis a estos tangos que oscilan entre lo rítmico y lo cantable, sin descuidar los detalles en los pulsos de cada obra y en el volumen sonoro.
Belleza a medio tono
En la parte cantable se luce el barítono Hernán Salinas cuando desgrana tangos tan emblemáticos como "Garúa", "Como dos extraños" y tan inspirados como "Fantasma de luna", del propio Garello. Salinas es dueño de una hermosa voz, bien timbrada, y de deliciosos fraseos que jamás acuden a la vociferación, y menos aún al grito. En este sentido podrá defraudar a quienes pretenden que los tangos se canten a viva voz, para exhibir las cuerdas vocales. Pero es el mismo registro de Salinas el que impone el medio tono, adornado con un leve vibrato que se expande en su carga sonora.
La clásica milonga "Azabache" sacude almas y cuerpos, y luego, en la selección de tangos de De Caro, los músicos homenajean al eminente arreglador Argentino Galván, que los destinó para la orquesta de Troilo.
Cuando llega el turno al maestro Carlos García -todo un caballero, de traje- la orquesta cobra nuevos impulsos al conjuro de "De puro guapo", del tango-fantasía "Pájaro azul" (de Canaro) y "El pollo Ricardo". Con gestualidad más medida, García extrae sutiles matices de la masa orquestal. Y Hernán Salinas irrumpirá de nuevo para entregarnos "Anoche", el conocidísimo "Fueye" y "Cuando tallan los recuerdos". Salinas vuelve a desgranar preciosos detalles y a cincelar los siempre esquivos semitonos.
La orquesta suena perfecta. El equilibrio entre cuerdas, vientos y percusión es ideal para el tango. Mientras tanto, los maestros imprimen su sello en los excelentes arreglos que descartan los golpes de efecto para ceñirse a la pura musicalidad. Aunque uno no sepa por qué se incluye un bajo eléctrico que duplica las notas del buen contrabajo, felizmente constata que su sonido no abruma. En cambio disfruta de algunos solos de violín, violonchelo o del delicadísimo fueye de Julio Pane.
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